Ciudades en las Sombras
  (Historia no oficial del Partido
  Socialista de Chile)

Ciudades en las Sombras (historia no oficial del Partido Socialista de Chile)

Nuestra Historia 

Ciudades en las Sombras no es un libro de historia y tampoco es una crónica y mucho menos una autobiografía. Es solo la memoria de un militante del Partido Socialista de Chile, que describe y reflexiona sobre los hechos y acontecimientos políticos y sociales que caracterizaron uno de los períodos más dramáticos de historia (1970 / 1990).

Es el recuerdo de una generación que participó en sueños y esperanzas, que construyó caminos de liberación y que un día pensó que era posible alcanzar la utopía. Es una reseña construida en base a más de cincuenta entrevistas efectuadas a hombres y mujeres protagonistas de ese acontecer histórico. Es por cierto, la evocación de aquellos que entregaron su vida a una causa, mucho de los cuales hoy nadie recuerda, salvo sus familiares y compañeros más directos.

Es, como se señala en el subtítulo, una historia No Oficial del Partido Socialista de Chile. En este sentido, Ciudades en las Sombra, examina algunas de las principales tesis sobre la historia reciente de esta organización. De manera especial, aquellas que tienen una incidencia decisiva en el devenir presente de los socialistas.

Eduardo Gutiérrez. Cirujano Dentista de la U. de Chile. Postgrado en Implantología del Colegio de Dentistas de Mendoza. Magíster (c) en Filosofía Política de la USACH..

Deseo agradecer a las innumerables compañeras y compañeros que compartieron conmigo sus recuerdos y parte de su valioso tiempo para poder dar vida a este libro. Al compañero César Cerda quien me proveyó del material bibliográfico histórico del Socialismo. A todos los amigos y camaradas que me ayudaron en la revisión de los primeros borradores de este trabajo. En especial, al compañero Luis Solís D. por su colaboración en la edición y gestión editorial, que significó que tengas hoy este libro en tus manos. Y por supuesto, al compañero Ricardo Manríquez San Martín por su aporte en la parte fotográfica.

No es posible nombrar a todos los actores que participaron en el acontecer político y social de estas tres décadas. Muchos fueron ayudistas en las primeras horas del horror y lo siguieron siendo en los años venideros. En algún momento, habría que escribir un libro sobre cada uno de ellos.

Deseo agradecer a mi familia que me estimuló en forma permanente, que me ayudó con las notas y que corrigió los primeros borradores. Han sido tres largos años de trabajo, lo que no es poco decir. Finalmente, y no por eso menos importante, agradezco a todos los que ayudaron a financiar este proyecto editorial. 

 

PRÓLOGO

 

EL LIBRO QUE TIENES EN TUS MANOS NO ES una crónica histórica ni menos una autobiografía. Es sólo un recuento basado en las dos décadas (1970 a 1990) que me tocó vivir como militante del Partido Socialista de Chile. Es un relato que contempla más de cincuenta entrevistas a las mujeres y hombres que vivieron los hechos y acontecimientos que transcurrieron en ese lapso de tiempo. Es por cierto, también la evocación de aquellos que entregaron su vida a una causa, muchos de los cuales hoy nadie recuerda, salvo sus familiares y compañeros más directos.

No soy historiador, y es por esta razón que he recurrido al prólogo que escribiera Eric Hobsbawn en su libro la Era de la Revolución, para decirles que también me sustenté en lo que muchos historiadores hacen para escribir: leer a otros historiadores. Así es que podríamos decir que este libro es un compendio de largas horas dedicada a la lecturas, a escuchar y transcribir las grabaciones que contenían los recuerdos de muchos compañeros y compañeras; de revisar las noticias de prensa y analizar las decenas de documentos políticos de la época; y por supuesto, con el agregado de una dosis autobiográfica.

Como he señalado en el subtítulo, esta obra es una historia No Oficial del Partido Socialista de Chile. En ese sentido, contempla muchas tesis sobre su pasado que ciertamente comprometen el presente. No espero que los lectores compartan todos mis puntos de vistas. Aspiro si a que estas páginas provoquen debates y controversias. Quizás sea mucho pedir.

Siento que los que fuimos partícipes, en mayor o menor medida, de los hechos aquí relatados tenemos una deuda con nosotros mismos y con quienes hoy siguen los caminos que trazaron los fundadores del Socialismo, y en particular su figura más señera, Salvador Allende Gossens. Fuimos parte de una generación, la del 60 y 70, que participó en sueños y esperanzas, que construyó caminos de liberación y que un día pensó que era posible alcanzar la utopía. Y no fue así. Fuimos derrotados, sí. Pero fuimos continuidad con las generaciones anteriores y somos la base cultural y política de las actuales. Ellos tienen la obligación de conocer el pasado reciente. Y todos juntos tenemos la obligacion de construir el futuro.

Han transcurrido cerca de 30 años desde los trágicos días del golpe militar que derrocó al Gobierno Constitucional del Presidente Salvador Allende Gossens. Muchos acontecimientos han ocurrido en el transcurso de todo este tiempo; corto en términos históricos, pero largo en hechos trascendentales, muchos de los cuales cambiaron la faz política de Chile y del mundo.

El historiador inglés Eric Hobsbawn, definió al siglo XX como el siglo de las catástrofes debido a las dos guerras mundiales. Y también debido al fracaso de los llamados socialismos reales en todos los países de la Europa del Este. Fue la derrota no sólo de una particular forma, la soviética, de entender la política y la economía; si no que además, de entender la ideología de Carlos Marx. El acontecer humano no es fácil. Los seres humanos siempre se las arreglan para complicarse la existencia. Y el nuevo siglo XXI no ha comenzado mejor. En el presente, la humanidad padece las consecuencias de la hegemonía aplastante de un solo sistema económico mundial: el capitalismo, y en su variante más deshumanizadora: el neoliberalismo. 

Sin embargo, los viejos y seculares problemas que motivaron movimientos políticos y revoluciones en el siglo pasado aún continúan. En América Latina, crecen los índices de pobreza a un ritmo del veinte por ciento cada diez años; y la redistribución de los ingresos es cada vez más desigual. Chile es una excepción en lo primero, pero sigue la tendencia general en lo segundo. 

Pero algo ha cambiado. Y una nueva realidad se impone: vivimos en un mundo hiper globalizado, donde se debilitan los Estados-naciones, crece desmesuradamente el poder de las empresas transnacionales y, lo que parece estar en el centro del debate, es el carácter de los procesos políticos y económicos liberales. En suma, una sola visión de modernidad. 

Por tanto, lo que ha cambiado es que ahora, a diferencia de hace treinta años atrás, que es donde comienza esta historia, existe una disparidad enorme de fuerzas, sin lugar a dudas temporal, pero aplastante en un solo sentido. Quizás sea por esto, que las palabras del ex presidente Salvador Allende Gossens, el día del Golpe de Estado que sumió al país en una larga noche de oscuridad y terror, suenan proféticas:

 “(...) Superarán otros hombres este momento gris y amargo”. 

Estas palabras son válidas no sólo en referencia al caso chileno, sino también al contexto mundial y, en especial, de lo que podríamos definir como una de sus características más significativas: la crisis de la izquierda. 

Salvador Allende no pudo prever la derrota del socialismo, pero desarrolló la necesidad de uno nuevo, que se expresó en la llamada Vía chilena al Socialismo. Un camino democrático y libertario, donde las clases sociales marginadas y explotadas, trabajadores y campesinos; donde los intelectuales y estudiantes, profesionales y pueblos originarios fueran dueños de su propio destino y artífices de la construcción de una nueva sociedad democrática y socialista. De ese pasado de crisis deberán salir las respuestas futuras, contrastadas con las nuevas realidades que enfrenta el país y América Latina. 

La necesidad de escribir sobre esas circunstancias es lo que me convenció, hace unos años atrás, de narrar esta crónica que hoy tienes en tus manos. No es una crónica neutra, es una historia vista y vivida desde una óptica particular, de un hombre del siglo pasado y del presente, ubicado en las ideas de izquierda y militante del Socialismo chileno. 

Esta narración no pretende ser un recuento oficial de 30 años de vida del Socialismo en nuestro país, pero sí aspira a responder inquietudes y a suscitar críticas. Es el recuerdo imborrable de aquellos que sucumbieron y de aquellos que logramos sobrevivir. Pero en esencia, es la visión de una parte de nuestra historia como Partido y como pueblo. 

Santiago, Marzo de 2003 

 

INTRODUCCIÓN

 

NO PUEDO RECORDAR CON PRECISIÓN CÓMO ESTABA el tiempo esa mañana del 11 de septiembre de 1973. ¿Soleado? ¿nublado? ¿lluvioso? No lo sé. Tal vez fuera todo a la vez. Es cierto que han pasado casi tres décadas desde esos días, pero en el curso de este período he tenido imágenes muy claras y nítidas sobre las circunstancias y, como se dice hoy, de los distintos actores de los sucesos del golpe militar, pero no puedo reconstituir con precisión el conjunto de aquel drama, y el tiempo, un componente no menor, es cierto, es parte de ese escenario. De los múltiples relatos históricos y de las crónicas que existen de la época, ciertamente que es posible disponer de una imagen, más o menos completa, de lo que aconteció aquel aciago día. 

¿Pero por qué es tan importante, para este estudio que presume de histórico, el estado del tiempo de ese día 11 de septiembre? Tengo la impresión que sólo es una suerte de nostalgia y también de amargura sobre ese día y los posteriores. Y no puedo dejar de pensar si, para quienes tuvieron como misión el derrocamiento del gobierno legalmente constituido, fue importante el estado del tiempo. 

Es posible que para la Armada, que el día anterior había salido a maniobras desde el puerto de Valparaíso y que luego regresó cerca de las diez de la noche del día 10 de septiembre, lo haya sido. También para una parte de la escuadra de los Estados Unidos que se estacionaba, transitoriamente, en las aguas del Norte de Chile y que, según informe de la inteligencia soviética estaba en plena connivencia con la Armada chilena. 

Dicen los historiadores que la invasión a Inglaterra, que finalmente no se realizó, por parte de la Alemania nazi, se pospuso diecisiete veces debido al mal estado del tiempo. ¿Cuántas veces D. Eisenhower, comandante en jefe de las fuerzas aliadas postergó el desembarco a Normandía en la Segunda Guerra Mundial, por iguales motivos? No lo sé. 

Más de un siglo antes de esa fecha (1812 para ser más preciso), Napoleón pecaba de ignorancia en su osada incursión a Moscú y quedaba entrampado en las gélidas estepas rusas. El peor defecto es la audacia basada en la ignorancia, decía Platón. Y ciertamente, Napoleón no había leído la famosa Carta VII del filósofo griego. O si la leyó, pudo más su audacia. 

Nosotros, sólo podemos suponer que cuándo de guerra se trata, de tomar la iniciativa, de dar el primero golpe, el estado del tiempo es un factor a considerar. Un lustro después, la armada Argentina en los mares del Sur avanzaba rauda a enfrentar a la escuadra chilena en la crisis del año 1978. Una tormenta fue la excusa para detener el avance veinticuatro horas antes de que el dictador argentino Jorge Rafael Videla aceptara la mediación papal por el Laudo Arbitral. 

Pero, dejando ese anecdotario histórico del tiempo y volviendo a nuestra propia historia, es casi seguro entonces concluir que, para los que planificaron el golpe de Estado en 1973 (hoy se sabe que la Armada, la Fuerza Aérea y Carabineros fueron los actores directos del Golpe de Estado) tuvieron que haber hablado del estado del tiempo, o haberlo considerado dentro de los factores, no era el punto más importante claro está, no se trataba de invadir una isla o de asediar por mar al enemigo: sólo se trataba de atacar a un país indefenso y confiado en el honor de sus instituciones militares. Al Ejército, que como institución sólo se sumó a la conspiración el día domingo anterior al Golpe de Estado (aún cuando una parte importante del cuerpo de generales estaba comprometido en él desde hacia meses), es casi seguro que el tema no le preocupó. No tenía tiempo para eso. 

Así es que lo más probable, la explicación más lógica si se quiere para mi inquietud, de por qué el tema del tiempo no puedo recordarlo con facilidad, es porque a su vez nosotros no planificamos el golpe, más bien esperábamos el golpe. Pero sobre todo, porque un día soleado, cálido de septiembre no calza con la imagen de la tragedia que en ese entonces se desencadenó y que marcó nuestras vidas e historia como generación. 

 

I. UNA GUERRA DE 24 HORAS

 

LAS FUERZAS QUE SE CONFABULARON CONTRA el gobierno constitucional de Salvador Allende calcularon una semana de combates para controlar la situación. La guerra apenas duró veinticuatro horas. Una docena de combatientes caídos por lado y lado fue el saldo de esa conflagración. Sin embargo, los fusilamientos y asesinatos masivos de militantes y dirigentes de la Unidad Popular comenzaron al día siguiente. Diecisiete años después, más de tres mil ochocientos caídos durante los diecisiete años de dictadura consignarían los informes dados a conocer por las comisiones de Verdad y Reparación que funcionaron durante el gobierno del presidente Patricio Aylwin Azocar.

 

Las dudas de un general de la República 

El general Palacios, junto a dos de sus ayudantes de confianza, se encuentra desde hace más de una hora, desde las 11 de la mañana para ser más exactos, al interior de la Intendencia de Santiago. Julio Stuardo González, quien oficia de Intendente de Santiago ha logrado escapar junto a un puñado de hombres y mujeres todos funcionarios de su repartición estatal. El edificio de la Intendencia se encuentra a escasos metros de La Moneda. El general cavila. llene órdenes de tomar por asalto el Palacio de Gobierno. Pero algo le detiene. Quiere estar seguro. Debe resguardar la vida de sus hombres. Escucha los disparos que vienen de su sector. Son los francotiradores del GAP, la escolta socialista de Allende, que impiden una mayor ofensiva de los militares. Están en los pisos superiores del Ministerio de Obras Públicas. Palacios sólo lo sabrá después. Uno de sus ayudantes es el teniente Armando Fernández Larios. Pasan los minutos, pasa una hora y elgeneral finalmente adopta una resolución. Tomará por asalto la casa de gobierno después del bombardeo de la Fuerza Aérea. Ahora se escuchan los aviones venir. Las ondas explosivas lo hacen agazaparse aún más. Sigue escuchando el estruendo acompañado por los tiroteos de lado y lado. Pasa más de una hora. Y ahora sí, el general da la orden de cruzar el trecho entre ambos edificios y entrar por la calle Morandé, en el número 80 para ser más preciso, que es donde se encuentra la puerta lateral (que luego fue clausurada) del Palacio de Gobierno. 

Pero ya es demasiado tarde. En ese instante, vienen bajando con las manos en alto los civiles y algunos sobrevivientes del Gap. Los oficiales del general Palacios se abren paso entre los soldados del Regimiento de Artillería Motorizado N°1 que ya suben las escaleras. Son ellos los que debían dirigir las acciones. Ellos quieren llevarse los laureles de la fama de la derrota del marxismo armado. Obtienen la victoria. El presidente yace muerto. Mas la gloria les será esquiva. Hoy nadie se acuerda del nombre de ese general. Del apellido sólo por su similitud con el lugar asaltado.

 

El día del Golpe de Estado 

Ese día, fui despertado por el vuelo rasante de un avión sobre mi casa que estaba ubicada a no más de diez cuadras de La Moneda. No es cualquier avión, pienso en ese instante, seguramente un avión de guerra, era ese mismo ruido que había sentido muchas veces en las paradas militares de antaño, cuando existía y se sentía un orgullo al observar el paso de las guarniciones desfilando por la elipse del Parque O’Higgins y luego por la Alameda. 

Eran cerca de las ocho de la mañana de ese día martes 11 de septiembre de 1973, hace ya más de tres décadas. Nos vestimos apresuradamente con mi compañera. Subo al entretecho y retiro dos pistolas. Las guardo en mi chaquetón y partimos caminando hacia el hospital José Joaquín Aguirre, lugar de concentración previamente acordado de todo el sector salud en caso de Golpe de Estado, asonada que se pre anunció el 29 de junio anterior, y que sería esperada casi religiosamente todos los días, por moros y cristianos. 

Cruzamos rápido la Alameda y seguimos por calle Bandera. Hay mucha gente en las calles, todos caminan apresuradamente hacia sus casas o trabajos; algunos van otros vienen de vuelta. Todos son rostros sombríos. Al cruzar, miramos hacia la Plaza de la Constitución: allí se ven algunos carabineros dispersos. En ningún instante se nos atraviesa por nuestras cabezas la idea de ir a La Moneda. Nuestro destino es otro. Seguimos por calle Bandera y luego tomamos la avenida Independencia. Caminamos por el medio de la calle. Casi no hay locomoción. Esta misma escena se repetiría en todos los sectores de la ciudad. Todos coinciden en esta suerte de desplazamientos masivos a pié desde el centro hacia la periferia de la capital. 

Por fin llegamos al hospital. Entramos y me reúno con los dirigentes de la Juventud Socialista que ya están ahí, entre ellos se encuentra Michelle Bachelet, estudiante de medicina. También el núcleo socialista completo de la Facultad de Odontología. Sólo falta un compañero que ya había tenido un renuncio el día 29. Alguien me informa que hay una asamblea a punto de comenzar y que yo, como encargado de la FECH en el recinto, debo hablar. El auditórium está repleto de bote a bote. En esa ocasión digo que, “(...) los golpistas van a fracasar y que debemos esperar instrucciones, que el compañero Allende combate en La Moneda”. Todo el mundo aplaude. Aún no había consciencia de lo que estaba sucediendo. 

De pronto, un rumor se extiende en el salón. Hay carabineros en tenida de combate en las afueras del hospital. Sale una delegación que me incluye a ver lo que sucede. El oficial a cargo pregunta si está todo en orden, el director del hospital o el que me pareció que era, dice que sí. Nadie pregunta de qué bando son: si están con los golpistas o son constitucionalistas. Yo lo pienso, pero afortunadamente no lo pregunto. Intuyo que todos piensan lo mismo, pero nadie hace ningún comentario. 

En ese momento, decidimos que todo el mundo debía volver a sus labores cotidianas en el hospital. Está asegurada la comida y sólo resta esperar. ¿Esperar qué...? ¡Pues los fierros! Las armas que muchos de nuestros dirigentes habían prometido en los días y meses previos para defender al gobierno constitucional. Mientras tanto, se comienzan a fabricar bombas molotov. Son cerca de las 12 del día, subimos al techo del hospital y miramos hacia el Sur, al centro de la ciudad. Desde la terraza podíamos ver los vuelos rasantes de los Hawker Hunter, seguramente de los mismos que me despertaron con su vuelo horas antes; se escuchan las explosiones y posteriormente, se divisan columnas humo que comienzan a ennegrecer el cielo de Santiago y de nuestro país. Sólo al día siguiente se sabría la suerte corrida por el presidente Salvador Allende. En ese momento, sólo sabemos que se combate en las cercanías del Palacio de Gobierno. 

A las 13:00 horas reunión de la dirección socialista. Se ha establecido contacto con un miembro del Comité Central y de la Comisión Política del Partido Socialista, el compañero Jorge Mac Ginty. Este ha informado que no habrá entrega de armas y que debemos esperar instrucciones. Luego, nos enteramos por la radio de que se ha establecido el toque de queda y éste es a las 16:00 horas. Por lo tanto, decidimos quedarnos en el hospital hasta el otro día. 

Poco antes de medianoche evaluamos la situación política, se corre el rumor que el general Carlos Prats viene desde el Sur avanzando con una columna hacia Santiago. Citamos rápidamente a una asamblea e informamos de nuestras noticias. Una vez más se volvieron a repetir los aplausos. Afuera, los golpistas se consolidaban. 

 

El día 11 de septiembre en otros lugares 

Ese día, en otras trincheras ocurren otros acontecimientos. En la madrugada, Manuel Garrido, joven conscripto del Regimiento del Artillería Motorizado N°1 espera instrucciones de sus superiores:

 “(...) Fuimos despertados a las 4 de la madrugada, tomamos desayuno y esperamos hasta las 8:00 A.M. A esa hora nos subieron a los camiones y nos pasaron unos cuellos color naranja como distintivos. Partimos por la calle Dieciocho hacia la Alameda, en medio de un silencio extraño. Al llegar a la Alameda comenzaron a atacarnos y debimos hacer algunos allanamientos. Al menos cuatro conscriptos desertaron. Esta no es nuestra guerra, dijeron y se fueron. Nosotros íbamos al mando del oficial Jorge Herrera. Tomamos dirección a La Moneda por donde está el Colegio San Ignacio y llegamos cerca del cine Continental. Antes de llegar comenzó el bombardeo de la Aviación. Luego de esperar cerca de una hora atravesamos la Alameda por cerca del Banco del Estado. Nos metimos por el pasaje y salimos a La Moneda. 

A esa hora salían con las manos en alto los primeros prisioneros (Allende había dado la orden de retirarse a todos). Entramos después por la puerta lateral y cuando íbamos subiendo varios soldados de la Escuela de Infantería de San Bernardo se adelantaron, entre ellos iba el general Palacios. Los dos primeros en subir, ambos suboficiales, murieron. Ahí el general Palacios fue herido en una mano. El causante de estas bajas fue un militante de la Unidad Popular que agonizó dos días en el Regimiento Tacna, de nombre Oscar Lagos Ríos a quien después me tocaría custodiar y conversar con él. Luego pasamos a un salón donde había varios bustos y desde una de las puertas de ese salón apareció una persona vestida de terno que dijo ser doctor, gritó que el presidente Allende se había suicidado. Cerca de las cuatro de la tarde bajamos a la calle y luego nos dejaron custodiando los sectores cercanos a La Moneda”. (1) 

 

En el sitio de La Moneda, entre los amotinados, caen cuatro soldados (2). 

También a las 8 de la mañana en la austral ciudad de Temuco, el capitán de Ejército y comandante del batallón, Manuel Fernández, en presencia del general Orlando Urbina, quien está de visita en calidad de inspector, iza la bandera en el patio del regimiento, entrega las instrucciones de normalidad y se retira a sus labores habituales sin saber que el golpe ya está en marcha. Tampoco el general Urbina está informado de lo que sucede en Santiago (3). Ambos, sólo se enterarán de los acontecimientos media hora más tarde. 

A esa misma hora en la nortina ciudad de Calama, la gobernación es copada por las fuerzas militares al mando del comandante del regimiento Eugenio Rivera. Este exige la entrega del mando al indefenso gobernador. Grimilda Sánchez, militante socialista, quien ejerce labores de apoyo se mantiene en silencio, observando el desenlace de los acontecimientos. Ganando tiempo y rogando que una camioneta con material comprometedor logre salir del recinto. Hay una razón además poderosa para ella: su hijo acompaña al chofer del vehículo. Saldrá de ahí con arresto domiciliario y su hijo y marido serán fusilados semanas más tarde. 

En el puerto de San Antonio, una vez conocida la noticia, los trabajadores portuarios votaron el Paro hasta que le fuera restituida la presidencia al doctor Salvador Allende. Y como consecuencia de este hecho, pocos días después siete dirigentes sindicales, socialistas y comunistas fueron detenidos en sus casas y fusilados sin mayor contemplación. 

En Punta Arenas, los estudiantes secundarios responden masivamente a la convocatoria del Partido Socialista y de la sección provincial de la Central Unica de Trabajadores (CUT) a realizar una marcha hacia el centro de la ciudad. Pero, antes de que se concentren, efectivos de la Infantería de Marina lo impiden con disparos al aire. Igual cosa sucede con los dirigentes sindicales que se atrincheran en el local de la CUT, quienes luego deben huir por la parte posterior del viejo edificio y dispersarse. 

En Antofagasta, el suboficial de carabineros Guillermo Eugenio Schmidt, se niega a acatar las ordenes de los amotinados y dispara contra el comisario, mayor Mario Osvaldo Núñez y el subcomisario capitán Héctor Dávila, matándolos en el acto. Es detenido. Y al día siguiente es ajusticiado sin ningún juicio previo. 

En Talca, el intendente regional Germán Castro, militante socialista lidera un grupo de 20 improvisados combatientes que huyendo hacia la frontera tienen un enfrentamiento en el retén de carabineros de Paso Nevado, donde muere el carabinero Orlando Espinoza Faúndez. Días después, Castro es sometido a Consejo de Guerra y es fusilado. 

En el lejano y sureño Melipeuco, a mediodía es sacado desde su domicilio por efectivos de carabineros, el campesino y tractorista Luis Alberto Soto Chandía y asesinado cerca del río. En Tocopilla, también es detenido ese día 11 en la mañana por efectivos del Ejército el subadministrador de la Planta de la Sociedad Química y Minera de Chile el socialista Manuel del Carmen Muñoz Cornejo. Es muerto el día 14 del mismo mes. Igual destino le espera a Luis Segovia Villalobos, ingeniero de ejecución empleado de Cobrechuqui, la principal mina del país, detenido ese día en la misma ciudad. 

En la Escuela de Alta Montaña de Los Andes, el comandante del regimiento coronel Renato Cantuarias, es detenido por sus conocidas simpatías de izquierda y llevado a la Escuela Militar de Santiago. De ahí sale muerto. Asesinado por sus pares. De este hecho hay dos versiones: una que fue acribillado a mansalva por sus compañeros, y otra (menos creíble) que fue relatada por el general Nicanor Díaz Estrada(4), quien aseguró que:

 “ ( ...) Le fue entregada un arma durante su detención para que se suicidara.” 

Por su parte, Augusto Pinochet que apresuradamente ha cambiado de bando, envía a su familia a ese mismo regimiento para protegerla. Lo más probable es que por su mente cruzara la posibilidad de fracaso del golpe. Entonces, qué mejor que su familia estuviera resguardada con un comandante constitucionalista. Ahora bien, ¿qué sabía el coronel Cantuarias? ¿Qué conversó con él Pinochet, al momento de enviar a los suyos bajo su resguardo? Sea lo que haya sido, una vez consumada la traición había que deshacerse de él. Los muertos no hablan. 

Mientras tanto en Santiago, las instrucciones no llegaban. Y menos las armas ofrecidas. No era todo, las comunicaciones entre los partidos y sus bases eran inexistentes. ¿Qué pasaba con las comisiones políticas de los partidos de la Unidad Popular? La Comisión Política del Partido Socialista estaba reunida desde las siete de la mañana del día 11. La narración de esos acontecimientos corresponde a Adonis Sepúlveda, subsecretario general del Partido Socialista a la fecha (5): “(...) Es la mayoría de miembros de la Comisión Política y del Comité Central que estamos reunidos en el centro de Santiago. Se envía un representante de la Comisión Política (Hernán del Canto) a La Moneda a informarnos de la situación y saber a qué atenerse y pedirle al presidente que se ubique en un lugar estratégicamente defendible. La respuesta que trae el dirigente: “Yo cumpliré con mi deber aquí, que el Partido cumpla con el suyo”. 

Entonces, resolvimos dirigirnos al país por Radio Corporación para llamar a la defensa del gobierno a todo el pueblo y a oficiales y soldados a desobedecer las órdenes de sus mandos insubordinados. En momentos en que se iba a iniciar la transmisión radial, fueron voladas las antenas de la radio y la voz del partido no salió al aire. No hubo otro mecanismo para dirigirse al país. Desde la propia radio, y por frecuencia modulada, un miembro de la Comisión Política llamaría insistentemente a la lucha, pero esa voz llegó a contadas personas. 

Los dirigentes ubicados en ese sector céntrico estábamos quedando sitiados por las tropas que cercaban Santiago cerrando el círculo. Nos trasladamos al sector Sur poniente. Allí se estableció contacto con otras fuerzas y se organizaron medidas de defensa. Lo que podíamos hacer como organización era poco por las condiciones y características del golpe. Se envió una comisión a conversar con el Partido Comunista y el MIR. El Partido estaba dispuesto a organizar la defensa y el Partido Comunista había resuelto el repliegue”. 

Adonis Sepúlveda termina señalando los esfuerzos infructuosos de formar una columna de combate ya que antes de hacerlo son descubiertos por las fuerzas armadas y deben abrirse paso a balazos liderados por cuatro miembros de la Comisión Política. 

La versión de Gustavo Ruz Zañartu, también miembro de la Comisión Política del Partido Socialista difiere en algunos aspectos de lo expresado por Adonis Sepúlveda (6). Para él, a la sazón encargado de organización de Santiago, la orden en caso de golpe de Estado (Alerta tres) era concentrarse en una industria de Maipú. Carlos Altamirano, secretario general del Partido Socialista confirma esta última versión en una entrevista de la periodista Patricia Politzer. Ahí señala textualmente:

 “ (...) No recuerdo por qué, en vez de ir directamente a Mademsa, partimos a las oficinas de la Corporación de Mejoramiento Urbano (CORMU)”. (7) 

Para Gustavo Ruz la decisión de Altamirano fue enteramente personal. Él decidió, no sabe por qué razón, no ir al lugar indicado sino que citar a una reunión, con algunos miembros de la Comisión Política. Lo que en los hechos produce esa decisión, me señala treinta años después, es la dispersión de la estructura máxima del Partido. La empresa de Maipú no era MADEMSA sino FESA, una empresa de envases del área social. Ahí llegan a partir de las siete de la mañana, entre otros, Néstor Figueroa, José Jiliberto, Jorge Mac Ginty, Rolando Calderón, Exequiel Ponce, Hernán Coloma, Amoldo Camú, Luis Lorca y Ricardo Lagos Salinas, entre varios otros más. 

 

Los enfrentamientos de INDUMET 

El lugar en el sector Sur Poniente del cual habla Adonis Sepúlveda era la industria metal mecánica INDUMET. Así también lo cuenta Pascal Allende, ex secretario general del MIR, 27 años después (8). Y así lo confirman los socialistas que estuvieron ahí esa mañana (9). 

Estos han formado una columna con cerca de treinta vehículos que parte desde el Estadio de la CORMU (Corporación de Mejoramiento Urbano) hacia el Sur, la instrucción es formar en ese lugar un contingente mayor para rescatar al presidente Allende desde La Moneda. En el lugar ya se encuentran Arnoldo Camú encargado militar del Partido Socialista y Rolando Calderón, dos representantes de la Comisión Política del Partido Comunista (Víctor Díaz y Pascual Barraza). Más tarde, se incorpora Miguel Enríquez, secretario general del MIR y Bautista Von Shouwen y un representante del MAPU (Alejandro Bell). Los comunistas plantean que es necesario ver el desarrollo de los acontecimientos, particularmente si el Congreso Nacional, el Parlamento será cerrado por los golpistas. Ellos, señalan que no están en condiciones de combatir directamente y que su decisión es pasar a la clandestinidad. De un contingente armado de 10 mil hombres, ofrecido por el Partido Comunista días antes nada se dice. 

Esta conversación que se produjo los días previos al golpe entre las comisiones militares, donde se hace el ofrecimiento es ¿verdadero o falso? El diálogo fue real, lo atestigua la secretaria de Arnoldo Camú presente en la entrevista (10). ¿Entonces, el ofrecimiento del Partido Comunista era una ilusión? Al parecer sí. 

En 1997, Luis Corvalán confidencia en sus Memorias que ellos contaban con tres mil hombres en disposición de combate (11). En INDUMET, el MIR señala que ellos están en condiciones de tener en horas de la tarde un contingente de 50 hombres armados, su fuerza central. 

El Partido Socialista explica que se ha dado instrucciones a su columna principal, la que está en el mismo lugar, de ir al rescate de Allende. Pocos minutos antes se ha producido un contacto telefónico con Eduardo Paredes quien desde La Moneda pregunta escuetamente: ¿Cuándo nos vienen a rescatar? El Partido Socialista no cuenta con más de 200 combatientes entre hombres y mujeres. La reunión es interrumpida, un helicóptero sobrevuela la industria y aparece un contingente de carabineros en autobuses y tanquetas. Es necesario romper el cerco lo más rápidamente posible ya que es claro que han sido descubiertos. 

El áspero repiqueteo de los AKAs 47 y los SIGs es ensordecedor, en ese lugar caen los compañeros Manuel Ojeda Disselkoen dirigente del MIR y Sócrates Ponce Pacheco socialista, interventor de INDUMET. Los amotinados se repliegan. En sus filas se contabilizan tres bajas (12). 

Desde aquí, y luego de romper el cerco, la columna se dirige a la empresa textil SUMAR. En conocimiento que en La Moneda se combate y pese al escaso contingente y armas (sólo existían cerca de 120 fusiles de asalto AKAs 47 y apenas 120 cartuchos por combatiente), Arnoldo Camú y Exequiel Ponce dan la instrucción a los voluntarios de ir al rescate del presidente Allende. La columna parte por la avenida Vicuña Mackenna hacia el centro, pero es detenida por el doble cerco que ya ha montado el Ejército. 

A esa misma hora en la población La Victoria, de la zona Sur de Santiago, el secretario de Eduardo Paredes, Jorge Aravena organiza un núcleo de resistencia con 40 jóvenes del sector. Todo su “arsenal” consiste en un fusil Aka que porta su hermano, una Uzi perteneciente a la Policía de Investigaciones y tres pistolas, además de piedras... muchas piedras. 

Mientras tanto, la columna que ha partido desde la población La Legua retrocede. Se producen nuevos enfrentamientos: cae en combate el socialista Francisco Cattani Ortega. Renato Moreau, a la sazón uno de los encargados de la estructura militar del Partido que ha estado acuartelado desde las 7.30 AM, que ha recibido el primer reporte desde la casa del presidente en Tomás Moro, y que luego se ha trasladado en una camioneta hasta INDUMET, responde mis interrogantes (13):

 “(...)¿Estaban ustedes, como estructura militar oficial del Partido Socialista, al tanto de que existía un contingente bastante masivo de militantes que estaban semi acuartelados en distintos lugares a la espera del armamento para defender al gobierno? 

— Sí, nosotros teníamos un plan que contemplaba, con la formación de una columna de 120 hombres armados, que era nuestro contingente principal, unido a la estructura central del MIR aprovisionarnos de armas. Ese material iba a ser distribuido principalmente en los cordones industriales. 

— ¿Qué ocurrió...? ¿Por qué eso no se realizó? 

— Cuando discutíamos el plan en INDUMET tuvimos dos problemas que desbarataron ese plan, uno fue que el MIR no estaba en condiciones de cumplir su parte. Miguel Enríquez nos señaló que antes de las 18 horas era imposible que ellos tuvieran un contingente armado, además que sólo podían tener 50 hombres que era una cifra exigua para una operación. 

— Pero, estamos hablando de que eran miles los que esperaban en distintos lugares, ¿cómo iban a resolver eso? ¿O es qué confiaban en que ese pequeño contingente se iba a unir a algún sector constitucionalistas de las Fuerzas Armadas? 

— Bueno, nosotros partíamos del punto de vista de que existiría un sector constitucionalista dentro de las Fuerzas Armadas, pero a las 8.30 de la mañana del día del golpe no hubo ninguna fuerza militar leal al gobierno, así es que tuvimos que operar sobre ese nuevo escenario; uno, que no era posible aplicar el plan de recuperación de armas y dos que no había fuerza leal. De ahí entonces se explica la orden que dieron Arnoldo Camú y Exequiel Ponce, de dar una pequeña batalla por la dignidad, de no rendir las armas sin combatir y eso es lo que hicimos y creo que ese fue nuestro mérito”. 

De la mencionada columna, forma parte una citroneta que recibe una descarga y muere una joven. Dieciocho años después la Comisión Rettig establece que se trató de Cristina del Carmen López Stay alcanzada por el intercambio de disparos cerca de la industria SUMAR. El chofer nervioso se dirige (nadie sabe cómo) a la industria de fideos Luchetti. Esta permanecía tomada por cerca del ochenta por ciento de los trabajadores que ahí laboraban, el otro veinte por ciento se había retirado temprano con la noticia del golpe. Llegan los militares. No existe resistencia: no habían armas. Vienen ya con listas buscando a los dirigentes sindicales de la industria y del Cordón Vicuña Mackenna. Hay simulacros de fusilamientos por doquier. Pero, finalmente cuando son cerca de las 16:00 horas, y sin mediar ejecuciones, todos los trabajadores son subidos a buses con las cortinas corridas y llevados hasta el Estadio Chile (14). 

No lejos de ahí, en el mismo sector Sur de la capital, el Comité Central de la Juventud Socialista ha funcionado desde las 10 de la mañana. En el lugar reina la confusión. Sin informaciones y desvinculados del partido se dirigen desde el Liceo N°6 a otro establecimiento educacional, el Liceo de Artes Gráficas. Están presentes, entre otros, Carlos Lorca, César Cerda, Enrique Norambuena, Mario Felmer, Ariel Mancilla (15):

 “Allí habíamos más de doscientos liceanas y liceanos, esperando instrucciones”. (16) 

Los integrantes del Comité Central de la Juventud, conscientes de que tienen nula capacidad de resistencia se dispersan para volver a sesionar días después. A media tarde, siempre en la zona sur, la columna que ha salido de SUMAR continúa los combates dispersos. En los enfrentamientos caen abatidos otros cuatro carabineros insurgentes. Luego, los restos de la columna vuelven a concentrarse en la empresa de manufacturas de cobre MADECO. Son cerca de las 20 horas, con toque de queda en marcha desde las dieciséis horas. Cuatro horas más tarde el pequeño núcleo de la Población de La Victoria, luego de esporádicos y sucesivos enfrentamientos ve caer abatido al joven Jorge Aravena. A su hermano Luis, y a los jóvenes combatientes sólo les queda el consuelo de no ver rendida sus escasas armas. 

En las primeras horas de la tarde de ese día 11, y cuando aún se combate en La Moneda dos dirigentes campesinos socialistas, Luis Jiménez (17) y Oscar de la Fuente, que posteriormente reorganizarán el partido en la clandestinidad, deciden partir hacia su Talca natal ya que en Santiago prácticamente no conocen a nadie. Toman un pequeño vehículo de INDAP y parten al Sur acompañados de dos dirigentes mujeres. En el paso de Angostura una larga fila de autos espera un lento control militar. Ellos portan como único material incriminatorio una radio cassette con grabaciones y discursos del Partido Socialista en el porta maleta. Se salvan porque al detenerse en el paso son chocados por detrás por un nervioso conductor y les deja el porta maletas sellado. No hay problemas. Los efectivos militares han visto la escena y los dejan seguir. 

Llegan a los alrededores de Talca y sin saberlo se han cruzado en el camino con dos integrantes del GAP que vuelven raudos a la capital en una camioneta llena de armas. Estos son detenidos a la salida de la ciudad de Curicó, interceptados y fusilados en el acto. Son los socialistas del Gap Walter Salinas y Francisco Lara. 

Mientras esto ocurre, Carlos Altamirano secretario general del Partido Socialista ha perdido todo contacto con la dirección. Su pista se ha extraviado en el centro de Santiago. Llega al estadio de la CORMU, y de ahí se decide su traslado a la zona Sur con un chofer operativo (el Ciego Fuentes) y un encargado de inteligencia (Manuel Foncillas). Logran refugio transitorio en la zona Sur de Santiago. 

Desconociendo estos hechos, una ambulancia recorre infructuosamente diversos lugares de la misma zona. En su interior viajan dos escoltas de la seguridad de Carlos Altamirano, un chofer y el doctor Luis Lorca Tobar (18), que esa misma mañana ha participado en la reunión de Comité Central en Maipú. Su objetivo es ubicar al secretario general y ponerlo a resguardo. No lo logran el día 11 ni tampoco los dos días siguientes. La búsqueda termina al tercer día ya que la ambulancia ha sido muchas veces allanada en el camino y no se visualiza la posibilidad de tener éxito en la iniciativa. 

Mejor suerte tiene Renato Moreau. Él ha sido quien le ha puesto al escolta Foncillas a Carlos Altamirano. Pero están desconectados. Al día siguiente, y sólo por intuición Renato hace una mini operación peineta en el sector Sur de la capital. A la media hora, ubica a Manuel Foncillas y se logra mantener el contacto indirecto con Altamirano. 

Volvamos al mediodía del 11. Cerca de las 12 horas la Comisión Política del Mapu Obrero Campesino que dirige Jaime Gazmuri, termina una tensa y corta reunión en su local oficial de calle Carrera N° 96, a escasas cuadras de La Moneda. Dos horas antes han escuchado la última alocución de Salvador Allende y Gazmuri, desde el local de su partido, sólo atina a despedirse de él a través de su edecán. Luego todos deciden sumergirse en la clandestinidad. A la salida del local Jaime se encuentra con un dirigente intermedio, Luis Sánchez quien le pregunta sobre las instrucciones. Gazmuri responde escuetamente, medio en broma medio en serio:

 “( ...) Debemos replegarnos, ya recibirás instrucciones. Nos vemos dentro de15 años”. (19) 

A las 6.30 de la madrugada de ese día martes 11, el presidente ya tenía conocimiento de que la marinería sublevada empezaba a ocupar Valparaíso y que la Escuadra de los Estados Unidos con asiento en Panamá se ubicaba a la altura del puerto de Coquimbo. Pero Allende desconocía los alcances del golpe en la Fuerza Aérea y en el Ejército. 

Según Osvaldo Puccio (20), secretario personal de Allende, éste salió a las 7:00 AM de su residencia particular en Tomás Moro hacia La Moneda, iba acompañado de cuatro o cinco tanquetas de carabineros. Antes de esa hora, cerca de las seis de la mañana, lo ha llamado Altamirano. Este le comenta la información que le trasmiten distintos personeros: el golpe está en marcha desde Valparaíso. Algo que Allende ya sabe. A las 8.00 de la mañana La Moneda estaba custodiada por cerca de 400 carabineros todavía leales al gobierno. Allende habla por primera vez por radio, llamando a la calma y mostrando una situación bajo control. Termina de hablar y las tanquetas se comienzan a retirar del Palacio de Gobierno. Allende tenía la disposición y decisión de quedarse en La Moneda. El 29 de junio su ansiedad no sólo terminó cuando el putsch fue controlado, sino cuando logró arribar a la casa oficial de los presidentes de Chile. Había rechazado meses antes el plan que le había presentado Arnoldo Camú, encargado militar del Partido Socialista, de una casa refugio con conexión directa con una radio emisora. Y ahora ese día 11, cerca ya de las 9.30 horas había sido tajante con Hernán del Canto sobre que él asumía su responsabilidad, y que en esos momentos difíciles, el Partido Socialista debía asumir la suya. 

Julio Stuardo (21), sentía una ansiedad parecida. El intendente de la ciudad de Santiago, había llegado el pasado 29 de junio a su puesto media hora después que el presidente. No le volvería a pasar. Ahora Stuardo sortearía su detención domiciliaria y llegaría antes de las ocho a su oficina ubicada al lado de La Moneda. Asomado al balcón impediría la detención de Aníbal Palma y de algunos hombres del GAP. Sólo con su vozarrón y por la debilidad del mando faccioso ubicado justo bajo su ventana. Pero su táctica no le dio resultado con el segundo grupo de detenidos donde venía el jefe del GAP y el hijo de Miria Contreras (la “Payita”), secretaria de Allende. Todos, sin excepción, fueron arrastrados a los estacionamientos de la calle Morandé y luego fusilados. Más tarde, algunos cuerpos aparecen en el río Mapocho y otros en Peldehue. 

A las 11.30 de la mañana, la Comisión Política del Partido Comunista, según relata Orlando Millas (22) y Luis Corvalán, escucha al presidente Allende desde una casa de seguridad, dirigirse al país para dar cuenta de la felonía y la traición de los generales. 

 

Luego, los acontecimientos se suceden aceleradamente. 

En medio de toda la crisis, Salvador Allende destaca por la tranquilidad y la entereza de quien sabe que su nombre ya pertenece a la historia. Lo acompañan en La Moneda sus más cercanos colaboradores, Joan Garcés cientista político español que acatará la orden de Allende de asilarse para contar la verdad de lo ocurrido. Entre los socialistas se encuentran Arsenio Poupin y Eduardo Paredes; entre los comunistas Enrique París; entre los familiares de Allende están Beatriz e Isabel sus dos hijas. Cerca de 30 miembros del GAP y más de una docena de integrantes de la Policía de Investigaciones. Un numeroso contingente de mujeres cumplen heroicamente sus funciones: Marta Silva, Nancy Julia de Berríos, Cecilia Tormo, Verónica Ahumada, Frida Modak y Miria Contreras. También permanecen junto al presidente su fiel secretario privado Osvaldo Puccio y el hijo de éste. Y están sus ministros: Aníbal Palma, Clodomiro Almeyda, Daniel Vergara, Fernando Flores y Orlando Letelier, quien se ha retirado al Ministerio de Defensa cumpliendo órdenes del presidente. 

Ya cerca del mediodía, Allende comprende que la situación es irreversible y que la tan temida unificación del mando faccioso es un hecho. Cuando ya los primeros rockets de la aviación explosionan contra La Moneda y se conoce de situaciones similares en poblaciones periféricas, sólo ahí Allende intenta un diálogo para detener la masacre que sabe, se cierne sobre las masas indefensas. 

En ese instante, decide poner en marcha una pequeña operación de tregua para que se salven los civiles, hombres y mujeres que están dentro de la casa de los presidentes. Por su parte, él tiene tomada una decisión que es inquebrantable: ha decidido morir en La Moneda, último símbolo de la democracia representativa chilena. Morirá denostando a los generales traidores, en particular a César Mendoza (el más rastrero de todos). 

Cerca de allí, una media docena de combatientes del GAP, que luchaban parapetados en los ventanales del edificio del Ministerio de Obras Públicas, en un cese del fuego logran escapar del cerco tendido alrededor de La Moneda y de los edificios aledaños. Por largas horas han contenido a los facciosos del Batallón de Tanques del Regimiento Blindado N’2, de la Escuela de Infantería, de la Escuela de Suboficiales y a un batallón del Regimiento Tacna. 

Cuando ya La Moneda se encuentra en llamas y los últimos combatientes están saliendo, entra por la puerta de calle Morandé 80, el general Palacios. Obviamente, ya no hay resistencia, el palacio presidencial está en silencio, sólo quedan uno o dos GAP que mueren combatiendo. No más de 30 socialistas en La Moneda y en el edificio del Ministerio de Obras Públicas, han luchado más de seis horas, ya no les quedan municiones, han cumplido con creces su misión. 

Son cerca de las 17 horas de día 11. El Ejército controla la situación. A La Moneda llegan miembros de investigaciones y de bomberos. Angel Hoces, militante del Partido Socialista, experto del Cuerpo de Bomberos y perito investigador de incendios de la Intendencia de Santiago, llega también a esa misma hora. En la mañana ha estado en la imprenta Quimantú. Y ha divisado el bombardeo y el humo del incendio. En La Moneda ve como retiran los restos de un tanque incendiado. 

Sube al segundo piso. No hay vigilancia, el incendio aún continua. Reconoce en una habitación el cuerpo de Allende y junto a él, muerto, al periodista Augusto Olivares. Ambos han sido arrastrados hasta allí. Allende esta cubierto con un chamanto y tiene una herida en una pierna, de la cual ha manado gran cantidad de sangre. Angel Hoces jura que Allende fue asesinado (23). 

¿Asesinato o suicidio? Poco importa para este relato. Si Angel Hoces observó bien, y nosotros no podemos dudar de sus capacidades técnicas ni de su honestidad, al menos podemos suponer que Allende fue herido en una pierna antes de que su vida terminara. ¿Asesinato o suicidio? Un detalle para la historia. La figura de Allende, a partir de su caída en combate en La Moneda, se fue agrandando con el tiempo. Nos referimos a la figura del hombre que combatió, hasta el último minuto, por la defensa de la democracia y la libertad. Por que nadie ha puesto en duda que Allende combatió, cumplió con su palabra de defender el proceso político. De modo que, si fue suicidio o asesinato es sólo un detalle. 

En cambio, los insubordinados del 11 de septiembre nunca pudieron comprender el repudio que concitó la asonada golpista. Allende entró en la historia con dignidad, tal como había entrado en La Moneda, la casa de gobierno de los presidentes de la República de Chile un 4 de noviembre de 1970. 

(1) Periódico El Popular N°1. Octubre de 1990. Santiago (Chile). 

(2) Informe Verdad y Reconciliación 

(3) Relato del ex comandante de batallón del regimiento de Temuco, capitán Manuel Fernández. Agosto 2002. 

(4) Sergio Marras. Confesiones. Editorial Ornitorrinco. Chile 1988. 

(5) Adonis Sepúlveda. “Carta a la dirección interior del Partido Socialista. 8 de septiembre de 1977”. Incluida en el Folleto: “Problemas del Partido Socialista de Chile posteriores al golpe militar”. México D.F. Agosto 1998. 

(6) Conversación grabada con Gustavo Ruz. Mayo 2001. Ex integrante de la Comisión Política. 

(7) Patricia Politzer. Altamirano. Editorial Zeta, Buenos Aires 1989. 

(8) Pascal Allende. Entrevista Punto Final Octubre 2000. 

(9) Conversaciones grabadas con Patricio Quiroga y Renato Moreau. 

(10) Entrevista grabada. Anita Correales. Julio 2001. Ex secretaria de Arnoldo Camú. 

(11) Luis Corvalán L. De lo vivido y lo peleado. Memorias. LOM Editores. Chile 1999 

(12) Informe Comisión Verdad y Reconciliación 

(13) Entrevista a Renato Moreau, ex integrante de la estructura militar del PS. 

(14) Relato de Juan Gutiérrez González. Empleado de Luchetti. 

(15) Conversaciones con César Cerda y Enrique Norambuena ex miembros del Comité Central de la Juventud Socialista. 

(16) Relato de Vladimir Sierpe, joven socialista. 

(17) Diálogo con Luis Jiménez, ex dirigente campesino. 

(18) Diálogo con Luis Lorca Tobar, ex integrante del Comité Central de la Juventud Socialista. 

(19)Jaime Gazmuri. De luz y sombras. Ediciones B, Grupo Z. Chile 2000. Orlando Millas. Memorias 1957 1991. Una digresión. Editorial CESOC. Chile 1996. 

(20)Osvaldo Puccio. Un cuarto de siglo con Allende. Editorial Antártica. Chile 1985 

(21)Relato de Julio Stuardo González, ex intendente de Santiago. 

(22)Luis Corvalán escucha mensajes de Allende desde una casa de seguridad, relato de Orlando Millas.

(23) Angel Hoces. Informe al Comité Central Exterior. Fotocopia. México 1975. 

 

II. LA LARGA MARCHA DEL PUEBLO A LA MONEDA

 

TRES AÑOS ANTES DEL GOLPE DE ESTADO, el pueblo triunfa en las urnas. Aquella noche del 4 de septiembre, desde los balcones de la Federación de Estudiantes de Chile (FECH) que presidía Alejandro Rojas W. militante comunista y estudiante de Odontología de la Universidad de Chile, Salvador Allende Gossens se dirigió a los miles de compatriotas que hasta altas horas de la noche habían esperado el veredicto de las urnas. Bajaron por calles céntricas a pié o en lo que encontraron, al igual que las columnas que provenían de los barrios periféricos de la capital. Allende culminaba su larga caminata en pos de la presidencia de la República que iniciara un lejano 1952 liderando un pequeño grupo socialista, que en alianza con el Partido Comunista, obtuviera un escuálido 5,75 por ciento, no más de cincuenta mil sufragios. 

Tuvieron que pasar dieciocho años para que se cumpliera su sueño y el de amplios sectores sociales, que con el tiempo fueron engrosando las bases de una alternativa popular y revolucionaria. Desde el desgajamiento del Partido Socialista Popular que apoyara a Carlos Ibáñez del Campo, pasando por fortalecimiento de la Central Unica de Trabajadores, la formación del Frente de Acción Popular (FRAP), y la postulación a otras dos elecciones presidenciales, hasta obtener el triunfo ese 4 de septiembre de 1970. Ahora, con la Unidad Popular, una alianza más amplia que el FRAP, sería finalmente gobierno. Este nuevo bloque histórico lo integraban, además del Partido Socialista y Partido Comunista, el Partido Radical, un pequeño sector de independientes (API) y el Movimiento de Acción Popular Unitario (MAPU). Este último, escindido del Partido Demócrata Cristiano, tras su crisis de 1969. 

Desde el viejo balcón de la FECH ubicado en Alameda con San Isidro, exactamente frente al majestuoso edificio de la Biblioteca Nacional, cerca de la 0:00 horas de una noche calurosa a pesar de que todavía era invierno, Allende junto a Luis Corvalán, secretario general del Partido Comunista, y otros dirigentes de la coalición se dirigió a la muchedumbre allí reunida. 

Tuve la fortuna de presenciar esos hechos en forma directa. En mi calidad de estudiante universitario y militante de la Juventud Socialista, fui asignado a resguardar, en lo alto del Cerro San Cristóbal junto a otros camaradas, las antenas de televisión que pertenecían a la Universidad de Chile. Esto de “resguardar” no era más que simple eufemismo ya que esta acción sólo consistía en vigilar ocularmente el lugar. Aun así, cerca de las ocho de la noche se me acercó “Moncho” Silva, uno de los dirigentes de la federación para preguntarme, alejado del resto del grupo, si sabía usar un arma que subrepticiamente me mostró dentro de su chaqueta. Obviamente le dije que si, aún cuando jamás había tenido tan siquiera una en mis manos. Así es que pasé de ser jefe de grupo a “jefe armado”. Pasada la media noche y una vez confirmado el triunfo bajamos por las escalinatas del funicular. 

Los entretelones de la confirmación de los festejos, por parte del entonces jefe de la plaza general Camilo Valenzuela, lo supimos después. Este sujeto, en su afán por impedir que el Senado votara por Allende, se alzaría (sólo algunas semanas después) como uno de los principales conspiradores responsables del asesinato del comandante en jefe del Ejército René Schneider. 

Esa noche se había mostrado dubitativo ante su jefe y ante el mismo Allende para permitir las manifestaciones. Luego de conocer la taxativa respuesta del comandante en jefe de que ellos debían respetar la voluntad de las urnas, Camilo Valenzuela dio luz verde a los festejos, pero también dictó la sentencia de muerte de su superior jerárquico. 

Para Allende, cuatro veces candidato presidencial de las fuerzas de izquierda, diputado por primera vez en 1937, Senador de la República electo en forma ininterrumpida a partir de 1945, presidente del Senado, Ministro de Salud durante el gobierno de Pedro Aguirre Cerda, un hombre ampliamente conocido en el ámbito internacional y amigo de muchos líderes mundiales (entre otros de Fidel Castro y el mítico Ernesto Che Guevara), las cosas no le habían sido fáciles. 

El nuevo presidente electo era un hombre fogueado en mil batallas políticas. Estaba acostumbrado a las victorias y las derrotas no le amilanaban. Sabía que eran parte del camino por recorrer. En octubre de 1952, había señalado que el Frente del Pueblo salía fortalecido a pesar de la derrota. En 1969, para ser candidato presidencial de su Partido (el socialista) había tenido que vencer al Senador Aniceto Rodríguez, el secretario general de entonces. En esa ocasión, y luego de numerosas reuniones del Comité Central, había logrado alcanzar la mayoría de los votos. 

Décadas después se difundió la versión de que Salvador Allende había sido nominado por la minoría del Comité Central. Se dieron cifras: Allende habría obtenido 12 votos y 13 integrantes de la instancia superior del Partido Socialista se habrían abstenido. La periodista Mónica González menciona en su libro La Conjura idéntica información. Volodia Teitelboim a su vez llega a declarar que Allende no fue nunca el candidato del Comité Central en referencia obviamente a sus cuatro nominaciones. A todas luces una exageración (1). 

¿Qué sucedió allí? ¿Error de información? ¿Un intento por deslegitimar a Allende? Al parecer, la información proviene de la versión entregada por Jaime Suárez, ex ministro de Allende e integrante del Comité Central en esa época. Efectivamente, éste señala en su libro (2) que Allende ganó por doce votos y trece abstenciones. Pero se está refiriendo a la primera votación. Así que la duda persiste. 

Nos decidimos a investigar. Conversamos con Juan Gutiérrez Soto, secretario general de la Juventud Socialista de la época quien participó en aquellos debates (3): 

“(...) Fueron dos reuniones del Comité Central intercaladas por espacio de algunas horas. En la primera vuelta entró Aniceto Rodríguez a la sala de reuniones seguido de su equipo direccional. Luego hizo lo propio Allende y se sentó a su lado. Luego de una breve introducción de Aniceto, se dio curso al punto único de la reunión: nominar al candidato socialista y casi seguro candidato de la izquierda a las elecciones del año siguiente. En la primera vuelta de votación Aniceto obtuvo ocho votos, Allende dos y Carlos Altamirano dos. Trece abstenciones. Altamirano alegó que él no era candidato. Yo (continúa diciendo Juan Gutiérrez Soto) señalo que voy con un mandato de la Juventud Socialista. Al no obtener la mayoría, Aniceto y su equipo se retiran indignados de la sala. Vuelven a la hora. Nueva votación. Aniceto los mismos ocho votos, Allende trece. Hay varias abstenciones”. 

Adonis Sepúlveda ha sido uno de ellos. Meses después, le ubico en su departamento en Alameda, frente al edificio Diego Portales. El tiempo no ha pasado en vano, no lo pasa para nadie, y el ex subsecretario general yace postrado en cama, pero perfectamente lúcido. 

Al explicarle mis intenciones, me cuenta que en la segunda vuelta, él no votó ni por Allende ni por Aniceto: 

“ ( ...) Fue un momento, corto, pero de mucha confusión, incluso se había difundido una carta pública de Aniceto... (Continúa su relato con voz muy baja) No estaba claro si Aniceto quería ser candidato o no”.(4) 

Fidelma Allende, también integrante del Comité Central, confirma la versión de Juan Gutiérrez: 

“(...) En la última votación ganó Allende, sobrepasó a Aniceto Rodríguez por dos votos”. 

Para ella, era absolutamente claro que Aniceto deseaba ser el candidato de la izquierda (5). Entonces, ¿qué había ocurrido? La capacidad política de Allende logra, en la hora de intermedio, el acuerdo necesario con la tendencia de los Elenos en el Comité Central, y de muchos de los indecisos. 

La carta de Aniceto Rodríguez existió. En ella señala que: “El no tiene ninguna intención de ser candidato del Partido Socialista”. (6) 

Y más adelante agrega que, en la votación que siguió en el Comité Central fueron más los votos de abstención que los votos para Allende. Me entrevisto con un integrante del Comité Central de la época que permanecía en la clandestinidad. No asiste a las reuniones, pero Taty Allende llega con su voto por carta al Comité Central a favor del Chicho: me señala que Allende ganó por dos votos. Ratifica las precisiones de Fidelma. 

Finalmente, converso con Ricardo Núñez integrante del Comité Central en esa época (7). Para mi desazón me confirma las cifras entregadas por Jaime Suárez. La duda persiste. No existen actas oficiales. Pero, en lo referente a las aseveraciones de Volodia, se demuestra su equivocación. Pero cerremos paréntesis y volvamos a nuestra historia. 

Después del 4 de septiembre, y como ya es conocido, se inició una carrera contra el tiempo por parte del gobierno de los Estados Unidos para impedir que el Congreso Nacional, de acuerdo a la Constitución de 1925, decidiera entre las dos primeras mayorías. Fueron acciones que se emprendieron en casi todos los frentes. En el plano político interno, la derecha por imponer a su candidato Jorge Alessandri (segunda mayoría); y la coalición de izquierda por convencer a la Democracia Cristiana que votase por quien había obtenido la primera mayoría en las urnas. 

Más allá de las cifras que le daban mayoría, al no obtener éste más que el tercio mayor obligaba al Senado a definir, Allende utilizó el mismo argumento que tuvo en 1958, esa vez sin resultado: el pueblo había votado por las ideas progresistas que encarnaba tanto él como Radomiro Tomic candidato demócrata cristiano que obtuvo un 27 por ciento. Eso, según Allende hacia inviable que la Democracia Cristiana apoyara al candidato de la derecha. 

 

La conspiración Viaux / CIA 

El 24 de agosto de 1939, el gobierno del Frente Popular, encabezado por el radical Pedro Aguirre Cerda, pasaba a retiro al general Ariosto Herrera, comandante de la guarnición de Santiago, por intento de Golpe de Estado. Treinta y un año después, otro comandante de la Plaza de Santiago, Camilo Valenzuela, asociado con el ya depuesto general (R) Roberto Viaux Marambio (en su momento, Ariosto Herrera se había confabulado con otro general retirado: Carlos Ibáñez del Campo repitió por segunda vez un acto que tuvo mucho de comedia, pero que por ‘sus consecuencias finales se convirtió en una verdadera tragedia. Con armas y dinero entregadas por la CIA planificaron el secuestro del general René Schneider. Al momento de llevarlo a cabo éste fracasó, ante lo cual los involucrados procedieron a su asesinato. Sin embargo, esta maniobra no tuvo el resultado esperado. En ese instante, la correlación de fuerzas al interior del cuerpo de generales era ampliamente proclive al sistema político emanado de la Constitución de 1925. 

El día 24 de octubre, en sesión solemne el Senado de la República vota por Allende en forma mayoritaria. Entre el 4 de septiembre y ese día de festejos ocurrieron algunos sucesos, que para muchos sectores constitucionalistas de las Fuerzas Armadas, fueron los hechos más ignominiosos de la historia republicana. En efecto, tal como quedó demostrado a partir de las investigaciones del Senado norteamericano llevadas a cabo en 1975, desde el mismo día 4 de septiembre el gobierno estadounidense había iniciado una vasta operación que tenía como único objetivo impedir la asunción de Salvador Allende a la presidencia del país. 

Veintisiete años después quedaría al descubierto una parte importante del entramado de esa conspiración; así como también, de su apoyo a los golpistas que tres años más tarde (el 11 de septiembre de 1973) culminaría con el derrocamiento de Salvador Allende y que, con posterioridad, ayudó a consolidar al régimen militar. 

En toda esta larga historia, la Central de Inteligencia Norteamericana (CIA) jugó un papel primordial. Fueron los artífices de las órdenes directas del entonces presidente Richard Nixon. En el año 2000, quedó además de manifiesto el nivel de infiltración de la CIA en todas las esferas del régimen militar. 

El propio Manuel Contreras, ex jefe de la DINA fue “víctima” de la desclasificación de los archivos de la CIA, al quedar al descubierto su papel como agente de una potencia extranjera. Los documentos desclasificados demostraban que el mencionado oficial había recibido dineros por un monto de 50 mil dólares americanos, debido a su calidad de informante de primer nivel. Cualquier observador perspicaz puede concluir que la defensa sostenida por Contreras de que el asesinato de Orlando Letelier era obra de la CIA podría sustentarse en el hecho de que la CIA en 1978 hubiese estado al tanto de este alevoso crimen, precisamente dado el carácter de informante de Contreras. Y en este caso, la acusación sería sólo de complicidad de la CIA. 

Antes de esa fecha (1972), un destacado periodista norteamericano (Jack Anderson) denunció los intentos de la CIA a través de una empresa de telecomunicaciones noteamericana en Chile, la Internacional Telephon and Telegraph (ITT), para impedir el triunfo y luego desestabilizar al gobierno de Allende. La cabeza de la conspiración, urdida con mente y mano de la derecha y de altos mandos de las Fuerzas Armadas de Chile, contó con el asentimiento y los dólares aprobados por el gobierno de Richard Nixon. 

Con todo, estos poderosos intentos fracasaron. Su principal debilidad estuvo en la presencia de un comandante en jefe del Ejército respetuoso de la Constitución y de una correlación de fuerzas similares en el Cuerpo de Generales. Algo que, lamentablemente, iría variando con el tiempo hasta culminar con la asonada golpista que contó con la casi unanimidad de los altos mandos de todas las ramas de las Fuerzas Armas y Carabineros. 

Este análisis de la correlación de fuerzas real de ese entonces también lo percibía los Estados Unidos. En un memorándum confidencial de la misma empresa ITT fechada el 21 de septiembre de 1970, se señalaba: 

“El Departamento de Estado tiene poco o nada de fe en las ganas o capacidad de los militares chilenos de tomar el control. Si los demócratas cristianos le hicieran exigencias a Allende, como ser no cambiar la forma de gobierno, meterse con los militares, etc. El Departamento de Estado dijo que Allende accedería, pero no cumpliría sus promesas”. 

El Departamento de Estado tenía buenos analistas y, por supuesto, mejores informantes. En efecto, previo a la votación en el Congreso Pleno que eligió a Salvador Allende presidente de Chile, la Democracia Cristiana condicionó su votación favorable, a la firma de un Estatuto de Garantías Constitucionales. Allende accedió a esta exigencia por el solo hecho de que no cuestionaba para nada sus principios, ni tampoco la llamada Vía chilena al Socialismo. Allende cumpliría su promesa. ¿Y los otros...? En este complejo y difícil contexto, se iniciaban los mil días del Gobierno Popular. 

(1) Entrevista a Volodia Teitelboim. Periódico El Siglo, 8 de Octubre 1998. 

(2) Jaime Suárez. Allende visión de un militante. Editorial Cono Sur. Chile 1992. 

(3) Diálogo con Juan Gutiérrez Soto. Septiembre 2001.Ex secretario general de la JS. 

(4) Encuentro con Adonis Sepúlveda. Julio 2002. Ex subsecretario general del Partido Socialista. 

(5) Diálogo con Fidelma Allende. Julio 2002. Ex miembro del Comité Central. 

(6) Aniceto Rodríguez. Entre el miedo y la esperanza. Editorial Andrés Bello y Universidad Central de Caracas. Venezuela, 1995. 

(7) Conversaciones con Ricardo Núñez. Julio 2002.Ex miembro del Comité Central. 

 

III. LOS MIL DÍAS DE LA UNIDAD POPULAR

 

LA VOTACIÓN MAYORITARIA DEL PARLAMENTO, que permitió a la Unidad Popular ser reconocida como alternativa de gobierno, distaba mucho de abrir un camino de rosas. El Partido Demócrata Cristiano decidió en su Primera Junta Nacional convertirse en opositor al gobierno, aún cuando su Mesa Directiva pertenecía a sectores progresistas. El sector minoritario encabezado por Patricio Aylwin era partidario de perfilar a la Democracia Cristiana como el principal partido opositor, así es que su carácter minoritario sería sólo circunstancial. En ese momento, los grandes aliados de Aylwin eran Eduardo Frei Montalva y Andrés Zaldívar. Estos veían, en el triunfo de Salvador Allende y de la Unidad Popular, un verdadero riesgo para la democracia y para la estabilidad del sistema democrático burgués (capitalista). 

Pero las contradicciones de fondo no estaban en la idea de ser oposición. La verdad es que todos eran de la misma opinión. La diferencia radicaba en la posibilidad de ser oposición unidos o separados de la derecha. La mayoría estaba por ser oposición sin la derecha. Esto se debía, básicamente, que el control del Partido Demócrata Cristiano estaba hegemonizado por los sectores más proclives a llegar a acuerdos con la Unidad Popular. Eso duraría todo el resto del año 70 y parte de 1971. 

Esto tenía una explicación sencilla. Existía un amplio consenso acerca de la necesidad de resolver los problemas seculares de Chile por la vía de terminar con el capitalismo. Cuesta creerlo hoy en día, pero en la Democracia Cristiana primaba la idea del socialismo comunitario y en la juventud del mismo partido, simplemente, la idea de una revolución democrática y popular. La oposición de la Democracia Cristiana al gobierno de la Unidad Popular, en los primeros meses no hacía cuestión del proyecto socialista de la alianza de la izquierda, sino del carácter del mismo. La Democracia Cristiana cuestionaba, muy condicionado a las visiones de la época de la Guerra Fría, lo que ellos denominaban socialismo burocrático y estatista, es decir el socialismo al estilo comunista. 

En la derecha, su primer encuentro nacional le entregó la conducción a Sergio Onofre Jarpa, un político retrógrado, acérrimo enemigo de los cambios sociales y por ende de la Unidad Popular. En la práctica, este sector estaba sometidoa un aiislamiento político extremo a pesar de su poder casi omnímodo. Efectivamente, los lazos con el golpismo de las semanas anteriores a la votación del Senado eran más que evidentes. Además, su candidato Jorge Alessandri Rodríguez había renunciado, tres días antes del asesinato de René Schneider, a su posibilidad de ser electo presidente por el Parlamento, a pesar de haber obtenido la segunda votación en las elecciones del 4 de septiembre. En otras palabras, tanto la opción política como la opción militar de la derecha no constituía una alternativa valedera. 

En la izquierda, la situación se veía auspiciosa, aunque compleja. Se sabía que los enemigos del nuevo gobierno eran poderosos, y ya habían mostrado sus garras. Se conocía la decisión de gobierno de Richard Nixon de apoyar cualquier alternativa con tal de desestabilizar a la Unidad Popular. Había claridad en que haber ganado el gobierno era un paso trascendental. Las diferencias y las complejidades estaban en el diseño futuro. Para algunos, como Allende, la situación era muy clara. Había triunfado el primer eslabón de su proyecto de construir un Chile socialista a través del camino institucional: la Vía chilena al Socialismo. Mas, ¿en qué consistía esta vía? En la posibilidad de instaurar el socialismo en democracia, pluralismo y libertad, que para Allende significaba en primer lugar obtener la presidencia de la República. Luego, aplicar las medidas que en beneficio del pueblo debieran alterar, sustancialmente, la correlación de fuerzas al interior de la sociedad. Esto se debía expresar en un cambio de la composición del Parlamento para proceder a cambiar (y /o reformar) la constitución burguesa vigente desde 1925, por una de corte socialista. Esa era la esencia de la Vía chilena al Socialismo. 

Salvador Allende, formado en los vericuetos de la política tradicional chilena, sabía que nuestro país tenía una serie de particularidades que permitían apostar a esa idea. De partida, Chile tenía una constitución que posibilitaba alcanzar el Poder Ejecutivo con un tercio de la votación. Así había ocurrido con varios presidentes electos anteriores. Sin ir más lejos, en 1958 con Jorge Alessandri Rodríguez. 

Luego, el país tenía una clase obrera organizada con una larga tradición de lucha y con fuerte arraigo de partidos obreros. Existían además partidos de izquierda unidos en un mismo frente. Ningún partido de izquierda, salvo el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), de escasa incidencia de masas y nula expresión electoral, estaba fuera de la coalición de la Unidad Popular. Y si eso no bastaba, también teníamos condiciones económicas. Había una base material que permitía asegurar la acumulación de riquezas en pos del mejoramiento de las condiciones del pueblo, una vez logrado el gobierno. Y finalmente, las Fuerzas Armadas, en líneas gruesas, a diferencia de los otros países de América Latina, eran instituciones respetuosas de la Constitución y las leyes. 

Sin embargo, la opinión de Allende no era compartida por el Partido Socialista. Este contrariamente a su praxis política real tenía un alma marxista primaria, donde eran las ideas y no las condiciones materiales las que permitían cambiar el mundo. En el Partido Socialista bullían las ideas sobre la inminente revolución, el inevitable enfrentamiento con la burguesía para resolver el problema del poder. Todas ideas generales, pero desligadas, como se solía decir en aquella época parafraseando a Lenin, del “(...) análisis concreto de la realidad concreta”. 

La realidad concreta era que el Partido Socialista tenía una inserción social fuerte, con dirigentes a la cabeza de esos sectores, con una ligazón con ellos y de esas reivindicaciones con sus parlamentarios. Pero todo ello se daba en un marco que, aunque inserto en una “institucionalidad burguesa” debido al carácter del modelo de dominación, posibilitaba más la acumulación de fuerzas que postulaba Allende, que el diseño de un quiebre. La propia práctica del gobierno popular generó al interior del Partido Socialista una contradicción que nunca se resolvió del todo. Es decir, entre la viabilidad del proyecto allendista y las disquisiciones teóricas de índole estratégica existentes en el seno del Partido Socialista, sobre la insurrección para conquistar el poder. Para nosotros, jóvenes militantes socialistas, que nos guiábamos por la opinión oficial de nuestro Partido, el problema principal era que habíamos ganado sólo una parte del poder. Así por lo menos lo escuché a través de Luis Lorca, Jefe de la Brigada Universitaria Socialista, en la primera reunión realizada después del 4 de noviembre en la vieja sede de la Federación de Estudiantes de Chile (FECH). 

 

¡Sacar a 100, el Programa de la Unidad Popular... sacar a 100! 

El triunfo de Salvador Allende y su proclamación presidencial provocó una verdadera euforia no sólo en la izquierda, sino en amplios sectores de la ciudadanía. El programa de las 40 medidas se vendía y se voceaba en las principales calles y avenidas de la ciudad. Es cierto que, dado el nivel de enfrentamiento mundial entre las fuerzas del socialismo y del capitalismo (la llamada Guerra Fría), y como una consecuencia de la campaña del terror emprendida por la derecha y en menor medida por la Democracia Cristiana, alguno sectores adinerados optaron por irse rápidamente del país. Sin embargo, la mayoría de la derecha optó por quedarse. El propio Orlando Sáez dirigente de la Sociedad de Fomento Fabril (SOFOFA), ligada a los grandes empresarios, decidió en la primera reunión de la mesa del conglomerado después del triunfo de Allende, mandar un junior a comprar el Programa de la Unidad Popular. Tenían que saber a qué se enfrentarían. 

La primera medición de fuerzas, en el nuevo cuadro político generado por el triunfo de la Unidad Popular, ocurrió cinco meses después y fueron las elecciones municipales de marzo de 1971. En ella, la Unidad Popular logró el 50.08 por ciento, la Democracia Cristiana un 27.0 y la derecha 18.0 por ciento de los sufragios. La respuesta de la ciudadanía era clara. 

A partir de ese momento, el debate al interior de la izquierda será cómo avanzar. Se aprueba implementar rápidamente el Programa de Gobierno. Pero no todos están de acuerdo, una tesis alternativa recorre los distintos segmentos políticos. Y es ¿por qué no aprovechar este avance y convocar a un plebiscito para sancionar una Nueva Constitución? Sin embargo, se opta por desechar esta idea por el exiguo margen de ventaja electoral. La conclusión es que si se pierde se entrega la iniciativa a los partidos opositores. 

En marzo de 1974, al año siguiente del Golpe de Estado, el núcleo de la Comisión Política que dirige Exequiel Ponce estima, auto críticamente, que se debió haber aprovechado esa coyuntura para efectuar el plebiscito (1). Entonces, ¿qué fue lo que sucedió? ¿Faltó audacia? ¿Acaso el Partido Socialista era refractario al proyecto de la Vía chilena al Socialismo? ¿En esa coyuntura, habría el Partido aceptado jugarse todo a una carta electoral? Es difícil de creer. Lo más probable es que el Partido Socialista no hubiese apoyado tal propuesta plebiscitaria. 

En efecto, entre junio y julio de 1971 la Comisión Política del Partido Socialista declara que debía proponerse una reforma constitucional donde se estableciera una Asamblea del Pueblo(2), pero deja esto como resorte de la “movilización popular”, y no necesariamente, de una disputa plebiscitaria. 

Hernán del Canto (3) cuenta que, en la Comisión Política, este tema jamás se constituyó en una idea de mayoría: 

“( ...) Hubo algunas voces aisladas que plantearon el tema, entre ellas la de Gustavo Ruz. Pero, la inmensa mayoría rechazó la idea. (¿Por qué?, le pregunto) Básicamente, porque era muy arriesgado”. 

En noviembre de 1971 (4), la Junta Nacional de la Democracia Cristiana rechaza hacer un plebiscito con el fin de disolver el Congreso y convocar a una Asamblea del Pueblo. Ahora es Allende quien estudia la posibilidad de enviar un proyecto de ley sobre la materia. La Democracia Cristiana lo rechaza por razones doctrinarias, postula que será el mismo esquema fracasado de las democracias populares de Europa. Sin embargo, declara que: 

“(...) Si el gobierno convoca al plebiscito y gana, ellos acatarán la decisión de las urnas. Pero, si el gobierno pierde, Allende deberá renunciar a su cargo de presidente”. 

Un dato paradojal. El MIR que había sido un tenaz opositor, desde la izquierda, a la tesis de la vía chilena al socialismo, establece un criterio similar. Años después Pascal Allende, ex secretario general del MIR (5), señala que se debió haber convocado a un plebiscito. ¿Autocrítica tardía de un sobreviviente del MIR? 

Volvamos a la Unidad Popular. El año 1971 fue el mejor año del gobierno de la Unidad Popular. Creció el Producto Interno Bruto en cerca de un ocho por ciento; disminuyó la cesantía al tres por ciento (a la mitad de la tendencia histórica). Se comenzaron a aplicar las medidas del Programa de la Unidad Popular. Se repartió el medio litro de leche a todos los niños, se nacionalizó el cobre y demás riquezas básicas de Chile. Entraron al Area de Propiedad Social más de ochenta empresas privadas. La mayoría de la banca vendió sus acciones a la CORFO. Y cerca de cinco millones de hectáreas de tierra fueron expropiadas, pasando a formar parte de distintas formas de la propiedad colectiva del agro. En el plano internacional, se establecieron relaciones diplomáticas con todos los países del área socialista. 

Mas, los problemas se encontraban en el plano político interno. El absurdo asesinato de Pérez Zujovic, ex ministro del Interior del gobierno de Eduardo Frei Montalva, a manos de un comando de ultraizquierda, un grupúsculo denominado la Vanguardia Organizada del Pueblo (VOP) enrarece el clima político. Las ya difíciles relaciones de la Unidad Popular con la Democracia Cristiana se deterioraron de una manera irreversible. De esa forma, el núcleo más derechista de este partido, liderado por el ex presidente Frei Montalva, ganó la conducción de ese partido y la balanza se fue inclinando hacia un solo lado. 

En 1972 aparecieron los primeros nubarrones. La situación económica se deterioró. El importante aumento del consumo interno, producto de los reajustes salariales (entre 1970 y 1972 los salarios fueron reajustados en más del doscientos por ciento), no tuvo una respuesta en la capacidad productiva del país. Hizo su aparición el mercado negro y la inflación. La estrategia de la oposición apuntó a ganarse a los sectores sociales con menor conciencia y que fueron perjudicados por la crisis económica. El primer enfrentamiento civil serio se produjo en octubre de 1972. El paro decretado por el gremio de los camioneros, al que luego se sumaron los colegios profesionales y los partidos de la oposición. Duró cerca de un mes. Los estudiantes universitarios, mayoritariamente adscritos a la Unidad Popular, nos transformamos en trabajadores voluntarios permanentes. 

La incorporación de las Fuerzas Armadas, a través de sus comandantes en jefe a los ministerios del interior y otros, resolvió transitoriamente el conflicto. La oposición entendió que no podía seguir la lucha en contra del gobierno al cual, en los hechos, las Fuerzas Armadas apoyaban institucionalmente. Pero por otro lado, la dinámica de la lucha social había introducido a éstas de lleno a la contingencia política. 

La oposición lo entendió así y se dispuso a dar la pelea por la hegemonía en su interior. Contaba con ventajas comparativas valiosas. Por ejemplo, un discurso ultra nacionalista, el apoyo incondicional norteamericano a las FFAA, además de un acendrado anticomunismo, sobre todo en los altos mandos de las instituciones castrenses. Aspectos sobre los cuales ya existía una larga historia (6). 

El próximo enfrentamiento sería en marzo del año siguiente y se daría en el terreno electoral. Mas, el factor militar no volvería a desaparecer del escenario político chileno. Se mantendría presente durante el año 1972 y 1973. Después del Golpe de Estado esta presencia se hará unilateral por más de 17 años, y solapada en la mayor parte de la década de los noventa. 

La destrucción de la República, desarrollada en los marcos de la Constitución del 25, arrastraría consigo a la democracia representativa más allá del siglo XX. Esto no se sabía y mucho menos se intuía entre aquellos que asumieron, posteriormente, la tarea de reconstruir el Partido Socialista después del Golpe de Estado. 

(1) Documento de Marzo de 1974 del Comité Central del PS. 

(2) Luis Corvalán Márquez. Los partidos políticos y el 11 de septiembre. Editorial CESOC Resoluciones del Comité Central del Partido Socialista. 

(3) Diálogo con Hernán del Canto. Año 2001. Ex miembro del Comité Central, ex ministro de Allende. 

(4) Luis Corvalán Márquez. Los partidos políticos y el golpe del 11 de septiembre. Resoluciones del Consejo Nacional de la Democracia Cristiana. Editorial CESOC. Chile Septiembre 2000. 

(5) Entrevista en Punto Final, octubre de 2000. 

(6) Entre 1958 y 1965, Chile se ubicó en el grupo de países con mayor apoyo de EEUU en gastos de defensa en América Latina. Cerca del 9 por ciento de su presupuesto en defensa era entregado por EEUU. Alain Joxe. Las Fuerzas Armadas en el sistema político de Chile. Editorial Universitaria. Chile 1970. 

 

IV. EL DÍA DESPUÉS. LA SOBREVIVENCIA

 

LAS 24 HORAS DESPUÉS DEL GOLPE, cuando el enfrentamiento principal, el bastión central de la legalidad y la legitimidad del sistema político en Chile: La Moneda, ha caído; cuando el cadáver del presidente Salvador Allende ha sido retirado; cuando aún el humo y las llamas envuelven en silencio al pabellón patrio, arrasado por quienes luego se autoerigirían en mesiánicos depositarios de la patria; cuando todos los demás enfrentamientos secundarios han cesado; cuando los defensores de La Moneda (los menos) han logrado escapar de las balas de los insubordinados; cuando el toque de queda cubre las calles de todas las ciudades del país; cuando las escasas fuerzas combatientes de la guerra de un día asumían la derrota; cuando los primeros lugares de detención: el Estadio Nacional y el Estadio Chile (más tarde, se sumarán la Isla Dawson, Chacabuco, Pisagua, la isla Quiriquina, Tejas Verdes, Ritoque, Cuatro y Tres Alamos, Villa Grimaldi, Colonia Dignidad, Londres 38, José Domingo Cañas; los cuarteles Borgoño, Bilbao, Venecia, Belgrano; el Cuartel Silva Palma de Valparaíso, la Venda Sexy; las casas de Marcoleta N°90, de Lagunillas, de Sevilla, del Quisco; las cabañas de Rocas de Santo Domingo; el Hospital Militar de Santiago; el Buque Escuela Esmeralda, el transporte naval Lebu; Melinka, la Academia de Guerra de la Armada, la Academia de Guerra Aérea, el Regimiento de Artillería Antiaérea de Colina, etc.), se encuentran llenos de “prisioneros de guerra”; cuando los instigadores y ejecutores del golpe de Estado comienzan a saborear su victoria, en ese momento surgen los primeros atisbos de la resistencia. Esta no nace para organizar la vuelta de mano, la guerra civil, ni responder al falso Plan Zeta, sino para organizar el repliegue del pueblo y de los escasos grupos armados del movimiento popular que aún mantenían una mínima capacidad operativa. 

En otras palabras, para sobrevivir. Sí, para sobrevivir, ya que la lucha será larga. Y será larga contra el vaticinio de la mayoría, tanto en el campo de los vencidos como en el de los vencedores. Algunos años después del golpe de Estado, en el invierno europeo de 1981 para ser más preciso, me reuní con Clodomiro Almeyda en la República Democrática Alemana. Almeyda, ex canciller de Allende, tenía la costumbre de explicar sus puntos de vista caminando, rememorando quizás sus años...de profesor universitario. Pero en ese momento permaneció sentado, con una voz un poco más ronca que de costumbre (tal vez un preanuncio del cáncer a la laringe que posteriormente le afligiría), me relató lo siguiente: 

“(...) Creíamos y creí que el golpe sería algo transitorio. Según mis conocimientos de la realidad chilena esta situación duraría a lo sumo un par de años y luego volveríamos a la normalidad democrática. Esto me lo confirmó la deferencia de un oficial de alta graduación que me recibió en una oficina de la Escuela Militar de Santiago, lugar hasta donde yo había sido trasladado en calidad de detenido. Estuve un rato sólo y luego entró otro oficial que me hizo variar de opinión: de una feroz bofetada en pleno rostro me hizo pararme del asiento al tiempo que me espetaba un: «así que vos soy uno de los conchesumadres mandamases del gobierno». Ahí tuve la certeza que la cosa no sería corta”. 

En esta misma idea, en 1998, en una extensa entrevista en el diario El Siglo, Luis Corvalán Lepe (1) ex secretario general del Partido Comunista de Chile, señalaba al respecto: 

“ ( ...) Yo creo que hubo mucha gente de nuestro Partido que pensó que esto no duraría 17 años, porque Chile no... porque la clase obrera... un poco por esa mentalidad”.

Volodia Teitelboim, integrante de la Comisión Política del PC en aquella época, reafirma similares criterios en la misma entrevista: 

“ (...) Yo creo que eso es verdad y que la mayoría pensábamos que esto nunca iba a durar todos esos años”. 

Por su parte, Miguel Enríquez, secretario general del MIR, a las pocas semanas del golpe, entrega su opinión al respecto. Y responde rotundamente a la pregunta sobre la perspectiva del nuevo régimen: 

“ ( ...) No será duradera. (Y argumenta por qué) Chile no tiene una burguesía industrial pujante y expansionista como la alemana de las décadas pasadas, ni el potencial económico del Brasil(...), la crisis ínterburguesa norteamericana y latinoamericana es cada vez mayor, el movimiento de masas va en ascenso en América Latina y aún es poderoso en Chile(...), la dictadura fascista irá tomando medidas más represivas(...) a la vez se irá fortaleciendo la resistencia popular a la dictadura entre los trabajadores, lo que terminará —concluye Miguel Enríquez— por derrumbar la dictadura”. (2) 

Pero, no sólo en los partidos de la derrotada Unidad Popular y en el MIR primó ese criterio, en la misma Democracia Cristiana que, mayoritariamente, apoyó el golpe de Estado se dieron situaciones, que vistas a la distancia parecen dignas de un sainete. Volodia Teitelboim relata en el mismo diario El Siglo, la anécdota de un periodista italiano que estaba indignado contra Gabriel Valdés, ex canciller del gobierno de Eduardo Frei Montalva, porque éste decide regresar apresuradamente el mismo día del golpe desde Nueva York a Lima, a esperar un avión de la Fuerza Aérea de Chile: 

“(...) Para viajar al país e integrarse al nuevo gobierno”. 

Se pecó de ingenuidad, la lucha sería larga y se requeriría organización y una dirección política unitaria. Algo que había escaseado a fines del gobierno de Salvador Allende. Esa idea es la que comienza a mover a los militantes supervivientes de la tragedia. Sí, el golpe de Estado ha sido brutal. Mas existe la decisión de continuar, ese esquema básico es el que nos permite enfrentar las nuevas y difíciles tareas de ese período. Se produce así una extraña sintonía entre este pensamiento y las últimas palabras que le ha trasmitido Salvador Allende a su hija Beatriz (Taty) antes de que ésta abandone La Moneda en contra de su voluntad, junto a otras mujeres, entre ellas su propia hermana, minutos antes del bombardeo: 

“(...) Me planteó que lo importante era la conducción política futura. Asegurar una dirección unitaria de todas las fuerzas revolucionarias, que los trabajadores iban a necesitar una conducción política unitaria. Que por eso él no deseaba allí sacrificios estériles e inútiles; que había que esforzarse por lograr esa dirección política unitaria que encabezara la resistencia que comenzaba ese día”(3). E

ncabezar la resistencia fue la última orden impartida por Salvador Allende al pueblo de Chile. Sin conocerla, el Partido Socialista y los demás partidos de la Unidad Popular y el MIR, la asumen sin vacilar. 

 

En el campo de los vencedores (Septiembre 1973) 

Los asaltantes del poder tienen muchas tareas entre manos. Son novatos en el manejo del aparato del Estado, pero cuentan con el apoyo incondicional de la burguesía industrial y financiera, de Estados Unidos y de la Corte Suprema de Justicia de Chile. Además, el Parlamento (Cámara de Diputados y Senadores), que fuera disuelto oficialmente el 24 de septiembre estaba constituido, en su mayoría, por las fuerzas políticas que apoyaron el golpe. Semanas antes del 11 de septiembre, la Cámara de Diputados había resuelto que el gobierno de Allende era ilegal. De modo que ahora cuentan con un marco “jurídico” y una correlación de fuerzas aplastante a su favor. 

Los días posteriores al golpe, las fuerzas militares continúan con la iniciativa, lo primero que hacen es golpear a su enemigo, la Unidad Popular. Impedir que se rearticulen y eliminar a los prisioneros peligrosos, entre ellos a los miembros del GAP sobrevivientes y a los máximos dirigentes de las direcciones de los partidos de izquierda. Y perseguir encarnizadamente a sus líderes más emblemáticos: entre los primeros se encuentran Carlos Altamirano Orrego, secretario general del Partido Socialista; Luis Corvalán Lepe, secretario general del Partido Comunista y Miguel Enríquez, dirigente máximo del MIR. 

Los prisioneros, sobrevivientes del combate de La Moneda son llevados al Regimiento Tacna y luego a Peldehue donde fueron fusilados a partir del día siguiente. Antes han debido sufrir, estoicamente, la tortura a ojos vista de otros prisioneros. Así le consta a Fernando Quiroga Capino (4), secretario político del Comité Regional Norte de Santiago del PS, detenido en el Regimiento Tacna al día siguiente del golpe y acusado erróneamente (y con mucha fortuna por lo demás) de transgredir el toque de queda:

“ ( ...) Vi como pateaban y pegaban culatazos a un indefenso Eduardo Paredes. En el suelo, amarrado con alambres sus muñecas, no profirió ningún quejido en las 24 horas en que fue torturado”. 

Junto a esta operación de exterminio, según las recetas de la CIA, se conmina, por televisión, radio y prensa escrita a los dirigentes de la Unidad Popular que aún están en libertad, a que se entreguen a las unidades militares más cercanas, que sus derechos serán respetados. Muchos lo harán voluntariamente, sobre todo en provincias. Y la mayoría serán asesinados sin juicios ni contemplación alguna. 

Pero, también los golpistas se preocupan de sus propias fuerzas. Así, los hipotéticos focos de insubordinación dentro de las ramas de las Fuerzas Armadas deberán ser controlados. Se le exige, al ex comandante en jefe del Ejército de Chile general (R) Carlos Prats González, que haga una alocución por televisión el día 13 de septiembre, rechazando los rumores que hablan de un foco constitucionalista, supuestamente dirigido por él. El ex comandante en jefe acepta. Era la condición impuesta por Augusto Pinochet para autorizar su salida hacia Argentina. 

Con posterioridad (en enero de 1974), es pasado a retiro el general Orlando Urbina, segundo en la línea de mando detrás de Pinochet, único miembro del Cuerpo de Generales que no ha tenido participación alguna en la asonada golpista. Ya lo hemos visto asistiendo a la ceremonia diaria en el regimiento de Temuco el mismo día del golpe, sin saber lo que se está produciendo en el resto del país. En todo momento la desinformación jugó a favor de los sediciosos. 

En los días siguientes al Golpe de Estado es asesinado el comandante del Regimiento de Los Andes, coronel Renato Cantuarias Grandón, primo del Ministro de Minería del Gobierno Popular, Orlando Cantuarias. Otros comandantes de regimientos, en Talca y La Serena son detenidos acusados de ser blandos en la represión. Todos ellos son torturados por sus propios camaradas de armas, acusados de traidores y, muchos de ellos, obligados al exilio luego de pasar largos meses en las cárceles del régimen. 

En la Academia de Guerra es asesinado de un balazo en el rostro, el mayor Iván Lavanderos Lataste. Su crimen fue haber firmado la orden de liberar a 41 ciudadanos uruguayos detenidos en el Estadio Nacional (que oficia de recinto carcelario) quienes son entregados al embajador de Suecia en Chile. 

En Talca es relevado de su cargo por el general Arellano Stark, el teniente coronel Efraín Jaña Girón, comandante del Regimiento de Montaña N° 16 de esa ciudad, por falta de mano dura. Efraín Jaña es trasladado a Santiago y pasa tres años detenido y luego sale al exilio. Semanas antes del golpe de Estado, numerosos oficiales han tenido una reunión con él para tantearlo. El mantiene inalterable su posición de apego a la Constitución, luego los facciosos le pasarán la cuenta(5). 

También fue relevado de sus funciones el mayor Fernando Reveco Valenzuela, del Regimiento Calama, por el mismo cargo: ser demasiado blando. Este es trasladado a Santiago, torturado y mantenido incomunicado durante seis meses. Después de su detención y traslado comienzan a funcionar los tribunales militares en Calama, ciudad donde sentencian (sin demasiadas consideraciones) a muerte a tres compatriotas. 

Mientras en la Fuerza Aérea, la Marina y Carabineros son decenas los mandos altos y medios que han sido detenidos en los días posteriores al 11 de septiembre. Los conspiradores de la Fuerza Aérea arrestan, a partir del mismo día 11 a 38 integrantes de la institución (desde generales a cabos) y luego son procesados un total de 55. Entre ellos se encuentra el general Alberto Bachelet. El cual muere meses después en la Cárcel Pública como consecuencia directa de las torturas sufridas a manos de sus propios compañeros de armas. En la Marina, un mes antes del golpe ya habían sido detenidos y salvajemente torturados cerca de setenta suboficiales y marinos que habían denunciado los preparativos de la sedición, entre ellos el marino Pedro Pablo Blaset, del crucero Almirante Latorre. 

En Rancagua, el 14 de septiembre de 1973 es asesinado, dentro de una unidad de carabineros a la cual pertenecía, el sargento segundo Juan Beroiza Carrasco, por negarse a disparar en contra de grupos de civiles desarmados. En el mes de octubre, son ajusticiados diez ex boinas negras exonerados del Ejército en 1970, por actividades políticas de izquierda: es el precio de su “traición”. Está entre ellos, quien se ha desempeñado como GAP de Allende, el socialista Mario Melo. 

 

Los primeros intentos de reconstrucción del Partido Socialista 

El saldo del golpe de Estado al interior del Partido Socialista es desbastador. Junto a Salvador Allende, presidente de Chile, y figura señera del Partido, caen en el sitio de La Moneda, y posteriormente son hechos desaparecer en el Regimientos Tacna y en la zona militar de Peldehue, Eduardo Paredes y Arsenio Poupin, ambos miembros del Comité Central. 

Lo mismo acontece con los militantes socialistas, integrantes del GAP: Jorge Osvaldo Orrego González, Juan José Montiglio Murúa, Julio Hernán Moreno Pulgar, Ramón Castro Zamorano, Carlos Cruz Zavala, Oscar Delgado, José Freire Medina, Daniel Gutiérrez Ayala, Mario Jorquera Leyton, Oscar Marambio Araya, Oscar Lagos Ríos, Antonio Aguirre Vásquez, Jaime Sotelo Ojeda, Domingo Blanco Tárres, Pedro Garcés Portigliati, Osvaldo Ramírez Barría, Julio Tapia Martínez, Oscar Valladares Caroca, Juan Vargas Contreras, Félix Vargas Fernández, Héctor Urrutia Molina, Gonzalo Jorquera Leyton, William Ramírez Barría, Osvaldo Ramos Rivera y Luis Rodríguez Riquelme. 

Junto a ellos, en el sitio de La Moneda, muere el destacado periodista socialista, director de la televisión estatal (TVN) Augusto Olivares. Igual destino que los compañeros del GAP tienen los asesores directos de Allende, el sociólogo Claudio Jimeno Grendi, socialista; el médico Jorge Klein Pipper; Jaime Barrios Meza, ex gerente general del Banco de Chile, independiente de izquierda; el doctor Ricardo Pincheira, socialista asesor del presidente Allende; el joven estudiante de economía de la Universidad de Chile, Enrique Ropert Contreras; Daniel Escobar Cruz, jefe de gabinete del Subsecretario del Interior, militante comunista; y Enrique Huerta Corvalán, Intendente de Palacio, independiente. Igual destino sufre Oscar Avilés Jofré, integrante del equipo de seguridad del ex ministro de Economía Pedro Vuscovic. A este grupo de patriotas se suman luego: Sergio Contreras Contreras, periodista socialista, jefe de relaciones públicas de la Intendencia de Santiago. 

A los pocos días, el 16 de septiembre es asesinado Arnoldo Camú, encargado militar del Partido, y al mes siguiente es ajusticiado en San Antonio, Luis Norambuena, quien al igual que Camú ostenta la calidad de miembro del Comité Central. Otros miembros del GAP son ajusticiados después del 11. José Luis Ojeda en Melipilla el 16 de septiembre; Luis Alberto Barcaza en octubre; Fidel Alfonso Bravo en San Antonio; Exequiel Contreras Carrasco en Pudahuel el 4 de octubre, y Joaquín Walker Arangua el 30 de diciembre del mismo año. 

Ya sabemos el destino de Wagner Salinas y Francisco Lara. En el campo de concentración de Pisagua (Iquique), el 29 de septiembre son asesinados tres dirigentes regionales: Marcelo Guzmán Fuentes, Nolberto Cañas Cañas y José Simón Ocaranza. En los últimos meses de lo que resta del año 1973 son asesinados en Calama, tras una burda farsa de Consejo de Guerra los socialistas Francisco Valdivia, Andrés Rojas y Luis Busch. En la misma ciudad, es fusilado el secretario regional de la Juventud Socialista, Fernando Ramírez Sánchez. 

En Cauquenes, asesinan con tiros en la nuca a cuatro jóvenes socialistas, entre ellos a Pablo Vera Torres, hijo del secretario regional del Partido Socialista y a Claudio Lavín Loyola (primo hermano del que treinta años más tarde sería el candidato de la derecha a las elecciones presidenciales del 2000). 

Ya nos hemos enterado de los asesinatos en Chillán de la familia Lagos-Ojeda. Ricardo Lagos Reyes, su mujer embarazada de seis meses, Alba Ojeda Grandón y su hijo de diecinueve años, son fusilados en su vivienda. En la misma ciudad muere producto de las torturas Reinaldo Poseck, secretario regional del Partido Socialista. 

En Santa Bárbara, provincia de Bío Bío, es arrestada y hecha desaparecer Elba Burgos Sáez secretaria comunal del Partido Socialista. En La Serena es condenado a muerte por el Consejo de Guerra, el secretario regional del Partido Socialista, Mario Ramírez Sepúlveda, destacado profesor universitario. 

En Copiapó sucede otro tanto. Es asesinado el secretario regional en la zona, Leonello Vincentti Cartagena. En la misma ciudad, es ejecutado el 18 de octubre Benito Tapia, miembro del Comité Central de la Juventud Socialista y dirigente de la Confederación de Trabajadores del Cobre. 

En Antofagasta también es fusilado el secretario regional, el abogado Mario Silva Iriarte y Jorge Cerda Albarracín miembro del secretariado regional. 

En Quillota (18 de enero de 1974), luego de permanecer detenido por cuatro meses es asesinado Manuel Hurtado Martínez, secretario regional de esa zona. Lo mismo acontece con Pablo Gac Espinoza, alcalde de Quillota y miembro del secretariado regional de esa ciudad, ejecutado el día anterior. En Marchihue es asesinado (en octubre de 1973), el secretario regional, Néstor González Lorca. 

En Temuco es fusilado Jecar Nehgme Cornejo dirigente regional de la ciudad (padre de Jecar Nehgme, dirigente del MIR asesinado el 4 de septiembre de 1989). En Victoria, 50 kilómetros al Norte de esa ciudad, es ajusticiado el dirigente del regional, Elíseo Jara Ríos. En Lago Yelcho (Chiloé) en octubre de 1973, es asesinado Nélson Llanquilef Velázquez, dirigente regional. 

A través de todo Chile ocurren fusilamientos y en la mayoría de los casos las víctimas son hechos desaparecer. Es la suerte que corren los antiguos concejales comunales, conocidos en esa época como regidores. De Laja: Rubén Campos López; Jaime Aldoney Vargas de Limache; Joel Fierro Inostroza y José Huenuman Huenuman de la comuna de Entre Lagos. 

En la capital los primeros esfuerzos de reconstrucción partidaria se originan el mismo día del golpe. La Comisión Política del Partido Socialista comienza a funcionar con Exequiel Ponce como subsecretario general, Ricardo Lagos Salinas, Carlos Lorca Tobar, Gustavo Ruz, Rolando Calderón, Víctor Zerega y Ariel Mancilla. 

Funciona además un estrecho grupo de colaboradores, algunos de ellos miembros del Comité Central, como Fidelia Herrera, Marta Melo y Alejandro Jiliberto, otros de la estructura militar y además un vasto equipo de colaboradores directos en las principales tareas de enlaces y apoyos. Entre ellos destacan las compañeras Anita Correales, Rosa Rubilar e Irma Moreno y los camaradas Patricio Quiroga y Robinson Pérez. Su tarea principal es buscar casas de seguridad, movilizar a dirigentes y organizar los asilos aprobados por la Comisión Política; y en algunos casos, dar conducción sobre los problemas concretos del momento. 

En esas circunstancias, lo más importante es salvar a los compañeros que han sido nombrados en las listas de la naciente dictadura militar y luego tomar contacto con las estructuras regulares del Partido, al tiempo que comenzar a aplicar métodos de trabajos clandestinos nuevos, métodos y estilos de trabajo inéditos para la inmensa mayoría de ellos. Eso ocurre en los niveles superiores; en los niveles intermedios, al menos en lo que respecta a Santiago, todos los comités regionales son conectados por la Comisión Política. 

En la base militante, la situación se repite casi idéntica en todos los lugares: aquellos que han esperado infructuosamente informaciones o instrucciones sobre el qué hacer, esperan uno o dos días (algunos hasta tres) antes de retirarse a sus domicilios o a casas de familiares. La frenética lucha de clases que ha dividido a la sociedad y que ha llegado hasta los núcleos familiares se toma un respiro al menos en ese ámbito. Muchas veces los padres, tíos, sobrinos o parientes más cercanos son de derecha, y son ellos quienes cobijan a sus seres queridos. 

Con el transcurso de los días, se comienza a conocer la verdadera dimensión del golpe. En todos los niveles de la izquierda, que ha sobrevivido los primeros días de la insurgencia derechista cívico militar, se vive una situación que va más allá de la tragedia (mirado a la distancia suena insólito): las transmisiones en onda corta provenientes del resto del mundo. En la noche, cuando el temprano toque de queda obliga a refugiarse en los hogares, movemos las bandas de frecuencia de onda corta de nuestros radios para escuchar con el oído pegado al parlante a Radio La Habana y Radio Moscú, las únicas fuentes de información que se disponían para saber qué estaba ocurriendo en el país. 

(1) Diario El Siglo, 8 de Octubre 1998. 

(2) Documento mimeografiado del MIR. Publicado en Miguel Enríquez: Con vista a la esperanza. Ediciones Escaparate. Chile 1998. 

(3) Discurso de Taty Allende. Plaza de la Revolución. La Habana, Cuba. 

(4) Conversaciones con Fernando Quiroga Capino. 

(5) Entrevista con el comandante Efraín Jaña. Agosto 2002.

 

V. LOS SEÑORES DE LA GUERRA Y LAS CONTRADICCIONES INTERNAS DE LA JUNTA MILITAR

 

LA COHESIÓN DEL PRIMER DÍA DEL GOLPE DE ESTADO, en circunstancias de haber previsto los facciosos cuatro días de enfrentamientos, que no se produjeron, adelantan las contradicciones al interior de los altos mandos. El tema político central, para aquellos que supuestamente abjuran de él, es el viejo y trajinado problema del poder. 

La primera iniciativa en torno al tema la asume el propio Augusto Pinochet. El acuerdo de que la presidencia de la Junta será rotativa, queda expresamente excluida de las actas constitutivas de la Junta Militar. Es el jefe del Ejército quien se hace con el poder total. Y esto ocurre inmediatamente al día siguiente del sangriento golpe de Estado. Con esto se demuestra, una vez más, que la lealtad no era un valor muy considerado al interior de las Fuerzas Armadas y de Orden. 

Reunidos en el Ministerio de Defensa, el 12 de septiembre, Pinochet rechaza la idea de la rotación en él más alto cargo cuando le plantea a Andrés Rillón, quien oficia de amanuense de ese primer encuentro: 

“(...) Cuando más, esto debe ser un acuerdo de caballeros (sic)”. (1) 

Augusto Pinochet, a pesar de haber sido el penúltimo en adherirse al Golpe de Estado (César Mendoza sólo firma su apoyo una vez que lo hace el comandante en jefe del Ejército), sabe el peso fundamental que tiene el Ejército y se juega el todo por el todo. Esta actitud marcará la impronta de la dictadura en los años siguientes y exacerbará las contradicciones con la Fuerza Aérea y con Gustavo Leigh en particular. El día 18 de septiembre, una semana después del golpe, se oficia un Te Deum en la iglesia de la Gratitud Nacional. Las Fuerzas Armadas y de Orden rechazan hacerlo en la catedral alegando razones de seguridad. Al mencionado evento asisten los ex presidentes de la República, Jorge Alessandri R. y Eduardo Frei Montalva (a la sazón presidente del Senado, el cual había sido disuelto el 24 de septiembre), y por supuesto la Corte Suprema de Justicia en pleno. 

El presidente de la Corte Suprema, Enrique Urrutia Manzano, recibe a los integrantes de la Junta Militar el día 12 de septiembre para dar su aprobación y reconocimiento al golpe de Estado. Días después, lo hará el pleno del máximo tribunal. Meses más tarde, en un hecho sin precedentes legales y mucho menos históricos el propio Urrutia Manzano le impone la banda presidencial a Pinochet, con oportunidad de la promulgación del Decreto Ley N° 527 sobre el Estatuto de la Junta (de acuerdo a la Constitución de 1925 le correspondía asumir al presidente del Senado, en este caso a Eduardo Frei Montalva). 

En 1974, Pinochet se consolida como Jefe de Estado y, aún cuando ya existe una comisión que está abocada a revisar la Constitución de 1925 para futuras reformas, también y, en un lenguaje inequívoco, se comienza a plantear que no hay fechas sino metas para referirse a que se está muy lejos de entregar el poder. 

Los esfuerzos de la Democracia Cristiana, en particular de Eduardo Frei Montalva y Patricio Aylwin por revertir esa situación han fracasado. En junio de 1974, el general Oscar Bonilla, reconocidamente cercano a la Democracia Cristiana, el mismo que en 1973 ha respaldado ante el alto mando la propuesta de este partido de exigirle a Allende un gabinete militar, corta las relaciones con Aylwin. Por otra parte, esta situación coincide con la llegada al área económica de un grupo de tecnócratas conocidos como los Chicago Boys. 

Al año siguiente, en abril de 1975, luego de que el Instituto Nacional de Estadísticas ha develado el IPC de marzo que alcanza la astronómica cifra del 21,5, Jorge Cauas militante del Partido Demócrata Cristiano, a la cabeza del equipo económico, es nombrado Ministro de Coordinación Económica. 

Los asesores económicos de la Junta Militar han concluido que se precisa un cambio profundo en el modelo de acumulación capitalista. La tarea inmediata es revertir la socialización aplicada por la Unidad Popular e imponer, dictatorialmente, un modelo económico distinto que más adelante se conocerá como modelo neoliberal de la economía. La alianza político-social que derroca al Gobierno Popular, con predominio de las diferentes capas de la burguesía criolla, cede (sin ninguna reserva) la conducción de la economía a los sectores monopólicos y financieros ligados al capital foráneo. 

En el plano político, la dictadura militar ha resuelto en lo esencial el problema del poder. Mas, el último capítulo de esta tragicomedia se escribirá tres años más tarde con la expulsión de Gustavo Leigh de la Junta Militar. 

Las Fuerzas Armadas han tomado una opción estratégica. Pero este proceso sería lento, tal cual lo había previsto el Documento de Marzo de la Comisión Política del Partido Socialista (2). Para todo ello, se precisaba cortar de raíz cualquier movimiento subversivo. Se trataba de impedir la reconstrucción de la Unidad Popular y liquidar, por tanto las estructuras superiores de los principales partidos: el Partido Socialista y el Partido Comunista. 

La utilización del término liquidar no es un eufemismo. La idea no es desarticular y/o desorganizar, sino lisa y llanamente asesinar... eliminar físicamente las direcciones políticas, a las cabezas pensantes de la izquierda chilena, a sus núcleos de ayudistas. Y sin importar que éstas fueran mujeres embarazadas, jóvenes menores de edad o ancianos indefensos, no tenía mayor importancia. Esto significaba que el núcleo duro del Ejército había cerrado ya el cerco de la represión. Y Augusto Pinochet asumía todos los poderes como jefe de un Estado en el que no valían los recursos judiciales y menos los democráticos. 

El marco teórico que le daba sentido a este contexto, se encontraba en los principios básicos de la Doctrina de la Seguridad Nacional, que los Estados Unidos había impulsado (e impuesto) a través de las diversas escuelas de instrucción (Panamá) de los oficiales de los ejércitos de América Latina. Esto es historia conocida, pero muchas veces olvidada. 

Por estos días, leo en la sección “Artes y Letras” de El Mercurio(3) un artículo del intelectual y dentista político Oscar Godoy, quien critica los asesinatos masivos ocurridos en Nueva York y Washington, por parte de los comandos integristas islámicos suicidas: 

“ ( ...) La Jihad, aunque santa, es bien una guerra. Pero su versión más benigna nos dice que en ella está prohibida la muerte de las mujeres, los niños, los ancianos y los soldados desarmados. Pero la versión fundamentalista de esta guerra se inscribe en el uso de la violencia sin límites. La entidad de este tipo de violencia, que desborda la forma delictiva del mero terrorismo, es nueva”. 

Es evidente que este comentarista se equivoca. Lo que afirma no es cierto. Esta forma de violencia no es nueva. Por ejemplo, Oscar Godoy se olvida del Holocausto Judío y la guerra sucia desatada por los ejércitos de América Latina en contra de sus respectivos pueblos. Este estudioso no recuerda los bombardeos con napalm en Vietnam, los asesinatos masivos de civiles kurdos con gas sarín perpetrado por el régimen de Sadam Hussein, las acciones terroristas impulsadas por el gobierno israelí contra la población palestina, sólo por nombrar algunos de los hechos más importante que han conmovido a la opinión pública internacional en estos últimos años. No, esta forma de violencia no es nueva. 

 

Regresemos a nuestra historia 

En 1974, las cosas en materia represiva y política no estaban muy claras para la dictadura militar. Las contradicciones internas dentro de la Junta aún no se resuelven. El núcleo de oposición interna a Pinochet lo continúa encabezando la Fuerza Aérea a través del general Gustavo Leigh, miembro de la Junta Militar. Por su parte, José Toribio Merino mantiene una posición distante del conflicto y César Mendoza, el más rastrero de todos los generales y almirantes involucrados en esta felonía, no emite opinión pero se oculta detrás de Pinochet. 

Pero en 1975, el panorama interno se va aclarando. Los sectores nacionalistas, con ideas filo fascistas de carácter corporativistas, entre ellos el sector de la Fuerza Aérea encabezado por Gustavo Leigh y Nicanor Díaz Estrada, estaban aislados. Manuel Contreras, a cargo de la DINA desplaza a todos los demás servicios de inteligencia de las otras ramas de las Fuerzas Armadas, en particular el que monta la FACH con el coronel Ceballos Jons. 

Los informes de la CIA (4) de esa época definen a Leigh como un hombre ambicioso, un tipo con dobleces como la mayoría de los integrantes del cuerpo de generales, quienes han sabido jugar el doble rol: los días previos al Golpe de Estado eran celosos defensores de la Constitución y la democracia, pero a partir del 11 de septiembre se muestran tal como son: unos golpistas ambiciosos y oportunistas. 

En 1978, las contradicciones internas al interior de la Junta Militar llegan a su clímax. Gustavo Leigh se ha opuesto al plebiscito convocado para el mes de enero de ese año. Fracasa en su intento de impedir esta consulta amañada. No lo hace por sus ideales democráticos. Por supuesto que no. Sus relaciones con Augusto Pinochet son críticas. Se discute a grito pelado. Se acusan mutuamente de ambiciosos. Pero, en esa pelea interna Leigh va quedando aislado al interior de la Junta. El almirante Merino ya no le acompaña. En este marco, se comienzan hacer públicas en Washington (D.C.), las primeras investigaciones por el asesinato de Orlando Letelier del Solar. 

Esta es una cuestión importante. Porque contra toda la campaña de propaganda orquestada por la dictadura y sus medios de comunicación la verdad comienza abrirse camino. Ha sido la DINA al mando de Manuel Contreras quien ha planificado y ejecutado por orden de su superior inmediato: Augusto Pinochet, asesinato de Orlando Letelier en las calles de la capital de los Estados Unidos, y no es cosa menor. Los oficiales del FBI que investigarán posteriormente el asesinato, no tienen ninguna duda de su responsabilidad, pero carecen de pruebas. 

Es el comienzo. Luego se deberá esperar casi quince años para que se haga justicia. En ese escenario, Gustavo Leigh encuentra en el asesinato de Letelier una buena razón para deslindar responsabilidades con Augusto Pinochet, quien oficia de jefe y único superior jerárquico de Manuel Contreras. Entonces decide hacer su movida y concede una entrevista al periódico italiano 11 Corriere Della Sera, donde defiende la inocencia de la Junta Militar frente a los hechos acaecidos en Washington. Pero al mismo tiempo, declara que si se demostrara algún grado de vinculación por parte del gobierno con ese asesinato, él revisaría su permanencia en la Junta. 

Esa fue la gota que derramó el vaso de la paciencia de Augusto Pinochet Ugarte. Este se decide a tomar cartas en el asunto sobre la permanencia de Gustavo Leigh en el gobierno. Chile que es un país donde el espíritu de la legalidad tiene antecedentes que nacen con la conquista española y con el carácter de la dominación oligárquica desde su independencia, esto amerita que Pinochet Ugarte hurguetee en el resquicio de sus propios decretos leyes la “legalidad necesaria” para la exoneración de esa verdadera pulga en la oreja que es el comandante en jefe de la Fuerza Aérea. 

La ministra de Justicia Mónica Madariaga le da la solución: los tres miembros de la Junta deberán declarar a Leigh “incapacitado para continuar en el cargo”. 

Por supuesto, que el colmo de esta “leguleyada” se produce cuando el propio afectado es conminado por sus pares a firmar también el mencionado decreto. Ahí Gustavo Leigh tiene un arrebato de dignidad y se niega a firmar semejante estupidez: 

“ ( ...) Entonces les dije que si estaban locos, que hicieran lo que quisieran, porque yo no iba a renunciar y si ellos querían salirse de la ley, allá ellos” .(5) 

Por supuesto que el Ejército no puede confiar sólo en las firmas de sus pares en la Junta. Así es que monta todo un operativo para impedir alguna envalentonada de última hora del comandante en jefe de la FACH. Mal que mal éste dispone de una docena de aviones que ya han probado su eficacia, y con un contingente importante de soldados. Pero Leigh siguiendo la tradición de las Fuerzas Armadas asume “la fatal” consigna de la que nos habla el general Carlos Prats en sus Memorias: 

“ (...) No se debe combatir contra compañeros de armas”. 

Esta fue una expresión acuñada por la aviación en 1932 para negarse a repeler al ejército alzado(6). 

Cuatro décadas después se mantiene esta tradición. ¿,0 se trata sólo de temor? Esta consigna no siempre ha funcionado. Gustavo Leigh sabe perfectamente bien que en la Guerra Civil de 1891, la armada golpista se enfrentó y derrotó al ejército constitucionalista. Y después de eso, el ejército fue casi reemplazado por las milicias republicanas de la oligarquía. Leigh no quiere ser el causante de la desaparición de la FACH. Pero tampoco desea correr el riesgo de ser torturado y asesinado. La acusación de “traición” ha sido esgrimida por Pinochet para justificar ante sus pares su desafección, así es que Leigh, que ha usado el mismo apelativo para aceptar la tortura a sus colegas, se limita a despedirse de sus generales, que hacen causa común con él, renunciando a reemplazarlo (excepto, el general Fernando Matthei), y se va para su casa. Pasará sin pena ni gloria, de ser uno de los jefes de la insurrección y frustrado presidente de la Junta Militar, a la tranquila y tediosa actividad de corredor de propiedades. 

(1) Ascanio Cavallo. La historia oculta del Régimen Militar. Editorial Grijalbo, Chile 1999. 

(2) Documento de Marzo del Comité Central. Marzo 1974. 50 

(3) El Mercurio, “Sección Artes y Letras”. Septiembre, 2001. 

(4) Documentos desclasificados de la CIA. Editorial LOM. Chile 2000. 

(5) Florencia Varas, “Gustavo Leigh: El general disidente”. Ediciones Aconcagua. Octubre, 1979. Chile. 

(6) Carlos Prats González. Memorias. Editorial Pehuén. Santiago, 1985 

 

 

VI. LOS HEROES OLVIDADOS

 

SAIGÓN, CAPITAL DE VIETNAM DEL SUR, 30 DE ABRIL DE 1975. Los helicópteros estadounidenses sobrevuelan a baja altura la embajada de los Estados Unidos. La transmisión por la televisión es diferida, pero estremecedora. Muchedumbres se apelotonan contra sus rejas y soldados, fuertemente armados, vigilan y reprimen a los exaltados. Todos quieren tomar una de las decenas de naves que sobrevuelan el inmueble. ¿Qué ha ocurrido? Es el final de una larga guerra. Las tropas de Vietnam de Norte y los guerrilleros del Sur han vencido al gigante. Antes, habían luchado por más de mil años contra la dominación feudal China, y en 1954 derrotado a los colonialistas franceses. Los Estados Unidos que siempre se ha arrogado misiones de gendarmes (claro, nunca tanto como ahora) se involucra con todo en el conflicto. Una guerra que lo llevará a la más ignominiosa derrota años más tarde. 

Durante más de 12 años, el conflicto había movido la solidaridad mundial y reafirmado a la izquierda en todo el orbe. Salvo en América Latina (rezan entonces nuestros diagnósticos), en el resto del planeta se fortalece la opción socialista. Esta idea es un aliciente que explica, en parte importante nuestra convicción de seguir luchando. 

Un hecho desconocido liga a esa heroica y lejana tierra con nuestra tragedia. En el mes de noviembre de 1973, dos meses después del golpe de Estado en Chile, un residente vietnamita, Que Phuong Tran Huynh, doctor en química vinculado a la dirección de la juventud socialista se apresta a cumplir una nueva misión. Deberá encontrarse con cuatro jóvenes socialistas (Mario Zamorano, Juan Arias, Juan Díaz y Juan Merino) para asilarlos en una embajada de la capital. La misión de estos nuevos combatientes de la naciente resistencia es ir a estudiar en la Unión Soviética y Alemania Democrática, serán los cuadros militantes que reemplazarán a las direcciones caídas. Que Phuong llega al contacto, pero también arriban los militares. Al día siguiente, todos serán fusilados en El Arrayán, sector pre cordillerano de Santiago. Todos sus nombres aparecerán más tarde en el Informe Verdad y Reconciliación como detenidos desaparecidos. 

En el 2002, en una cafetería del centro de la ciudad, me encuentro con Juan Samuel (1). Esa era su chapa, su verdadero nombre es Mario Aravena. Pero se ha quedado con el primer nombre. Casi nadie recuerda ya su partida bautismal. Es un sobreviviente de esa, tragedia. Evocando ese momento, me cuenta algunos detalles: 

A mi salida del Estadio Nacional, donde estuve preso por dos meses luego de pasar por el Estadio Chile y ser torturado casi diariamente, fui contactado por Ariel Mancilla. La orden fue terminante, debes formar parte de un contingente para instruirse en el exterior. No había posibilidad de discutir. Me entregó dos contactos. Uno para el día jueves siguiente con Mario Zamorano y una retoma para el lunes con un camarada apodado Felipe a quien no conocía. Afortunadamente, Mario no llegó. Eso me salvó la vida”. 

Ariel Mancilla, el contacto con Juan Samuel, formaba parte de la Comisión Política junto a Exequiel Ponce como subsecretario general del Partido, Carlos Lorca Tobar, Ricardo Lagos Salinas, Gustavo Ruz y Víctor Zerega. Sólo uno de ellos, Gustavo Ruz, sobrevivirá los largos y difíciles años de clandestinidad. 

¿Cuál era la rutina diaria de los miembros de la Comisión Política en el marco de las nuevas y dramáticas condiciones? 

Ricardo Lagos Salinas, vive cuatro meses (desde enero a mayo de ese año) en un departamento de la Villa Olímpica. Con él y con Carlos Lorca trabaja como correo, la estudiante universitaria, Michelle Peña. Ricardo es miembro de la Comisión Política electo en el Congreso de La Serena (enero de 1971). Es originario de Chillán, pero parte importante de su niñez ha vivido en Punta Arenas. Ahí descuella desde muy joven como dirigente estudiantil secundario. Después del golpe se mantiene en la capital. Su padre, alcalde de Chillán, la joven esposa de este último y su hermano menor, son asesinados sin mediar provocación en su domicilio del Sur, después de que las nuevas autoridades militares se hubieran mostrado solícitos con este alcalde socialista. 

El fascismo ha mostrado lo que es capaz de hacer. En este contexto habían razones de sobra para salir del país. Sin embargo, también sabía que tenía algunas ventajas sobre los demás miembros de la dirección, que, con autorización o sin ella salieron del país vía exilio. Y su principal ventaja era no ser un personaje público. 

Aun así, sabiendo cual sería su destino en caso de ser detenido, instruyó a su joven esposa con sus pequeños hijos a salir del país. La decisión al parecer fue de índole colectiva, ya que igual cosa ocurrió con la compañera e hija de Exequiel Ponce. Sin embargo, Ricardo Lagos es autorizado por Exequiel Ponce a irse del país. 

El mensaje es trasmitido por Anita Correales quien ha oficiado de secretaria de Arnoldo Camú hasta su asesinato y que ahora opera como activa enlace entre miembros de la Comisión Política. Anita es menuda, su tono de voz es bajo y denota una persona de fuerte carácter (2): 

“(...) lo fui a esperar a la Estación Central Caminamos hacia el centro de la ciudad doblamos por la calle Cumming. Ibamos en silencio, que solo yo me atrevía para plantearle el mandato de la dirección. El rechazó la orden. Su deber estaba en Chile. Ambos nos abrazamos llorando”. 

De ahí hacia delante, Anita se reunirá diariamente con él. Ricardo es un organizador nato. Contada a numerosos dirigentes descolgados, visita imprudentemente a miembros del Comité Central y de la Comisión Política que están asilados en distintas embajadas. El propio Adonis Sepúlveda, crítico pertinaz a la falta de debate del primer documento de análisis político (el Documento de Marzo de 1974), reconoce que fue visitado en numerosas oportunidades en su lugar de asilo político por Ricardo. 

La rutina de Ricardo Lagos es agotadora y él sabe que además es muy peligrosa. Ricardo, político experimentado y sagaz, a pesar de sus 24 años, sabe que la lucha será larga no por intuición sino por análisis político. En el Documento de Marzo se ha señalado que la contrarrevolución capitalista requiere muchos años para consolidarse y precisa una dictadura militar sanguinaria. Los hechos van corroborando esas tesis. 

En su departamento de seguridad, de la Comuna de Ñuñoa, le instruye a Mónica Hizaut (3), estudiante universitaria, todos los pasos a seguir en caso de ser detenido. Ricardo tiene muchas veces la intuición que lo tienen detectado. Un día llega tarde a su nuevo hogar, algo inusual, y le confiesa a su nueva familia que ha escapado por milagro. Ese mediodía ha llegado a un departamento céntrico, ubicado en la calle Huérfanos, citado a una reunión, aparentemente de un núcleo del Comité Central. Son cerca de las 15:00 horas, hace mucho calor en Santiago, sube al departamento en cuestión, toca varias veces el timbre. Le abre la puerta indignado un sujeto de pelo corto quien lo conmina a irse, al mismo tiempo que le pregunta sin mucha convicción qué es lo que quiere. Ricardo le muestra un sobre que aparentan ser radiografías y le pregunta por el médico de turno. El sujeto aún más indignado lo expulsa. Ricardo, a través de la puerta entreabierta, alcanza a divisar personas de espaldas contra la pared manos en alto. Se retira trémulo del lugar. 

Las radiografías son documentos que serán sometidos a debate en esa reunión. Se salva por milagro. Pero presiente la detención inminente y también su muerte. Le reitera una y otra vez a Mónica que si lo detienen, será asesinado sin consideración alguna. 

 

El peligro de sobrevivir en el Chile fascista 

Se viven dos mundos en nuestro país, como suele ocurrir en todos los países donde existe una dictadura, al menos esa fue la sensación durante muchos años. Sí, se viven dos realidades. Por un lado, los que luchan y sobreviven son una minoría. Ahí están los antiguos cuadros militantes, viejos y nuevos dirigentes, en su mayoría jóvenes que no sobre pasan los 30 años de edad. Y por otro lado, la mayoría que apoya al nuevo régimen, sea por convicción y doctrina: la derecha; sea por la vaga esperanza en un cambio benéfico a sus intereses: los sectores medios. 

No son los únicos. Están también los opositores decididos que perteneciendo a los sectores más golpeados, no luchan porque no tienen condiciones (o medios con que hacerlo). Hay algo que los une a casi todos, exceptuando a la derecha: el temor a la represión. 

Durante todo un año pertenecí al núcleo de los opositores decididos, pero sin luchar por falta de condiciones. Las falta de condiciones era la desvinculación partidaria. Esta sólo se superó a mediados del año 1974. Habiendo sorteado por distintos motivos la represión en la universidad, cursaba el quinto año de mi carrera cuando fui abordado por un antiguo militante de la juventud de la Sexta Comuna, Eduardo Reyes (el Negro Reyes), a la sazón un militante de no más de 22 años. 

De esa manera reinicié mi actividad política y comencé a trabajar vinculado a las tareas de organización partidaria a nivel nacional. En la universidad, como era lógico me alejé de toda actividad política, tampoco habían condiciones para realizar nada ligado a ella. Estas se limitaban a aplaudir, eufóricamente, los goles de Alemania Democrática en el Mundial de 1974, que se transmitia por Tv, en el auditorium de mi facultad. 

Sin embargo, por razones de compartimentación no llegué a conocer a nadie más hasta la reunión de la calle Amapolas, desarrollada en los meses agosto / septiembre de 1975, luego de la detención de la Comisión Política encabezada por Exequiel Ponce. Nuestro trabajo consistía en conectar estructuras de provincia, reunirse con ellas en Santiago, establecer formas de comunicación, recibir y entregar información. El núcleo de la Comisión Política y su entorno más cercano ciertamente pertenecían a esa minoría que luchaba en el día a día, los imprescindibles de Bertolt Brecht. Pero, aun así se dejaba un pequeño espacio a la diversión. Rosa Rubilar, una de las principales ayudistas de la Comisión Política me relata que a fines de 1973 se juntaron varios compañeros de la Comisión Política para salir a divertirse: 

“(...) Fuimos al cine Gran Palace, ubicado en plena calle Huérfanos. Llegamos separados con el previo acuerdo de sentarnos en las primeras filas y entrar y salir antes de que encendieran las luces. Yo fui acompañada con Ricardo Lagos. Octavio Boettinger y Víctor Zerega llegaron juntos. Al terminar la función cada uno partió con rumbos diferentes. Ese día se estrenaba la película Cabaret, con la actuación de Liza Minnelli”. (4) 

Pero, el tiempo para las entretenciones era mínimo. Y la represión no descansaba. En marzo de 1974 es detenida una parte del equipo de Comisión Política donde trabajaban Gustavo Ruz y Víctor Zerega. Este último escapa debido a la astucia de Gustavo y a las condiciones del departamento donde se efectuaba la reunión. Ruz gana tiempo ante el teniente coronel Edgar Ceballos Jons, jefe de inteligencia de la Fuerza Aérea, dubitativo por su trato cortés y por su leyenda difícil de descubrir (5). 

¿Es posible que el lugar de donde escapó Ricardo sea el mismo departamento convertido en ratonera donde cae Gustavo Ruz y escapa Víctor Zerega? Es probable, aun cuando Gustavo me señala que Ricardo Lagos no pudo conocer la existencia de ese departamento. 

Sin embargo, Anita Correales me confirma que Ricardo si lo conocía. Según ella, se trataba de una reunión donde tendrían que llegar Ricardo Lagos, Celsa Parrau y Luz Ame. De todas formas, ante la detención de Gustavo se toman medidas más extremas de seguridad. Dos meses después, Ricardo se traslada a otro lugar de Santiago. En junio llega al departamento de Mónica Hizaut una nueva huesped, Michelle Peña, es llevada por Ricardo Lagos. Pero en la tercera semana de junio, es detenido Víctor Zerega por la DINA, y, ocho días después de su detención es trasladado y asesinado en Valparaíso. 

Previo a ese crimen, han detenido en una casa ubicada en Lynch Norte N° 320 a su hermano Alberto y a otros dos jóvenes (6). Pero la DINA andaba a la, siga de Víctor, así es que dejan en libertad a todos y presionan a quien ha entregado la dirección, un militante de la zona Norte de apellido Paredes, para que vaya a un contacto callejero con Víctor. Como la situación de seguridad es demasiado feble, antes de ir a su encuentro Víctor se cerciora con un llamado en clave de que su hermano está bien. Este ha salido en libertad así es que al lugar donde llama le dan la clave de normalidad. Los débiles lazos de comunicación pasan la cuenta. Víctor va al contacto y es detenido. 

Una vez puesto en libertad, Alberto, sin conocer el destino de su hermano, vuelve a su casa en la cual ha sido arrestado previamente y, donde también, se funciona como casa de seguridad para efectuar reuniones de la comisión política. Pasa una hora: tocan la puerta, Alberto cree que lo ha vuelto a buscar la DINA. 

Mas no es así, de manera increíble resultan ser Ricardo Lagos Salinas y Ariel Mancilla, quienes vienen a saber por la situación de seguridad de los hermanos Zerega. Ricardo Lagos se escapa por segunda vez de una detención. La DINA ha abandonado la casa de Lynch unas horas antes, al tener a Víctor en sus manos. No sospechan que podrían haber detenido a otros dos dirigentes máximos del Partido. 

El 27 de julio de ese mismo año es detenido Joel Huaiquiñir, miembro del Comité Central de la Juventud y secretario regional Atacama Norte, tres días más tarde es arrestado Alejandro Arturo Parada, dirigente del Regional Santiago Centro de la Juventud Socialista, integrante del equipo de trabajo y apoyo de Carlos Lorca Tobar. Ambos son asesinados y hechos desaparecer. Por tanto, el cerco se sigue estrechando, la jauría del régimen anda sin aliento tras estos compatriotas. 

 

1975: la sobrevivencia y la muerte 

Pasan siete meses, en febrero de 1975 es detenida Fidelia Herrera, miembro del Comité Central. La DINA va directamente a su departamento. El arresto es producto de la delación de Luz Arce. En su libro escrito en 1992 (El Infierno), reconoce que ella entregó la ubicación del edificio y del sector donde vivía Fidelia, conocida en esa época como la Remodelación San Borja. 

En ese mismo departamento, Fidelia Herrera se ha reunido separadamente, desde el mismo año 1973 con Carlos Lorca, Ricardo y Exequiel. Ahí, entre otras cosas, debaten el Documento de Marzo. Fidelia me confirma que: 

“(...) El trabajo cotidiano era para conseguir los cada día más escasos lugares de seguridad y recursos”. (7) 

La DINA la traslada a Villa Grimaldi, donde es salvajemente torturada. Ahí también se entera que ha sido seguida en los días previos a su arresto. En un contacto con Carlos Lorca, en el barrio Independencia, éste se ha dado cuenta que ella es seguida y le comunica, mientras ambos miran los diarios de un Kiosco, que el contacto no se podrá efectuar. 

El agente de la DINA, que la ha seguido durante varios días y que está presente en el interrogatorio, es interrogado a su vez sobre este hecho. Los jerarcas de la DINA concluyen, por las características físicas que el esbirro describe, que se trata de Carlos Lorca y que éste los ha vuelto a burlar. Ahí mismo, proceden a castigarlo duramente. Pero, el interrogatorio y la tortura de Fidelia no se detiene. 

Años más tarde, Fidelia me relata que, en ese momento, la DINA poseía el organigrama casi completo de la organización superior del Partido Socialista. Cuestión lógica si nos atenemos a la circunstancia de que éste era el principal partido de gobierno. Algo la salva de la muerte. A su lado, participando en el interrogatorio encuentra Luz Arce, ayudista de uno de los núcleos de la Comisión Política, quien mantuvo además contactos con el MIR, después del Golpe de Estado y que, desde una fecha indeterminada oficia de colaboradora de la dictadura. 

Como Fidelia se niega a cooperar, el torturador (que después reconocería como el Capitán Germán Barriga Muñoz, alias “Capitán Silvio”) le retira la venda para que vea de cuerpo presente a Gloria, nombre político como ella conoce a Luz Arce. La solución está a la mano, Fidelia le espeta al torturador que la colaboradora sabe más que ella. Después de casi 26 años de su detención, Fidelia recuerda el organigrama que le muestran. En los pocos segundos que le retiran la venda puede observar que están todos los miembros del Comité Central electo en La Serena, en su mayoría con fotografías recortadas de periódicos de la época. En un lugar destacado está Carlos Altamirano. 

Ya el núcleo de dirección conoce la suerte corrida por Fidelia. Suponemos que Carlos Lorca debe haber comunicado el seguimiento que él ha presenciado. Hay que tomar medidas urgentes. En el mes de mayo se produce una restringida reunión donde asisten Carlos Lorca, Ricardo Lagos y Anita Correales: el tema único de la tabla es analizar la seria situación de seguridad que amenaza al núcleo de la dirección máxima del Partido. La idea que ronda es que todos los sobrevivientes deben sumergirse. Esta cuestión la plantea Ricardo sin tapujos. En otras palabras, se saben rodeados y acosados por la represión, por lo tanto la idea es desconectarse, para romper los posibles seguimientos y volver a reencontrarse un tiempo después. 

En esa reunión se acuerda que Anita salga al exilio, y lo haga vía asilo en la Ernbajada de Suecia. La razón es simple: está embarazada. Ella se niega, es la menos conocida por la represión, pero finalmente Ricardo le confidencia que ella debe reconstruir esta parte de la historia y que por eso se debe salvar. Es obvio que, al menos Carlos Lorca y Ricardo Lagos, sabían con certeza lo que ocurriría, sólo desconocían la fecha y la hora. No resulta aventurado pensar que la reunión con Anita fue planificada entre ambos para evitar filtraciones en caso de futuras detenciones y que ambos decidieron sacarla del país en forma urgente. 

Al mes siguiente, Marzo de 1975, es detenido en la calle Cumming 732 de Santiago, Ariel Mancilla. La DINA ha montado una ratonera en la casa de Sara Montes (8), destacada militante socialista, a la espera de que aparezca el dirigente de la Comisión Política. Días antes Carmen Santis (hermana de César Antonio Santis, animador de TV y cercano a la dictadura), ayudista de Ariel Mancilla descubre que ha sido seguida en un viaje fortuito a Valparaíso. Ella deduce acertadamente que también tienen identificado a Ariel y se apersona en la casa de Cumming a primeras horas de la mañana para poner sobre aviso al resto de los ayudistas y al mismo Ariel. Demasiado tarde, Sara Montes, Carmen Santis y Ariel Mancilla son detenidos pasadas las 11 de la mañana. Clara Rubilar que trabaja como ayudista de Jaime López sale de la casa antes de esa hora a comprar pan. A su regreso es alertada por los vecinos de que la casa ha asido allanada. Se salva por el momento. 

Los detenidos son trasladados a Villa Gimaldi donde son torturados por los esbirros del dictador. Ariel Mancilla es reconocido un día que es trasladado al baño de la prisión, por la compañera Fidelia Herrera, detenida en ese mismo lugar: 

“(...) Se encontraba moribundo, con la cabeza vendada y un pié práclicamente deshecho, yo me retiré espantada ante esa imagen y afortunadamente el celador no se dio cuenta de que había reconocido a Ariel”. 

El año anterior, en agosto de 1974 ha sido asesinado Eduardo Exequiel Muñoz Tapia, joven de 21 años, militante de la Zona Sur, dirigente juvenil perteneciente a la estructura territorial denominada Seccional Ho Chi MM y organizador de las estructuras clandestinas de Ricardo. Era él quien había contactado a Mónica para dar protección a Ricardo Lagos Salinas. 

En los días previos a la navidad de 1974, Mónica ve por última vez a Lagos, la visita en su departamento. Michelle Peña (Gabriela) ya no está. La joven que entrega cotidianamente informes económicos a Lagos, que habla francés, que añora a su tía de la infancia y a quien le agrada que le laven el pelo con infusiones de hierbas, se ha ido definitivamente. Ricardo desea hablar con la madre de Mónica, necesita con urgencia recursos económicos para seguir sobreviviendo. La madre de Mónica le facilita los recursos y le propone volver a vivir a su casa. 

Pero, Ricardo estima que es muy riesgoso volver al mismo lugar, donde además ha vivido también la compañera que funciona como su enlace. Ese mismo día, Mónica le ha manifestado que conoce la suerte corrida por Eduardo Muñoz. Por tanto, hay menos razones para volver. Es la última vez que Mónica ve a ese joven estudioso y metódico, que guarda entre sus carpetas una foto de su compañera (Patricia Paredes) exiliada junto a sus hijos por razones de seguridad.

 

Junio de 1975. Los peores pronósticos se van cumpliendo 

Junio, finales de otoño. La crisis económica arrecia. Un escueto informe en las páginas interiores del diario La Tercera de no más de 10 líneas informa del IPC del mes anterior: un 16 por ciento (¡! ). Otra información anuncia el desempleo en Santiago: 13, 3 por ciento. No se vuelve a mencionar el desagradable tema en todo el mes de junio. Sin embargo, los titulares de todo ese mes distraen a los chilenos entre las finales de fútbol de la Unión Española en la Copa Libertadores de América, y la llegada del cantante español Julio Iglesia. Por otra parte, tres titulares mencionan la presencia de guerrilleros en el Sur del país. En las páginas interiores los intendentes regionales desmienten airadamente las noticias, pero ésta vuelve a salir como rumor de “fuentes de gobierno’. Un día son detenidos 50 extremistas en Talca, a los dos días se desmienten en páginas interiores las informaciones aparecidas en primera plana. Al otro día, los titulares denuncian la presencia de 2 mil guerrilleros socialistas, comunistas y miristas que se preparan en Tucumán, Argentina, prestos a invadir Chile. Días después, trasciende en páginas interiores un terminante desmentido de la Gendarmería del país vecino. A la semana siguiente, un Pinochet eufórico anuncia que las FFAA chilenas están preparadas para enfrentar a los guerrilleros. 

Los cines de la capital estrenan la “Naranja Mecánica” de Stanley Kubrik y el inquietante filme “El Exorcista”. En Portugal, la Revolución de los Claveles lleva más de un año. Allá se ha convocado a una Asamblea Constituyente donde el Partido Socialista, dirigido por Mario Soares, es mayoría. Para que no exista duda del carácter de la revolución un consejo militar revolucionario observa desde las alturas. Allá la revolución de los coroneles ha dado al traste con la dictadura de Oliveira Salazar. Acá, la contrarrevolución de los generales ha impuesto una dictadura de corte fascista. 

Chile, junio finales de otoño. El día 25 de ese mes es detenido Carlos Lorca Tobar y Carolina Wiff. Un día antes que ellos han sido arrestados en la calle Tiro de la Villa Japón, Ricardo Lagos y Michelle Peña. Siete meses después, Mónica recibe la visita de Ricardo Solari. Viene a buscar la carpeta que ha dejado Renato (Ricardo Lagos) en caso de ser detenido. Ahí recién Mónica se entera de la identidad de su ilustre morador y de su detención. Al revisar la carpeta descubre la foto de Patricia Paredes. Diez años después le comenta a la compañera de Lagos el episodio. Sin embargo, sólo se enterará 25 años después de la verdadera identidad de Michelle, la joven que ha cobijado y que hoy también engrosa las listas de detenidos desaparecidos. 

Carlos Lorca es médico de profesión, diputado de la República elegido en marzo de 1973, miembro del Comité Central electo en el Congreso de La Serena (enero de 1971) y secretario general de la Juventud Socialista. A diferencia de Exequiel y Ricardo Lagos, ha sido conminado a entregarse a la Junta Militar el día 12 de septiembre. Obviamente no lo hace. Carlos tiene una rutina menos agitada que Ricardo Lagos; normalmente se reúnen una vez a la semana con Exequiel Ponce en calle Maule 130, algunas veces asiste Lagos y en menor medida Ariel Mancilla. Desconocemos la dirección donde vivió Lorca esos años. Llegaba normalmente acompañado de Carolina Wiff, quien efectuaba labores de correo, con los otros miembros de la Comisión Política. Iguales responsabilidades cumplían Rosa Solíz y Sara Donoso, ambas estudiantes de enfermería de la Universidad de Chile, detenidas con posterioridad al arresto de todos los miembros de la Comisión Política, en julio de 1975, y también asesinadas y hechas desaparecer por la dictadura. 

Además de sus labores como correo de Carlos, Carolina estaba encargada de la administración de una lavandería que encubría las actividades clandestinas de la estructura y proveía de algunos recursos económicos. En la calle Maule 130, en pleno barrio céntrico de la ciudad vive una pareja, Yolanda Abarca, su marido y su hijo Luis, este último un joven de 17 años. Estudiante secundario, trabaja con Carolina entregando la ropa y haciendo trabajos de electricidad. 

Luis no sólo conoce a Carolina sino además a Exequiel y a Mireya, compañera de este último. ‘También conoce a Ariel Mancilla. Con éste visita algunos lugares aledaños a Santiago para un próximo traslado de Carlos Lorca. Este padece una enfermedad crónica (aparentemente, úlcera gástrica) y la idea de la Comisión Política es darle vacaciones por un tiempo. 

Yolanda Abarca, conocida como Yolita en la época de la clandestinidad me comenta años después que el lugar fuera de Santiago era la localidad agrícola de El Monte, donde ya había estado por unas semanas descansando Ariel Mancilla. La idea que se manejaba era que Carlos, su mujer y su pequeño hijo se fuesen por un tiempo, hasta que la situación de seguridad se calmara. Yolita me señala que ella no percibía problemas de salud en Carlos aún cuando sí le llamaba la atención su falta de aprensión por los problemas de seguridad que se enfrentaban. 

Concluyo que es muy probable que Carlos trasuntara ese estado de ánimo para no preocuparla y, el relato de Fidelia sobre los hechos ocurridos en el Kiosco de calle Independencia, me confirman esa visión. Raúl Díaz, incorporado al Comité Central en la reunión de la calle Amapolas (en 1975) y al momento de esta conversación (9), vicepresidente del Partido Socialista de Chile, me confirma la delicada situación de salud de Carlos en ese entonces: 

“(...)Junto a otros dos compañeros de la juventud en esos años 1974-75 constituíamos un núcleo de apoyo al trabajo de Carlos, del cual también formó parte Alejandro Parada. Era notorio su delicado estado de salud. No pesaba mas de 50 kilos y eso —junto al hecho de que se había rasurado su frondosa barba pelirroja— lo hacia irreconocible. Nosotros le manifestamos reiteradamente la necesidad de su salida al exilio, no sólo debido a su estado de salud, sino por que intuíamos su futura detención”. 

Efectivamente, Carlos sufría de una úlcera duodenal, así al menos quedó consignado en parte de los vanos recursos de amparo interpuestos por su padre que exigían la presencia de un médico en el lugar donde estuviese recluido. En definitiva, el traslado de Carlos no se realiza, la DINA actúa más rápido, un día martes del mes de julio allanan la vivienda de calle Maule. 

 

Santiago, calle Maule 130 

Luis, el hijo de Yolanda, regresa de su colegio. Al entrar a la vivienda, su madre le dice que hay detectives esperando a sus amigos. Hay cuatro mafiosos preparando la celada, entre ellos un sujeto siniestro, el lúmpen identificado como el “Guatón” Romo, que ha oficiado durante el gobierno de la Unidad Popular como militante de la Unión Socialista Popular (USOPO) y que días después del golpe apareció en su población vistiendo uniforme militar. Ahora pertenece a la DINA, a la Brigada Caupolicán, al grupo Halcón I (10). Estos impiden que Yolanda cambie la señal de normalidad, un banderín del club de fútbol Audaz Italiano asomado desde la ventana. La DINA lo sabe todo, menos que Luis lo sabe todo también. Pero él aparenta una ingenuidad salvadora. 

La DINA ha dicho a los moradores que ya tienen a Exequiel y a Lela (apelativo de Mireya). Luego de algunos minutos se aproximan a la casa Carlos y Carolina. En una arriesgada y valiente maniobra Yolanda abre la puerta y atrae a Carolina al tiempo que empuja fuera del marco de la puerta a Carlos cerrándola tras de sí. Pero la DINA tiene rodeada la manzana desde tempranas horas y vuelven con Lorca esposado. 

Yolanda ha creído que el embarazo de ocho meses de Carolina la salvará de ser detenida ya que supone que el verdadero objetivo es Carlos. Pero se equivoca. La dictadura la hace desaparecer y del hijo que estaba por nacer nunca más se ha sabido. Se equivocan también al suponer que no habría más coletazos de las detenciones, porque dos meses después la DINA allanará el local donde funcionaba la lavandería. 

Ese local era parte de una casa que habitaban Claudio Palma y su esposa, Ana María Bravo. Claudio Palma, militante comunista en esa fecha, a quien por esas casualidades del destino conozco desde hace más de treinta y dos años me relata esa parte de la historia (11): 

“( ...) A los pocos días de la detención de Carlos y Carolina, Yolanda, tratando seguramente de mantener una situación de aparente normalidad –a pesar de que ella personalmente ya ha hecho la denuncia en los organismos de Derechos Humanos –continúa haciendo sus labores habituales en la lavandería a la espera que yo aparezca. Llego y me informa de la tragedia”. 

El doctor Claudio Palma, hijo de Arturo Palma, coronel de Ejército en retiro, conversa con su padre y le pide que averigüe sobre su situación. Este se contacta con el general Gustavo Alvarez, jefe del Estado Mayor del Ejército. Este le asegura que no existe ninguna orden de detención en contra de su hijo. Para mayor seguridad conversa telefónicamente con el director de Investigaciones, el general (R) Ernesto Baeza. Tampoco hay nada. Aun así Claudio deja pasar dos meses y vuelve confiado a su casa. Fatal decisión. 

La DINA llega en su ausencia y su joven esposa es detenida, torturada y violada salvajemente. Como consecuencia de esa fatídica experiencia, estuvo largos años en tratamiento psiquiátrico y culminó sus días suicidándose una tarde del año 1993. Luis, quien me cuenta buena parte de estos sucesos (a fines del 2000) sólo se entera ahí del destino cruel de esa hermosa joven. 

 

Santiago, Tocornal 557 

Exequiel Ponce, otra víctima de la ofensiva represiva, es miembro del Comité Central electo en el congreso de La Serena y subsecretario general del Partido Socialista. Asume las máximas responsabilidades sin titubear. Ha tenido una activa participación en la resistencia al Golpe de Estado y se ha puesto a la cabeza de la reconstrucción del Partido. De origen obrero, ha sido dirigente de la CUT en Valparaíso y su fuerte es la organización del Partido. 

Los primeros meses después del golpe vive temporalmente en casa de Rosa Rubilar. Ahí se ha salvado ya de un allanamiento poblacional. Acostado en cama fingiéndose enfermo ha sorteado a los militares que se meten a su dormitorio. Rosa Rubilar espera en el comedor la balacera que no llega. El arma bajo la almohada se queda quieta ya que los conscriptos no lo reconocen. Pero, al año siguiente ya está en la lista de los dirigentes más buscados del país. 

La madrugada del 24 de Junio de 1975, tres vehículos de la DINA se presentan en horas del toque de queda a la calle Tocomal 557. El dueño de la pensión es conminado a que entregue a los pensionistas de la última pieza: Exequiel Ponce y Mireya Rodríguez. Esta trabaja junto a Carolina Wiff en la lavandería que sirve de fachada, y que se ubica cerca del cerro San Cristóbal. 

En su libro El sol y la bruma, Jaime Gazmuri, secretario general del Mapu Obrero Campesino, relata su encuentro oficial con Ponce (12). Un dato llama la atención: Gazmuri pasa a buscar a Exequiel cerca del cerro San Cristóbal y a la vuelta de la reunión lo deja en el mismo lugar. Eso ocurre días antes de la debacle de la Comisión Política del Partido Socialista. No cabe duda entonces que esos eran sus barrios y muy probablemente en los alrededores de esa zona se encontraba con Mireya a la salida de su trabajo. 

Los días y meses siguientes son febriles para tratar de salvar la vida de los tres dirigentes de la Comisión Política. Se presentan recursos de amparo, los cuales como era común en esa época, son reiteradamente rechazados por los tribunales de justicia de Chile. La solidaridad internacional se activa en pos de sus vidas. La presión de partidos, gobiernos e incluso de la Comisión de Derechos Humanos de la OEA exige su libertad y al régimen militar que reconozca sus detenciones. Mas todo resulta en vano. 

En junio de 2001, me llega un legajo de documentos entre los cuales se encuentran los dos recursos de amparo de la época, pero además están las declaraciones de testigos que estuvieron detenidos juntos a nuestros compañeros. Lautaro Videla Moya (hermano de Lumi Videla), denunció ante la Comisión ad hoc de Derechos Humanos de las Naciones Unidas que en la primera quincena de julio pudo ver a Carlos a través de un orificio que existía debajo la manilla de su celda y escuchar como lo torturaban en una pieza adyacente. 

Por su parte, Sergio Gajardo Gómez declaró en abril de 1982, que luego de su detención ocurrida en 9 de julio de 1975: 

“(...) Fui trasladado a las dependencias de Villa Grimaldi conocido centro de torturas de la DINA, donde llegamos aproximadamente a las 18 horas del11 de julio. En Villa Grimaldi me ubicaron en una pieza donde se encontraba un hombre con evidentes signos de haber sido torturado salvajemente. Le hablé pero no recibí contestación, vestía un terno plomo, zapatos negros y camisa blanca. El día 12 de julio aproximadamente a las 5 AM el hombre me dijo: “No tomes agua”. Y luego agregó: “Yo soy Carlos Lorca, si sales vivo de aquí di que me encuentro detenido”. El 12 de julio aproximadamente a las 18 horas fui trasladado al centro de detención de Cuatro Alarnos. Nunca más vi ni supe del paradero de Carlos Lorca”. 

En su calidad de médico Carlos sabía que después de la tortura no se puede tomar agua. Debió haber sentido entre sueños, después de la golpiza, la entrada de este nuevo prisionero a su celda y su espíritu solidario le exigió prevenir al compañero. Impactante es también la declaración de Héctor Riffo o Zamorano, ante la misma Comisión, en octubre de 1978. Este no sólo vio esposado a Carlos Lorca a una litera, sino además fue careado en el interrogatorio y la tortura con Ricardo Lagos a quien conocía y con el cual debía reunirse el día 24 de junio, de lo cual suponemos que Ricardo debió haber sido detenido ese mismo día o antes. 

A principios del año 2001, el Ejército como resultado de la Mesa de Diálogo, reconoció lo que hasta ese momento había negado: QUE ELLOS ERAN RESPONSABLES JUNTO AL RESTO DE LAS FUERZAS ARMADAS Y DE CARABINEROS DE LA DESAPARICIÓN DE CHILENOS POSTERIOR A LAS DETENCIONES Y TORTURAS. Esta verdadera confesión obligada por las circunstancias políticas y su inevitable aislamiento y descrédito (y no por otra razón) fue más allá, reconocieron en los casos específicos de estos tres dirigentes del socialismo chileno, QUE LUEGO DE ATROCES TORTURAS, FUERON LANZADOS AL MAR EN LAS COSTAS DE SAN ANTONIO. 

¿Fueron lanzados vivos, moribundos o drogados? ¿Quiénes autorizaron los vuelos? ¿Qué tipo de avión o helicóptero utilizaron? Y la pregunta fundamental: ¿QUIÉN ORDENÓ ESTAS COBARDES Y VILES EJECUCIONES? Todas estas interrogantes siguen esperando respuestas. La historia continúa inconclusa. 

(1) Relato de Mario Aravena, (Juan Samuel). Santiago año 2002, ex militante de la Juventud Socialista. 

(2) Conversaciones con Anita Correales. Ex secretaria de Arnoldo Camú. Santiago, 2001. 

(3) Diálogos con Mónica Hizaut. Ex ayudista del Partido en la clandestinidad. Santiago, 2000. 

(4) Conversación con Rosa Rubilar Ex ayudista del Partido en la clandestinidad. Santiago, 2001. 

(5) Relatos de Gustavo Ruz. Ex miembro de la Comisión Política. Santiago, 2001. 

(6) Relato de Alberto Zerega. Ex dirigente Regional del Partido Socialista en la clandestinidad. Santiago, 2001. 

(7) Conversaciones con Fidelia Herrera. Ex miembro del Comité Central. Santiago, 2001. 

(8) Diálogo con Sara Montes. Ex ayudista del Partido Socialista. Canelo de Nos, 2001. 

(9) Conversaciones con Raúl Díaz. Ex miembro Comité Central clandestino. Santiago, 2001. 

(10) Manuel Salazar. Contreras. Historia de un intocable. Editorial Grijalbo. Chile 1995. 

(11) Encuentros con Claudio Palma Bravo. Pucón y Santiago, 2001y 2002. 

(12) Jaime Gazmuri. El sol y la bruma. Ediciones B, Grupo Zeta. Chile 2000. 

 

VII. LOS GARANTES DE LA CONSTITUCIÓN

 

DECIR HOY DÍA QUE LAS FUERZAS ARMADAS Y DE ORDEN fueron históricamente respetuosas de la Constitución y las leyes resultaría a lo menos ingenuo. Sin embargo, ésta era la idea arraigada en las esferas políticas de la izquierda hasta el año 1970. 

Es probable que el hecho de que las generaciones de esa época no hubiesen vivido los acontecimientos de la década del 30, plagada de golpes y contragolpes de Estado o, que la influencia de una educación demasiado interesada en rescatar efemérides bélicas más que analizar hechos históricos, haya sido parte de los factores en esta errada percepción. Quizás las contradicciones existentes al interior de nuestra sociedad no precisaron de la puesta en escena del factor militar, o también que las Fuerzas Armadas pasaron a constituir un sector estanco de la sociedad, o que no precisaban de nuestros análisis. Para algunos intelectuales de izquierda como Tomás Moulian sería el “acentuado sentido de la disciplina” heredado de la influencia germana, un elemento para considerar la “neutralidad política de los militares” y su “sumisión a las autoridades legítimas” (1). Sea lo que fuere, lo cierto es que el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 echó por tierra esa acendrada idea. 

Se dice que los mitos nacen de la realidad. Las Fuerzas Armadas respetuosas de la Constitución es un daro ejemplo de lo que estamos diciendo. ¿Dónde estaba el limite entre uno y otro? En ninguna otra parte que en los resultados del análisis concreto de la realidad concreta como solíamos decir a fines de los años 60. Efectivamente, el Alto Mando del Ejército y de las otras ramas de las Fuerzas Armadas y de Orden en Chile era, mayoritariamente, constitucionalista en esa fecha. Pero eso no significaba que en su interior no existieran otras tendencias, o lo que es más decidor, que esa situación fuese inmodificable. 

Que las Fuerzas Armadas fuesen constitucionalistas permite explicarse el fracaso del Tacnazo del general Roberto Viaux (1969) contra del gobierno de Eduardo Frei Montalva. Así como los intentos golpistas de connotados integrantes del cuerpo de generales del Ejército, la Marina y Carabineros que buscaron impedir que Salvador Allende asumiera la presidencia después del 4 de septiembre de 1970. 

Esta es una clara comprobación de que, efectivamente, esas otras tendencias no sólo existían sino que además actuaban con inusitada audacia. Este fenómeno no sólo ocurría al interior de los altos mandos, sino también en las instancias intermedias. Esta situación se daba en medio de una enorme ingenuidad que no permitía ver lo que realmente estaba ocurriendo al interior de los cuarteles. Esta actitud tuvo su primer costo humano al interior de las propias Fuerzas Armadas. El comandante en jefe del Ejército, el general René Schneider fue asesinado por una conspiración cívico-militar de derecha, con el apoyo y financiamiento de la CIA. Esto ocurrió dos días antes de que el Congreso Nacional reunido en pleno ratificara al candidato que había obtenido la primera mayoría en las urnas, como presidente de la República. 

Entonces, un tema era que la doctrina institucional de las Fuerzas Armadas fuera el respeto a la Constitución y su acatamiento a las leyes; y otro muy diferente, su permanente deliberación interna. Es más, la deliberación no sólo comprometía al alto mando de las instituciones militares, sino que también a los niveles de mandos intermedios. Por supuesto que todo dependía del nivel de la crisis política en que se encontrara la sociedad. 

Por ejemplo, en la Armada, según todos los antecedentes históricos que se disponen, durante el gobierno de la Unidad Popular el alto mando de la institución, casi en su totalidad, era partidario de un Golpe de Estado. De hecho, como se ha dicho con anterioridad, el comandante en jefe de ese entonces, el almirante Tirado Barros había participado en una serie de intentos por impedir la asunción de Allende a la presidencia. En el año 1973 (marzo para ser más preciso), se estaba en plena etapa de planificación golpista. El marinero Pedro Pablo Blaset, del crucero ligero Almirante Latorre, uno de los detenidos y acusados de insubordinación en agosto del mismo año, nos relata lo siguiente: 

“(...) A nivel de marinos y suboficiales existía una permanente discusión sobre los intentos golpistas que venían del alto mando. Algunos suboficiales, vinculados a inteligencia de la Armada, ponían ternas políticos, que luego servirían para las detenciones previas al golpe. Otros, simplemente, amenazaban a los marinos de izquierda con masivas matanzas” (2) 

Entre el 4 de septiembre y el 4 de noviembre de 1970, existieron varias claves políticas acerca de la situación al interior de las Fuerzas Armadas que, una visión a la distancia, permite apreciar que (en su momento) sencillamente fueron desechadas como elementos de análisis. La principal clave fue la connivencia de miembros del Alto Mando del Ejército, la Marina, la Aviación y de Carabineros en los preparativos golpistas cuya punta de lanza fue el ex general Roberto Viaux Marambio. 

Como se ha dicho en otros capítulos la Vía chilena al Socialismo contemplaba la transición de un sistema capitalista a uno socialista sin destrucción del aparato de Estado, de ahí lo novedoso del proyecto. El cambio de sistema debía ser acordado por un Parlamento que modifican la Constitución de 1925 en esa dirección. Allende debió haber partido del supuesto que ese mecanismo comprometía a las Fuerzas Armadas, mayoritariamente constitucionalistas, con esa nueva Carta Magna. 

Empero, habían otros factores históricos y culturales que no fueron considerados oportunamente. El propio general y comandante en jefe del Ejército Carlos Prats González, lo señalaría más tarde en sus memorias: 

“ (...) las Fuerzas Armadas rechazarían cualquier atisbo de consolidación de un régimen marxista”. 

Para los institutos armados no existían matices entre socialistas y comunistas, todos eran marxistas. Y todos significaban lo mismo. Su doctrina era la Seguridad Nacional mezclada con una noción general de nacionalismo. Todo lo que fuera refractario a ese ideario iba a ser catalogado como “traición a la patria”. 

Antes de las elecciones del 4 de septiembre el propio general Carlos Prats había sido el encargado de redactar el “Análisis del momento político nacional desde el punto de vista militar’. Documento que sería aprobado por todas las ramas de las Fuerzas Armadas y hecho suyo por el gobierno de Eduardo Frei Montalva. Este análisis, escrito el 28 de diciembre de 1969, al mismo tiempo que se ubica en el contexto de la necesaria consolidación de la democracia representativa, puesta en riesgo por los sucesos golpistas de octubre del mismo año, insta a: 

“(...) Asegurar nuevas transformaciones políticas, económicas y sociales, aun más profundas, pero sin dar margen a la penetración del marxismo a las fuentes del poder”.(3) 

Sin embargo, el mismo Carlos Prats, comandante en jefe del Ejército desde octubre de 1970 y Ministro del Interior después del Paro de Octubre (1972), declara su más irrestricto apoyo al orden institucional. Los socialistas ven en esas declaraciones la opción de paralizar el avance al socialismo y quedarse sólo en las reformas desarrolladas hasta el momento. Julio Silva Solar, ex ministro de Justicia de Allende y militante de la Izquierda Cristiana, señala en el libro Para recuperar la memoria histórica que: 

“(...) Ese fue el momento de mayor acercamiento posible de la Unidad Popular con el sector institucional de las Fuerzas Amadas”. (4) 

En otras palabras, el máximo nivel de acuerdo para establecer la posterior defensa militar del gobierno y que se convirtiera en una efectiva fuerza disuasiva ante un golpe que ya era discutido como opción política por la derecha y amplios sectores de las Fuerzas Armadas. 

La tesis de Silva Solar es interesante. En otras palabras, las Fuerzas Armadas sólo podían ser ganadas, mayoritariamente, para una vía chilena institucional al socialismo que implicara reformas sociales, políticas y económicas avanzadas. No más que eso. Así el sector golpista, ligado a los intereses de la derecha y el imperialismo sería neutralizado. Pero, como contrapartida los sectores de las Fuerzas Armadas vinculadas a un proyecto de conquista de todo el poder en dirección al socialismo serían una ínfima minoría. De alguna forma, Carlos Prats coincide con este análisis cuando, al hacer un esbozo de la estructura social y política de las Fuerzas Armadas, señala en sus Memorias que: 

“(...) Las Fuerzas Armadas están integradas en un ochenta por ciento de su personal por una planta de tendencias política centro izquierdista, no proclives al marxismo”.(5)

 De ahí que podríamos coincidir con las palabras vertidas en sus Reflexiones críticas sobre el proceso revolucionario chileno, del entonces secretario general del Partido Socialista Carlos Altamirano, en el sentido de que: 

“(...) La más seria desviación del proceso y la que en definitiva sellará su destino, fue la mantención de un mito que parecía estar avalado por la evolución política singular de Chile: el de una Fuerza Armada políticamente prescindente, no deliberarte y sometida al poder civil. Una suerte de mítico ejército neutral”.(6) 

Sobre las simpatías políticas al interior del Ejército, el ex capitán Manuel Fernández discrepa de la opinión entregada por Carlos Prats. Para él, de suboficiales hacia abajo se reproducían los tres tercios existentes en la sociedad chilena de la época. Pero: 

“(...)A nivel de oficiales, por el contrario, la mayoría se ubicaba en el centro político con influencia demócrata cristiana, luego un importante sector de derecha y una minoría ínfima de ideas de izquierda”. 

El ex marino Blaset nos entrega la visión de su institución: 

“(...) En la Marina el personal de planta era mayoritariamente de izquierda y de suboficiales hacia arriba abiertamente de derecha”. 

La idea del ejército neutral, es decir incólume a los avatares políticos, indiferente a las crisis políticas había sido errónea y lo seguiría siendo durante el gobierno de la Unidad Popular. Sin embargo, esta idea del ejército neutral es la posible explicación de la insistencia, hasta el mismo día 8 de septiembre de 1973, de Erick Schnake y Adonis Sepúlveda a nombre de la Comisión Política del Partido que era falso que las Fuerzas Armadas estuviesen comprometidas en un golpe de Estado, aún cuando en el Pleno Nacional del día 6, había quedado meridianamente en claro que la consumación del mismo era cuestión de horas. 

¿Es posible que las palabras de estos dirigentes hayan sido una ironía para cuestionar la insistencia de Allende en convocar a un plebiscito, que algunos sectores del Partido Socialista rechazaban, incluida la mayoría de la Comisión Política? 

A esa altura de la historia (agosto / septiembre de 1973), el único sector militar con alguna duda sobre su decisión golpista era Carabineros de Chile. El cuerpo de generales del Ejército se había desembarazado de Prats, Pickering y Sepúlveda. El 29 de junio se había implementado en los hechos un plan piloto. La derecha sacaría todas las lecciones correctas de este frustrado putsch. No así la izquierda. Y los acontecimientos de ese día serían la antesala de la derrota. 

(1) Tomás Moulian. Estudio sobre Chile. Editorial Orbe. Chile 1965. 

(2) Relato del marinero Pedro Pablo Blaset. 

(3) Memorias. Carlos Prats González. Ediciones Pehuén. 

(4) Para recuperar la memoria histórica. Ediciones Chile América. Santiago, 1999. Pág. 3. 

(5) Carlos Prats González. Memorias. Pehu én Editores, Santiago 1985. 

(6) Carlos Altamirano. Reflexiones criticas sobre el proceso político chileno, en “Documento del Exilio”, 1974. 

 

VIII. EL 29 DE JUNIO DE 1973: EL DÍA DEL TANQUETAZO. lOS PROLEGÓMENOS DE UNA TRAGEDIA

 

LA CORRELACIÓN DE FUERZAS DENTRO DEL ALTO MANDO del Ejército seguía siendo aún favorable al gobierno constitucional cuando, el día 29 de junio de 1973, estalló una asonada golpista. No ocurría lo mismo al interior de la Marina y la Fuerza Aérea. 

El alzamiento del Regimiento Blindado N° 2, fracasó. No por la movilización de masas, sino por la actitud decidida de los sectores constitucionalistas del Ejército, dirigidos personalmente por el comandante en jefe Carlos Prats González, y por el voluntarismo y aislamiento de los amotinados. 

Ese día y los que siguieron estuvieron marcados por la expectación y la confusión que se apoderó de muchos de los dirigentes intermedios de la izquierda chilena. Tanto es así, que nosotros, estudiantes universitarios, llegábamos a nuestros centros de estudio preocupados y allí permanecíamos a la espera de instrucciones que nunca llegaron. No ocurrió lo mismo en las fábricas, ahí los trabajadores acataron la orden de Salvador Allende de tomarse las industrias hasta que la situación estuviese bajo control. A mediodía, y cuando la situación se había aclarado lo suficiente, estallaron las asambleas estudiantiles y en la noche se concretó una , concentración, de no más de 5 mil personas, en la Plaza de la Constitución. 

Escaso número, muy poco comparado con los cientos de miles que desfilarían algunos meses después con ocasión de la celebración del triunfo del 4 de septiembre. Fue una campanada de alerta y zozobra para muchos que sentíamos que los hechos del día 29 eran la puesta en escena de una futura tragedia. 

Las acciones de los amotinados fueron aisladas. Es cierto, pero aún así, hubo regimientos que se movilizaron en una dirección inequívocamente golpista. Por ejemplo, el regimiento de tanques de Arica sacó sus blindados a la calle y los ubicó en fila apuntando sus cañones en dirección a la Universidad de Chile, hasta que se retiraron pasado el mediodía. La explicación posterior fue que estaban a la espera de instrucciones desde Santiago (1). 

En Concepción, ciudad con tradición de izquierda revolucionaria e incluso de conflictos de algunos partidos locales (Partido Socialista, Mapu e Izquierda Cristiana) con el “reformismo” de la Unidad Popular Nacional, fue un desierto la mayor parte del día (2). 

En Temuco, el comandante de batallón, capitán Manuel Fernández nos cuenta que allí no sucedió nada. Sólo se escucharon las imprecaciones y se notó la ira de los oficiales por el fracaso del putsch, del cual ellos no habían participado. En el puerto de Talcahuano, a bordo de los barcos de guerra fondeados en la bahía, se llevaron a cabo una serie de reuniones de los mandos para tranquilizar los ánimos. No, ellos no estaban metidos en el golpe. Por ahora no. Lo cierto es que, el fracaso de la intentona putschista, abrió una coyuntura política nueva en el país. 

 

¿Cómo aprovecharla? 

En las horas siguientes, Salvador Allende presionó a la Democracia Cristiana para que sus parlamentarios aprobaran la declaración de Estado de Sitio en todo el territorio nacional, por un período de seis meses. Patricio Aylwin, presidente de ese partido aprobó la idea. Pero 24 horas después se retractó. Por su parte, el asesor presidencial Joan Garcés expuso la necesidad de articular las instituciones militares del Estado con las organizaciones obreras para imponerse sobre los insubordinados, en la idea de sacar a los altos mandos comprometidos con la intentona golpista. 

Pero, en la noche del 30 de junio, Allende le comentó: 

“(.. .) Tememos el levantamiento en las próximas horas, de los regimientos de Antofagasta, Linares, Temuco, Valdivia, Osorno y Concepción, así como de la Marina. La Aviación tiene la mayoría de los Hawker- Hunter en Concepción y está expectante”.(3) 

Estas palabras demuestran que para Allende, no estaban dadas las condiciones para pasar a una ofensiva, desarticulando sobre todo al núcleo golpista dentro del Ejército. Cabe hacer notar que Allende tenía la información del Regimiento de Temuco en manos golpistas. Esto era real, el comandante del regimiento lo era. No así el comandante del único batallón. Esto lo sabemos ahora. ¿Lo supo Prats en su oportunidad? Las memorias del general nada dicen al respecto. 

Sin embargo, a pesar de la información que Allende entrega a Joan Garcés, éste tenía una fuerte confianza en esa institución. Habían generales, como Orlando Urbina que no sólo era constitucionalista y que según algunos, equivocadamente, también simpatizante de las ideas de izquierda. En suma, Allende se encontraba en una situación en extremo compleja. Por otro lado, en la Democracia Cristiana se produce un golpe de timón. El cambio de actitud de Patricio Aylwin de rechazar la declaración del Estado de Sitio, abre paso a un escalón más avanzado en el diseño de la Democracia Cristiana de poner, constitucionalmente, término al gobierno de Salvador Allende. 

Esta intención se manifiesta en la propuesta de Eduardo Frei Montalva de que la única salida es la formación de un gabinete con mayoría de las Fuerzas Armadas no sólo en los ministerios sino también en las estructuras intermedias del Estado. Y como si eso fuera poco, se le exigía a Allende que el resto del gabinete fuesen personalidades no vinculadas directamente a los partidos de la Unidad Popular. Era una variante de la estrategia general del acortamiento institucional: el golpe blanco. Es decir, que una alianza política distinta tomara el control del gobierno. 

La intentona golpista del 29 había fracasado y ponía a la defensiva a todos los sectores involucrados, pero no los desenmascaraba. La CIAen su informe al Departamento de Estado fechado en julio de 1973 y, conocido recién en 1999, señalaba lo siguiente: 

“(...) Durante el levantamiento del 29 de junio el almirante Raúl Montero, comandante en jefe de la Armada, pidió a los generales de la Fuerza Aérea que estaban en el Ministerio de Defensa, que fueran a entrevistarse con los almirantes presentes en la capital, mientras él y el general César Ruiz, comandante en jefe de la Fuerza Aérea, iban al palacio presidencial a ver al presidente. En ese encuentro, los almirantes y los jefes de la Fuerza Aérea hablaron abiertamente sobre la necesidad de derribar al gobierno de la Unidad Popular, pero llegaron a la conclusión de que no podrían hacerse nada sin el Ejército y que el Ejército no estaba preparado en ese momento para tal acción”. (4) 

Es decir, el 29 de junio habían condiciones objetivas en la oposición conformada por el Partido Nacional y la Democracia Cristiana para impulsar el golpe. Dentro de las Fuerzas Armadas, sólo el alto mando del Ejército, un aspecto central en el diseño golpista, era la incógnita. Lo que no era poco decir. 

En suma, existía también un esbozo de dirección política única de la oposición para derribar al gobierno constitucional, a través de la variante del golpe blanco orquestado por la Democracia Cristiana, o a través de la variante roja (a sangre y fuego) impulsado por el Partido Nacional que lideraba Sergio Onofre Jarpa; y por supuesto, del grupo fascista de Patria y Libertad. Los próximos pasos de la centro derecha irían en la dirección de resolver y/o elegir una de estas dos variantes. 

Mientras tanto, en La Moneda ese 29 de junio, cerca de las 12 del día, se reúne el Consejo de Seguridad Nacional. A ella asisten, entre otros, el general Carlos Prats, el almirante Montero, el director general de Carabineros, el presidente Allende y sus ministros. Orlando Millas, miembro de la Comisión Política del Partido Comunista y Ministro de Hacienda, ha acompañado a Allende desde las primeras horas de la mañana, en un largo recorrido desde la residencia presidencial ubicada en Tomás Moro hasta la Dirección de Investigaciones y desde ahí al palacio presidencial. 

En sus memorias, Orlando Millas relata la posición del Partido Comunista: 

“ (...) El subsecretario general de nuestro partido, Víctor Díaz, me encargó proponer al presidente y al Ministro de Defensa, general Carlos Prats que aplicasen de inmediato una depuración de los mandos de las instituciones armadas que hubieren aparecido defeccionando, o sin suficiente firmeza contra la sedición, no idealizar la conducta de los comandantes en jefe, salvo Prats, porque aparecía sospechosa la actuación del jefe de la Aviación César Ruiz Danyau y de Carabineros José María Sepúlveda y en Valparaíso, se observó algo raro en la Marina, y, sobre todo no presentar el proyecto de ley de Estado de Sitio dado que era muy probable su rechazo y eso debilitaría la autoridad presidencial”. (5) 

Luis Corvalán Lepe, secretario general del Partido Comunista a quien Orlando Millas ha pasado a dejar a primeras horas de la mañana a una casa de seguridad antes de acompañar a Allende en Tomás Moro, niega en sus memorias escritas en 1997: 

“(...) Que alguna vez el Partido Comunista haya tratado e influir en Salvador Allende en un espacio –las Fuerzas Armadas – que le era de su exclusiva responsabilidad”. (6)

 La estructura militar oficial del Partido Socialista estuvo, según me señalan treinta años después miembros de esas células, a la espera de recibir en esa mañana tres mil fusiles desde los sectores constitucionalistas de la Fuerza Aérea y que, finalmente, nunca salieron de la Gran Avenida debido al control de la situación. ¿Verdad o mentira? Por ahora no hay forma de saberlo. 

A las 10 de la mañana, cuando aún no estaba nada claro sobre la crisis militar, un Altamirano aislado e indefenso en su oficina del segundo piso del Comité Central, en calle San Martín, a dos cuadras de La Moneda, sólo atinaba a ordenar a Anita Correales y a Silvano (Walter Salinas), este último miembro del GAP, que evacuaran los documentos partidarios fuera del local (7). 

Cerca de las 19:00 horas Fidelia Herrera acude a la citación de la Comisión Política en la misma calle San Martín. Se entraña de no ver un alma en el local, sube al segundo piso: 

“(...) Aún está Altamirano solo, esperando al resto de la dirección que no llega”. (8) 

Diferente es la opinión que tiene Hernán del Canto: 

“(...) La Comisión Política se reunió en otro lugar previamente acordado. Se apoyó la idea del presidente Allende de retener las empresas. Estas instrucciones fueron entregadas a través de la radio del Partido, la Corporación. Cualquiera sea el caso, lo claro es que a partir de los hechos que se fueron desarrollando posteriormente, resultaba imprescindible aplicar la autoridad presidencial que la Constitución de 1925 permitía, en tomo a producir el pase a retiro de los facciosos” . 

La presencia de Prats en la jefatura del Ejército, del general Guillermo Pickering, comandante de los Institutos Militares y del comandante de la guarnición de Santiago, general Mario Sepúlveda, eran obstáculos insalvables para los golpistas. Además, así lo consideraba el Departamento de Estado norteamericano en agosto de 1973, en su informe de inteligencia develado 27 años después. Pero también, a partir de esa coyuntura, los informes de la CIA hablan de planes de los golpistas que van desde asesinar a Prats, o pasar por sobre su autoridad. Algo absolutamente coherente con el accionar de los grupos fascistas que tres años atrás habían complotado desde el Estado Mayor del Ejército para asesinar al general René Schneider: 

“(...) La otra manera de remover a Prats, Sepúlveda y Pickering parecería ser el secuestro o el asesinato”. 

Es lo que reza, textualmente, el mismo informe (9). 

Pero Allende cometió el error de no seguir los consejos de los principales partidos. En caso de que la depuración de los facciosos hubiese adelantado el golpe, éste habría encontrado problemas mayores sin lugar a dudas de los que encontró el día 11 de septiembre, tres meses después del tanquetazo. Sin embargo, releyendo la prensa de la época, 27 años después, se puede apreciar subjetivamente el clima reinante. Se tiene la impresión de que Allende (aún en una callejón sin salida) confiaba en su gran capacidad política y en que, finalmente, los sectores golpistas fueran aún minoría en las cuatro ramas de las Fuerzas Armadas y de Orden. 

(1) Conversaciones con Mario Véliz. La Serena 2000. 

(2) Diálogos con Carlos Arriagada Mass. Concepción, 2001. 

(3) loan Garcés. Allende y la experiencia chilena. BAT Ediciones. 

(4) Archivos Secretos. Documentos desclasificados de la CIA. LOM Ediciones. Chile, 1999. 

(5) Orlando Millas, Memorias 1957-1991. Una disgresión. Editorial CESOC. Chile 1996. 

(6) Luis Corvalán. Memorias. De lo vivido y lo peleado. LOM Editores. 

(7) Diálogos con Anita Correales. Ex secretaria de Amoldo Camú. 

(8) Conversaciones con Fidelia Herrera. Ex miembro del Comité Central. 

(9) Archivos Secretos. Documentos desclasificados de la CIA. LOM Editores. Chile, 1999. 

 

IX. EL PLAN PILOTO DEL GOLPE. LOS DÍAS PREVIOS

 

SI MARZO DE 1973 ES EL MES DE LA PUGNA INSTITUCIONAL, entre el gobierno y la oposición; junio es, a pesar de su improvisación, el mes de la aplicación del plan piloto. Agosto será el mes de los preparativos finales del Golpe de Estado. 

Se dice que ni el embajador de los Estados Unidos ni el de la Unión Soviética en Chile conocían los preparativos para el golpe de Estado. Difícil saberlo y más aún difícil de aceptarlo. No por nada, después del Tanquetazo, la insurrección del Blindado N2, el golpe se esperaba día a día. Los trascendidos y rumores eran parte de la vida cotidiana, pero la información sobre los preparativos se manejaban a otros niveles. 

En Chile había un comité de civiles y militares complotando abiertamente entre los cuales hacia de cabeza el almirante José Toribio Merino. Este comité se había institucionalizado los días posteriores al 29 de junio, con la intención de diagnosticar la situación política y proponer cursos de acción al presidente Allende. Por lo menos, así lo entendía el general Carlos Prats, quien había aprobado la participación de sus generales, aún cuando para éste era evidente que a esa altura su batalla era contener los elementos facciosos al interior del alto mando institucional. 

En esta instancia participaban cinco delegados por ramas de las Fuerzas Armadas: era el llamado Comité de los 15. El más activo era Merino, segundo después del comandante en jefe Raúl Montero, pero verdadero mandamás de la Armada. Este, a su vez tenía los contactos con los conspiradores civiles, entre ellos León Vilarín, un dirigente camionero que había sido socialista en su juventud y que fue ganado para las ideas fascistas en su tercera edad. Según la opinión del general Gustavo Leigh, los generales de Ejército encabezados por Pinochet se negaban a hablar de un posible Golpe de Estado. De tal manera, que los complotados más decididos provenían de la Marina y la Fuerza Aérea (1). 

 

Una Casa Blanca no tan blanca 

En el extranjero funcionaba a su vez otro comité, con mucho más poder, el Comité de los 40 bajo la dirección de Henry Kissinger que actuaba desde septiembre de 1970, con la venia del presidente Richard Nixon y de cuantiosos recursos económicos para sus oscuras actividades: impedir la asunción de Aliente y luego derrocar al gobierno legítimamente constituido. 

Durante los tres años de gobierno de la Unidad Popular se habían paralizados los préstamos internacionales. Entre los año 1972 y 1973, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial no habían prestado ni un solo dólar a Chile (2). En cambio, la ayuda y asistencia militar a las Fuerzas Armadas continuaba sin ningún problema, incluso se había incrementado. 

El día 8 de septiembre de 1973 en Washington, el Secretario de Estado Henry Kissinger le informarla escuetamente al embajador de Estados Unidos en Chile, que en ese momento se encontraba en la capital norteamericana en búsqueda de instrucciones, lo siguiente: 

“ (...) Bien, ya está en marcha el golpe en Chile”. (3) 

Sólo en diciembre de 1973, ya consumado el Golpe de Estado, Andrei Alexandrov asesor de personal de Leónidas Brezhnev le confesó a Joan Garcés que en junio de 1973los servicios secretos de la Unión Soviética habían detectado en Panamá, base del comando militar de los Estados Unidos para América Latina, esta información: 

“(...) En Chile se produciría una sublevación armada cuando llegara a sus costas una escuadra norteamericana so pretexto de participar en los ejercicios conjuntos UNITAS”(4). 

Según Joan Garcés, la Escuadra de Estados Unidos estuvo fondeada entre junio y finales de agosto de 1973 en Panamá. Es claro, sentencia Garcés en 1995, se puede entender a posteriori la causa de ello en: 

“( ...) La resistencia que encontró la conspiración para abrirse paso en el alto mando del Ejército”. (5) 

La oficina de la CIA en Santiago de Chile bullía de actividad. Su encargado envía un documento urgente a su oficina central en EEUU. En el expresaba que un informante (de su entera confianza) le había dicho que: 

“(...) La Armada está programada para iniciar el movimiento destinado a derribar al gobierno del presidente Allende el 10 de Septiembre”.(6) 

A mediados de agosto de 1973 se realiza, según informaciones aportadas por ex miembros de la estructura militar del Partido Socialista, una reunión del Alto Mando de la Fuerza Aérea de Chile. En ella participan desde generales hasta capitanes. No asiste el general Bachelet. Ahí se debaten sin ningún obstáculo las distintas opiniones sobre el gobierno de la Unidad Popular. Allí aparecen entrecruzados generales y capitanes constitucionalistas con otros abiertamente golpistas. La discusión la ganan, por amplia mayoría, los sectores golpistas encabezados por Gustavo Leigh. Esta información es entregada por Carlos Lazo a Amoldo Camú y éste de inmediato la hace llegar al presidente de la República. Allende dice estar enterado y tener la situación bajo control. 

A los pocos días, Allende pide la renuncia al comandante de la Fuerza Aérea, César Ruiz Danyau. Lo hace por su decisión de dejar el Ministerio de Transporte y de mantenerse en el cargo de comandante en jefe. Allende no acepta la jugada y lo destituye. Nombra en su lugar a Gustavo Leigh. El general recién destituido se acuartela en los recintos de la Fuerza Aérea y se niega a dejar el cargo. Pero el nuevo comandante en jefe controla la situación. Este sabe que la maniobra de Ruiz Danyau es una estupidez y que además pone en peligro el proyecto golpista que ya está en marcha. Así se lo hace ver a sus generales que quieren solidarizar con su comandante. Mientras tanto, Prats y el almirante Montero están por hacer un postrer esfuerzo para impedir que la crisis se profundice aun más, asumiendo los ministerios que les ofrece Allende. 

 

El Pleno del Comité Central del Partido Socialista 

En los días previos, el 6 de septiembre, funciona en el sindicato de la empresa FENSA, el Pleno Nacional del Partido Socialista que reúne a los miembros del Comité Central y a los jefes políticos de los regionales de todo Chile (7). Y como en una novela de Kafka, el noventa por ciento del tiempo se ocupa en debatir sobre el congreso que se deberá realizar en enero de 1974. Esto, a pesar de que infructuosamente Carlos Altamirano trata de imponer una dosis de cordura para que se debata el tema urgente de la coyuntura: la inminencia del golpe y el qué hacer en ese escenario. Como muestra palpable de la irracionalidad política existente, lo único que queda claro para la historia es que en esa reunión quedó constituida la Comisión Organizadora del Congreso. Y que fueron nominados para dirigirla: Alejandro Jiliberto, Gustavo Ruz y Ricardo Lagos Salinas. 

Como resultado de ese Pleno muchos jefes de partido en provincia, sobre todo las más alejadas, no estarán en sus puestos el día del golpe de Estado. En esos mismos días, se reúnen delegaciones de las comisiones militares del Partido Socialista y del Partido Comunista. Analizan la grave situación. El enfrentamiento es inevitable, concluyen. El golpe está en marcha. No existen condiciones para llegar a acuerdos con la Democracia Cristiana. En ese contexto, Amoldo Camú pregunta directamente a los comunistas con cuánto contingente armado cuentan ellos. La respuesta de Víctor Díaz es clara y además parece creíble: 

“(...) Diez mil hombres en disposición a combatir”. Amoldo Camú respira aliviado. 

El día 8 de septiembre, y por extraña coincidencia, el jefe de los conspiradores en el Ejército el general Sergio Arellano Stark, luego de sucesivas presiones de los otros mandos y superando sus propias vacilaciones, se presenta a las 20:30 horas ante su superior, el general Augusto Pinochet. Y le pone al tanto de la estrategia golpista y lo conmina a que hable directamente vía telefónica con Gustavo Leigh. Pinochet abrumado por la indecisión le responde que lo hará después; ya que por ahora: 

“(...) Necesitaba refiexionar”.(8) 

Un mes antes, la tercera semana de agosto, luego de la renuncia del general Prats, los mismos complotados habían puesto fecha tope para efectuar el golpe el día 29 de agosto. Decididos a llevarlo a cabo ese día, aún en contra del propio Pinochet y sobre todo, ante el temor de que fuesen pasados a retiro Sin embargo, postergan la intentona debido a un discurso proclive al golpe que les entregó Pinochet el día 27 de agosto y a su decisión como comandante en jefe de no exigir, según le mandataba el propio Allende, los expedientes de retiro de los generales complotados. 

En los primeros días de septiembre, Orlando Letelier en su calidad de Ministro de Defensa se entrevista con el general Carlos Prats, este último había renunciado dos semanas antes a la comandancia en jefe del Ejército. Prats le señala que el golpe es un hecho, que Allende debe pasar a retiro a los principales generales golpistas. Letelier le exige a Pinochet los expedientes de retiro de numerosos generales (9 ). Pinochet, en función de su propio juego, dilata la situación. 

Sin embargo, semanas antes Pinochet quien ha reemplazado a Prats, ha viajado por las guarniciones del país rechazando cualquier intentona golpista: 

“(...) Pinochet golpeaba la mesa para amenazar a quienes estuviesen complotando, y a la salida de las reuniones los oficiales golpistas se mostraban consternados”.(10) 

 

Así y todo, la conspiración continúa su marcha. 

El panorama político nacional es decepcionante. Por una parte, la oposición se ve unida tras el golpe; el Departamento de Estado norteamericano supervisando la operación; se consolidaba la nueva correlación de fuerzas dentro de las Fuerzas Armadas. Por otra parte, el gobierno se mostraba sin capacidad de movimiento e iniciativa y una Unidad Popular sumida en una profunda confusión. Los intentos de diálogo con la Democracia Cristiana habían fracasado de una manera estrepitosa. Patricio Aylwin aparece exigiendo la constitución de un gabinete militar y ministros no comprometidos con la coalición de gobierno. El presidente Allende continúa intentando abrir un nuevo espacio para el diálogo con la Democracia Cristiana. Es demasiado tarde. Ese mismo ajetreado día 8 se ha reunido el Consejo General de la Democracia Cristiana, la resolución central es: 

“( ...) Que todos los parlamentarios renuncien a sus cargos y que lo mismo hiciera Allende”. (11) 

Es la última opción para el golpe blanco. El jaque mate antes del golpe rojo. El gobierno se queda sin interlocución con la oposición. Sin embargo, aún tiene una carta por jugar: convocar a un plebiscito nacional. La convocatoria se haría pública el día martes 11 de septiembre a través de un discurso que el presidente Allende debía pronunciar en la Universidad Técnica del Estado. 

Más tarde, Carlos Altamirano dirá en sus análisis críticos post golpe que el rechazo del Partido Socialista al diálogo con la Democracia Cristiana se fundamentó: 

“(...) En que no era posible esperar ningún acuerdo con ella” . 

Y tenía toda la razón. La historia demostró que a esa altura de la lucha política el diálogo era imposible. Sólo a esa altura. 

Una vez consumado el Golpe de Estado, sus responsables se abocaron a la tarea de preparar una justificación de cara a la opinión pública nacional e internacional. De esa manera, nació a la luz pública el denominado Plan Zeta. Una vulgar, falaz y poco original versión de la historia para justificar los miles de asesinatos cometidos. Con el único propósito de que esa versión avalara la sedición y traición a la patria cometida por las Fuerzas Armadas y de Orden. Una historia absurda para limpiar las consciencias de los responsables civiles de la derecha. ¿De quién fue esta idea tan inteligente? 

(1) Florencia Varas. El general disidente. Editorial Aconcagua. Chile 1979. 

(2) Banco Mundial, Banco Interamericano. Center for internacional policy. De Aniceto Rodríguez. Dialéctica para la victoria. 

(3) Nathaniel Davis. Los dos últimos años de Salvador Allende. 

(4) Joan Garcés. Orlando Letelier. Testimonio y vindicación. Siglo XXI Editores (España), 1995, 

(5) IBID 

(6) Archivos secretos. Documentos desclasificados de la CIA. LOM Editores. Chile, 1999. 

(7) Relato de Fernando Quiroga y Hernán del Canto. 

(8) Mónica González. la Conjura. Ediciones 8. Chile, 2000 

(9) Joan Garcés. Orlando Letelier: Testimonio y vindicación. Siglo XXI Editores (España),1995. 

(10)Relato del comandante de batallón, capitán Manuel Fernández. 

(10) Luis Corvalán Márquez. Los partidos políticos y el golpe del 11 de septiembre. Editorial CESOC, Chile 2000. 

 

X. EL PLAN Z

 

EN EUROPA, ENERO DE 1933, ADOLFO HITLER YA ES CANCILLER de Alemania. El 27 de febrero del mismo año un inmigrante holandés incendia el Reichstag, el Parlamento Alemán. Hitler, que ha ganado las recientes elecciones necesita mayoría en las cámaras y para eso requiere poner fuera de la ley a los más de cien diputados comunistas. Encuentra en esta provocación la ocasión propicia para perseguirlos y asesinarlos. Seis años después, convertido en dictador absoluto necesita de nuevo un subterfugio para invadir Polonia. Bajo las órdenes de su fiel jefe de las SS Heinrich Himmler, ordena vestir a una docena de presidiarios alemanes con uniformes de soldados polacos para que disparen a sus tropas en la frontera entre ambos países. Al día siguiente comienza la invasión y con ella la Segunda Guerra Mundial. 

Vietnam, 2 de Agosto de 1964, golfo de Tonkin, Estados Unidos de Norteamérica denuncia el ataque de Vietnam del Norte al destructor Maddox. El 4 de agosto, Lyndon Johnson ordena el ataque masivo a la zona comunista. Luego, el Congreso de Estados Unidos autoriza al presidente a “tomar todas las medidas necesarias” para defenderse. Más tarde, una investigación de la Comisión de Asuntos Exteriores del Senado deja en claro que la respuesta de Estados Unidos fue “apresurada” y tomada en “base a informaciones parciales”. 

Pero ya la guerra se había extendido. Tres ejemplos, tres momentos históricos claves que demuestran cómo el engaño se transforma en un instrumento de la política para lograr determinados fines u objetivos. Este método no es nuevo. Es más, no tiene nada de original. Pero sirve perfectamente para los propósitos de los dictadores y los políticos inescrupulosos. 

En Chile, en los días posteriores al Golpe de Estado, tanto los vencidos militantes de la Unidad Popular como los victoriosos sublevados se enteran de la existencia del Plan Zeta. Meses después, aparece (como por arte de magia) el revelador Libro Blanco(1), opúsculo apócrifo donde se entregan los supuestos detalles del criminal plan. El cual contemplaba la ejecución de líderes políticos opositores al gobierno de la Unidad Popular y de los altos mandos de las Fuerzas Armadas. 

La historia se ha encargado de demostrar que nunca existió tal plan. Que toda esa campaña no fue más que un proyecto publicitario para justificar lo injustificable: la sedición y la traición del cuerpo de generales de las Fuerzas Armadas y de Orden chilenas, la complicidad criminal de la derecha, de los empresarios y, en especial, del Departamento de Estado Norteamericano. Como hecho anecdótico, por esos días entre la derecha era de muy buen tono asegurar que sus nombres también estaban incluidos en esas listas. 

Nada de lo que se afirmó en ese momento era cierto, pero el nuevo régimen necesitaba justificar ante la opinión pública nacional e internacional el derrocamiento del gobierno constitucional, los crímenes que se cometían día a día y otras medidas, entre las que se contaban la disolución del Congreso (donde la civilidad que apoyó el golpe tenía mayoría), la creación de campos de concentración y lugares clandestinos de tortura y exterminio. La disolución de todos los partidos también requería de un montaje previo. Los partidos de izquierda fueron disueltos y los que propiciaron el golpe fueron inducidos a un receso obligatorio. Pero tal como ocurrió en la Alemania nazi, finalmente todos fueron puestos fuera de la ley. De este modo, y al cabo de tres años, el partido Demócrata Cristiano le ocurriría exactamente lo mismo. 

El 10 de octubre de 1973, quizás con el único propósito de explicar y justificar ante la Internacional Demócrata Cristiana el comportamiento de la Democracia Cristiana chilena, Eduardo Frei Montalva declaraba al diario ABC de Madrid, lo siguiente: 

“(...) El mundo no sabe que el marxismo chileno disponía de un armamento superior en número y calidad al del Ejército: un armamento para más de 30.000 hombres”. 

Luego de algunos meses ya nadie siguió hablando del Plan Zeta. El objetivo de los propagandistas del nuevo régimen habían logrado su objetivo (por lo menos para su frente interno). Veintinueve años después se comenzaría (recién) a descorrer el manto de obscuridad sobre la falacia del Plan Zeta. En primer lugar, se conoció el nombre de los autores de libro, entre ellos el historiador y ex militante del Partido Nacional, Gonzalo Vial Correa. En ese momento estalla la polémica. Y no era para menos, El Libro Blanco había servido para justificar las masacres y atrocidades cometidas por las Fuerzas Armadas y de Orden después del Golpe de Estado, y ahora esa brutalidad y cobardía quedaban al descubierto. Así como también, los cómplices que avalaron este salvajismo. El mentado Plan Zeta jamás había existido, salvo en las desquiciadas mentes de sus autores. 

El historiador de marras se defendió y muy suelto de cuerpo afirmó que: 

“(...) Apareció este documento y nos encontramos con nuestro contacto que era un oficial de la armada, tuvimos que hacer un esfuerzo muy grande para que nos dejaran publicarlo. Eso me da certeza de la autenticidad del plan”. (2) 

Por supuesto que este riguroso y honesto historiador nunca dijo quién se los había entregado. 

Otro historiador, un intelectual mucho más sedo, Alfredo Jocelyn Holt tiene una opinión distinta, especialmente cuando califica al Libro Blanco como: 

“(...) Un panfleto que se usó para legitimar el golpe militar que no tiene ningún asidero histórico serio”. 

Sobre los supuestos documentos que hace mención Gonzalo Vial Correa, Jocelyn-Holt lo emplaza a que los de a conocer: 

“(..) Nunca hemos visto los documentos, yo no sabría dónde ir a conseguir esos papeles, no están en el Archivo Nacional”. 

Esto lo asegura el historiador acusador. Hasta ahí llegó la polémica. 

En 1999, se dieron a conocer los documentos clasificados de la CIA. Previamente, en 1975 la Comisión Church del Senado norteamericano había elaborado su informe. Ambos calificaban al Plan Zeta como un montaje de las autoridades del nuevo régimen. Pero, el informe del Senado iba más allá. Según éste: 

“(...) Dos colaboradores de la CIA ayudaron a la Junta Militar a preparar un libro blanco sobre las razones del cambio de gobierno en Chile”.(3) 

Por supuesto, no se dan a conocer los nombres de esos colaboradores. ¿Se trató de algunos de los escritores mencionados o se refiere a otras personas? El informe no da luces sobre esta cuestión. 

En 1974, el agente de la CIA Philip Agee, adelantándose en un año al diagnóstico que luego elaboraría el Senado de EEUU (4), relata en su libro Diario de la CIA que el Plan Zeta no es otra cosa que: 

“(...)  Un típico documento negro de la CIA”. 

En 1976, en su primer análisis de la derrota de la Unidad Popular, Carlos Altamirano había denunciado la mentira que se escondía tras el Plan Zeta: 

“(...)  No contó la Unidad Popular con una política militar. Tampoco llegó a elaborar un plan elemental de defensa del gobierno, aún cuando la agresión definitiva parecía inminente. El único plan existente es el que el general Augusto Pinochet formuló y discutió con el presidente Allende hasta las últimas horas del día anterior al golpe. El gran administrador del genocidio era custodio y garante de la Constitución y del gobierno legítimo”. 

Prosigue Altamirano: 

“(..) Quizás, si porque incluso a los fascistas les ha parecido inconcebible que no contáramos con una adecuación básica para la defensa, es que en la imposibilidad de detectarlo, han debido inventar uno, al que denominaron Zeta. Lo cierto es que no hubo plan alguno. Debió si existir un plan. No el demencial y estúpido que la Junta nos imputa, pero si el que razonablemente las circunstancias exigían”. (5) 

En ese instante, el único plan que existía se llamaba “Hércules” y se había elaborado por el Estado Mayor Conjunto para contener un posible Golpe de Estado. Sería el plan usado por las Fuerzas Armadas el día del Golpe, con objetivos exactamente contrarios. El embajador de los Estados Unidos en Chile, Nathaniel Davies señala en su libro autobiográfico Los dos últimos años de Salvador Allende que: 

“(...)  Había ciertamente algo de verdad en la convicción derechista de que la extrema izquierda estaba conspirando para tomar el poder totalmente. Pero la autenticidad del Plan Zeta es altamente dudosa”. 

Y termina diciendo Mr. Davis: 

“(...)  La Junta Militar nunca aportó evidencia que demostrara la existencia del Plan Zeta”(6). 

La verdad es que, incluso la Junta Militar, al poco tiempo desechó el argumento falaz del mencionado plan. Se relativizó la denuncia y poco a poco cayó en el olvido, hasta que la polémica entre los historiadores la volvió a situar en el centro del debate. De los más de diez mil extremistas extranjeros, que según el mencionado plan se encontraban en el país, nunca más nadie se acordó de ellos. Hubiese sido un apoyo a la credibilidad de las nuevas autoridades haber mostrado aunque fuera uno sólo de ellos vivo o muerto. 

Lo cierto es que hubo extranjeros muertos, todos asesinados. La mayoría de ellos habían llegado al país en busca de asilo político, huyendo de las dictaduras que asolaban la región. Pero en vez de recibir el ansiado asilo contra la opresión, fueron mudos testigos de la barbarie xenófoba, que se fundió en una sola visión de terrorismo fascista junto con las piras de libros quemados por las huestes del nuevo régimen. 

(1) Apócrifo. Libro Blanco.Editorial Lord Cochrane, Chile 1973. 

(2) Entrevista diario La Tercera, 24 /03/2002. 

(3) Informes del Senado de los EE.UU. Frei, Allende y la mano de la CIA. Edidones Omitorrico, Santiago. 

(4) Philip Agee. Diario de la CIA, la compañía por dentro. Editorial Erogara. España 1979. 

(5) Reflexiones criticas sobre el proceso revolucionario chileno. Carlos Altamirano. Agosto de 1974. Artículo publicado en la revista yugoslava “Cuestiones actuales del Socialismo”. 

(6) Nathaniel Davis. Los dos últimos años de Salvador Allende. Plaza 8: Janes Editores. España, 1986. 

 

XI. LOS INTENTOS DE INFILTRACIÓN DEL PARTIDO SOCIALISTA

 

EN 1999, LA PUBLICACIÓN DE LOS ARCHIVOS SECRETOS de la CIA, incluidas sus acciones clandestinas, dejó al descubierto la intromisión de los Estados Unidos en la política chilena y mostró una parte de los planes de infiltración a la izquierda en nuestro país. 

A mediados de la década del 70, un informe elaborado por el Senado de los Estados Unidos no dejaba ninguna duda sobre la intromisión del gobierno norteamericano y de su aparato de inteligencia (CIA), en las políticas desestabilizadoras contra el gobierno de la Unidad Popular. 

El informe había sido emitido el 18 de diciembre de 1975, por el “Comité senatorial designado para estudiar las operaciones gubernamentales relacionadas con actividades de inteligencia”. El comité encabezado por el senador demócrata Frank Church, descorrió el manto de oscuridad y suspicacias sobre las reiteradas denuncias de la izquierda chilena acerca de la CIA y sus actividades desde el año 1964 en adelante; y en particular, durante el gobierno de Salvador Allende. 

En 1999 salieron a la luz nuevos antecedentes con la publicación de los documentos reservados sobre las actividades de la CIA. Se cumplían 20 años desde esos acontecimientos, los que estipulaban las leyes del país del Norte para darlos a conocer. Un hecho había precipitado su publicación: la detención en Londres de Augusto Pinochet, principal sospechoso por el FBI del asesinato de Orlando Letelier, ocurrido en Washington (septiembre de 1978). La justicia estadounidense le requería como autor intelectual de aquel delito. 

A pesar de que sólo se dieron a conocer una parte de los archivos secretos, estos bastaron para ratificar las principales conclusiones del Informe Church. Lo esencial para formarse la convicción de que la intromisión estaba ahí. Es decir, la decisión del gobierno de Richard Nixon de impedir la asunción de Allende después del 4 de septiembre de 1970. La confirmación de la entrega de los dineros que proveyó la CIA y sus contactos con altos mandos de Ejército, la Marina y Carabineros para promover un Golpe de Estado. La ayuda al grupo de ex golpistas comandados por Roberto Viaux M.. Todo lo cual concluyó, como es sabido, con el asesinato del general René Schneider, comandante en jefe del Ejército de Chile. 

Además, estaban los antecedentes sobre las actividades de la CIA en apoyo a las acciones golpistas y terroristas de la derecha chilena durante la Unidad Popular. Mucho antes de eso, también a partir de 1964 estaban los millones de dólares concedidos al Partido Demócrata Cristiano y al Partido Nacional (1). Y en los días posteriores al triunfo de Allende, el millonario apoyo prestado a El Mercurio, cuyo propietario se convertiría, a fines de la década del 90, en cabeza de una organización para prevenir la delincuencia (2). ¡Una decisión digna de Ripley! 

También quedaron al descubierto los intentos, previo a la ratificación por el parlamento del triunfo de Allende, y ya desde el año 1964, de los esfuerzos infructuosos de sobornar a un sector escindido del socialismo chileno. No sería el único ni el último intento: 

“(...) Entre 1964 y 1968 la CIA desarrolló contactos dentro del Partido Socialista chileno y a nivel del gabinete de gobierno (de Frei Montalva)”. 

Así reza la transcripción del citado informe. Luego éste señala que: 

“(...) Otro esfuerzo fue autorizado en julio de 1968, la operación consistió en apoyar a una fracción disidente del Partido Socialista con el fin de quitarle votos al Partido Socialista de Allende”. (3) 

En 1969, previa a las elecciones presidenciales, la CIA puso sus ojos en un pequeño sector socialista encabezado por Raúl Ampuero, uno de los más destacados dirigentes históricos, que se había escindido del partido por una mezcla de visiones políticas diferentes al proyecto de unidad de la izquierda y por desavenencias personales con Salvador Allende. La Unión Socialista Popular (USOPO) fue el objetivo de esta operación de inteligencia. Según el mismo Informe... la maniobra permitió restar votos a los candidatos del Partido Socialista. 

No se nos escapa el hecho de que este Informe... fue dado a conocer en diciembre de 1975, en plena dictadura militar y más de alguien podría señalar que tras de él había una maniobra distractiva para dividir al Partido Socialista, como consecuencia de las previsibles luchas internas que resultarían de la derrota. Lo cierto es que el Partido Socialista salió dividido dos años antes de esa fecha. 

Además, en el mismo mes del golpe aparecieron antecedentes que sólo con el tiempo se podría intentar una explicación plausible. Después del 11 de septiembre de 1973, los pobladores de Peñalolén, sector Oriente de la capital, vieron aparecer a un conocido dirigente de la USOPO que había encabezado tomas de terreno, e incluso, había tenido un duro diálogo con el propio presidente Allende. Ahora venía de uniforme. Era Osvaldo Romo, alias el “Guatón” Romo, instrumento destacado de los equipos de esbirros de la DINA, encargado de detener y después aniquilar a los principales dirigentes de la Unidad Popular. 

Pero, este hecho sería la parte menos importante en las tareas de infiltración que acometería la CIA para apoyar a la derecha chilena. Los años de dictadura verían nuevos intentos, ahora más diversificados. Los más importantes se fraguarían en los círculos íntimos de la DINA y de la Fuerza Aérea y tendrían métodos muchas veces comunes, pero objetivos diferentes. 

 

El Plan Leigh de infiltración del Socialismo 

El plan de infiltración elaborado por el general Gustavo Leigh, comandante en jefe de la Fuerza Aérea de Chile, no estaba alejado de las disputas que se venían desarrollando desde el día siguiente del Golpe de Estado entre él y Augusto Pinochet. Como se ha señalado en capítulos anteriores, el jefe del Ejército había notificado a Andrés Rillón, quien oficiaba de secretario, que la idea de rotación en el más alto cargo de la Junta Militar debía ser rechazada a como diera lugar. 

Esto se habla constituido en una declaración de guerra por la pugna por el pode; larvada al principio del funcionamiento de la Junta Militar y abierta con el correr de los años, hasta concluir con la derrota de Leigh y su precipitada salida de la Junta y de la jefatura de la Fuerza Aérea. 

Los informes de la CIA dados a conocer un año antes del término del milenio, si es que asumimos su veracidad, definen a Gustavo Leigh post golpe como un tipo ambicioso, con ligazones de simpatía con el radicalismo chileno. Además podríamos añadir (a cuenta de su perfil psicológico), por el conocimiento directo que tenemos de los hechos de ese entonces, que éste posaba de ser el tipo duro al interior de la Junta, el que abiertamente “exigía extirpar el cáncer marxista” de la sociedad chilena y que no dudará en apoyar al general Arellano Starck en su siniestra caravana de la muerte por el Sur y el Norte del país. 

Si unimos los antecedentes de personalidad de los informes de la CIA, a ese perfil que nos da el conocimiento de nuestra realidad histórica, podemos concluir que las contradicciones entre Leigh y Pinochet no podían tener ningún otro fin que la defenestración de uno u otro del poder al interior de la Junta Militar. De las propias palabras de Leigh a la periodista Florencia Varas que lo entrevistó (4) con posterioridad a su expulsión de la Junta, nos queda claro que al menos esa era la intención de Pinochet cuando le grita una y otra vez a voz en cuello en las sesiones de la Junta. de que él, Gustavo Leigh no es más que un “ambicioso sin remedio”. 

Además hay un hecho no menor, desconocido para el mundo civil y que estimula las ambiciones del general de la Fuerza Aérea. En las Fuerzas Armadas la antigüedad otorga rango. Y Gustavo Leigh había sido nombrado por Allende comandante en jefe de la Fuerza Aérea días antes que Pinochet (S). Y como si esto no fuera poco, sabe que él junto a Merino han debido presionar a Pinochet a horas del golpe para que se sumara a la revuelta. 

Es seguramente, en razón de estos antecedentes que Gustavo Leigh se siente con legitimidad para dar la pelea. Sólo resta construir la fuerza. Por de pronto, tiene el apoyo del almirante Merino y el silencio de Mendoza. Director de Carabineros, que como hemos visto Salvador Allende ha estigmatizado en su discurso y testamento político, como: 

“( ...) El general rastrero de la felonía golpista”. 

Apelativo que lo marcará por siempre, de los pocos que se acuerden de él, obviamente. 

Si partimos de esa hipótesis entonces también podemos entender el juego que se desarrolla a continuación. El general Gustavo Leigh tiene como su subordinado al general de Aviación Nicanor Díaz Estrada. Este oficia, nada menos que como coordinador de los servicios de inteligencia de todas las ramas de las Fuerzas Armadas, luego de haber sido exitoso jefe interino del Estado Mayor el día del Golpe de Estado. El hombre tiene la legitimidad y el mando para controlar, lo que todo jefe de revolución o contrarrevolución necesita para ejercer el poder, el mando de los servicios de inteligencia y de contrainteligencia del Estado. Luego, necesita ejercer en la práctica ese poder: así es que manda a buscar al coronel Edgar Ceballos Jons y comienza a implementar su plan. 

¿Cuál es la motivación política del plan que permita diferenciarlo con Pinochet? Podemos elaborar, de acuerdo a los datos que ya tenemos, que tendría que ser la constitución de un nuevo Estado. Y éste es una extraña mezcolanza de ideas fascistas y seudodemocráticas que sólo con su expulsión de la Junta Militar se explicitarán en una sola, lapidaria y esclarecedora frase, verdadero exordio de ciencia política: 

“Estoy por la construcción de una democracia, los marxistas deben quedar afuera”. (6) 

Esta es la única elaboración teórica que se le conoce y tenemos el derecho de concluir que esa era toda la base doctrinaria de su modelo alternativo al fascismo que en sus orígenes tuvo Pinochet. 

En honor a la verdad, tendríamos que decir entonces que la diferencia entre los fascistas Gustavo Leigh y Augusto Pinochet era muy leve, más bien tenía que ver con el trajinado tema que la Junta Militar aborrecía referirse en público: el poder político. Ni más ni menos. No desconocemos la existencia de matices entre ambos modelos, pero que no cuentan mucho para el desarrollo de esta parte de la historia. Como no cuenta mucho, a modo de ejemplo, la diferencia que existió entre la derecha fascista que lideró Adolf Hitler y la izquierda fascista del jefe de las SA Emest Róhm. Lo que cuenta para esa historia es que el jefe de las tropas de asalto y la élite que lo secundaba, fueron masacrados en la llamada Noche de los Cuchillos Largos, en la madrugada del 30 de junio de 1933 por las fuerzas del Führer y del jefe de las SS Heinrich Himmler. En nuestro caso, sabemos cómo terminó la historia de las desavenencias entre ambos miembros de la Junta Militar chilena. Nada tan dramático como el ejemplo que hemos utilizado, más bien una comedia de muy mala calidad. 

Así es que volviendo sobre nuestros pasos, tenemos a Gustavo Leigh poniendo en tensión sus fuerzas. Sabemos lo que ya ha hecho. Hay un detalle interesante que a este estratega no se le escapa, que tiene que construir fuerza también por fuera de los principales involucrados en la lucha directa por el poder. Nuevamente tenemos a su delfín, Nicanor Díaz articulando una iniciativa audaz. 

Los pocos avezados ojos del público de la época que sólo ven con avidez el Festival de la Canción de Viña del Mar; o las tendenciosas entrevistas de los periodistas Julio López y Claudio Sánchez o las monsergas fastidiosas y gesticulantes del cura Hasbún, no se percatan de un hecho singular. En las imágenes de actos oficiales, donde asisten Leigh y Díaz Estrada, comienza a aparecer junto a estos un civil, un dirigente obrero de origen socialista: Armando Aguirre es el personaje en cuestión. Este individuo había sido integrante del Comité Central electo en el Congreso de Chillán (1967) y como miembro de la Comisión Política había contra balanceado (en 1969) la votación para favorecer a Salvador Allende, como candidato frente a Aniceto Rodríguez, secretario general del Partido Socialista en ese entonces. Armando Aguirre era además presidente de la Confederación del Cuero y del Calzado. 

La idea era, ni más ni menos, comenzar a construir una base social popular de apoyo a la dictadura y al futuro nuevo líder, Gustavo Leight Gúzman. 

 

Cosas de la vida, cosas del Socialismo 

En honor a la verdad, es que todos los apolíticos generales y almirantes participan del mismo juego. En otro extremo del naipe de la lucha por el poder también hace lo suyo el general Oscar Bonilla, hombre de conocidas vinculaciones con la Democracia Cristiana. Por aquellos días, se le ve visitando asiduamente las poblaciones marginales, la televisión lo sigue embelesada, habla más fluido que Pinochet. 

Y además dice cosas interesantes a los pobladores. Entre otras, una de esas expresiones me llamó la atención, tal vez por desviación profesional, vaya uno a saber: 

“ (...) Fue en el Ejército, cuando los ciudadanos lucieron el servicio militar, donde aprendieron a limpiarse los dientes” (sic). 

Así es que la operación está montada: falta el material humano para ella. Este lo proveerán los miembros del Comité Central del Partido Socialista y del MIR detenidos a partir del mes de mayo de 1974. Extrañas coincidencias nos da la vida. En ese mismo mes, pasa desapercibida la visita de José María Escrivá de Balaguer, fundador de la secta conocida como Opus Dei. Por supuesto que su visita a Chile no tiene por finalidad cerciorarse de las violaciones cometidas a los Derechos Humanos, que ya son de público conocimiento, sino a tomar contacto y estrechar relaciones con las nuevas autoridades del país. Por extraña coincidencia, en ese mismo mes, está detenido el sacerdote español, Antonio Llidó Mengual quien será asesinado en el mes de octubre del mismo año y más tarde su cuerpo hecho desaparecer como tantos otros miles de víctimas del fascismo criollo (7). No se conoce ninguna intervención pública de este singular visitante, que hoy ha sido vergonzosamente canonizado, en defensa de su hermano en la religión. No nos olvidemos, como factor atenuante, dirán algunos, que monseñor es español, que viene de España, donde aún se mantiene en el poder (por casi cuatro décadas) Francisco Franco Bahamonde. 

 

Partamos por el final. La operación no resulta. 

Gustavo Ruz Zañartu, ex secretario general de la Juventud Socialista hasta 1971 y quien oficia de miembro de la Comisión Política, es detenido por un comando encabezado por el Ceballos Jons, alias capitán Cabeza. Es llevado al centro de torturas de la Academia de Guerra Aérea (AGA). El trato es brutal, son horas seguidas de tormento. El prisionero a quien se le ha asignado el número doce resiste estoicamente. Al final, cuando se le supone ablandado, se le propone la idea, formulada directamente por Ceballo Jons de montar un partido socialista que ayude a la nueva institucionalidad que hay que construir. Seguramente, no han debido ser éstas las palabras exactas, pero Gustavo me las comenta así. No se nos olvide el detalle fundamental de la operación: el enemigo principal es el Partido Comunista. O sea, nada con el Partido Comunista ¿Y cuál es la razón? Muy simple, éste es un partido político dirigido desde Moscú. Por lo tanto, es parte de una potencia extranjera. Es el enemigo por donde se le mire. Si se observa con cuidado, la idea es coherente con lo que ha planteado el general Gustavo Leigh. Además, es políticamente correcta, como diríamos hoy en día. 

En 1976, Eduardo Frei Montalva, ex presidente de la República y ex presidente del Senado y líder indiscutido del sector más recalcitrantemente opositor a la Unidad Popular de la Democracia Cristiana, propone un frente por la democracia, donde deben estar excluidos los marxistas. Claro que Frei es más prolijo, políticamente, que los torturadores del AGA. Para Frei los marxistas no sólo son los comunistas sino la mayoría de los socialistas, sobre todo los que encabeza Carlos Altamirano. Hay que recordar que estamos recién en el año 1974 y los aires de renovación aún no soplan por estos lados. 

Para complementar el proyecto, Ceballos Jons monta la misma operación con altos dirigentes del MIR detenidos en el AGA, Roberto Moreno y Arturo Villavela, integrantes de su Comisión Política. Por su parte, Gustavo Ruz rechaza la propuesta. La Comisión Política del MIR lo hace, oficialmente, el día 10 de septiembre de 1974. Y responde como siempre, sobrevalorando sus propias fuerzas. Se dirige a la Junta Militar en los siguientes términos: 

“( ...) Si quieren guerra, guerra tendrán”.(8) 

Mientras tanto, otro prisionero, ajeno a la operación, tiene un trato más bestial. El desconoce los matices que lo separan en la tortura con los otros prisioneros. A él se le tortura con familia incluida. Los más brutales vejámenes son cometidos en contra de su hija. Al senador comunista Jorge Montes sólo le queda callar, resignarse y luego escribir, desde el exilio su libro “La luz entre las sombras”. 

 

El Plan Contreras /DINA de infiltración 

Uno podría formarse la falsa imagen que la finalidad de la Fuerza Aérea era torturar para convencer y el propósito de la DINA torturar para hacer desaparecer. Bueno, en esencia esta imagen era real. Hasta diciembre de 1975, Las cosas funcionaban tal cual Pero en 1976 la DINA monta su operación más ambiciosa para construir un Partido Socialista bajo su control. No se sabe con certeza cuando comenzó a desarrollarse este proyecto, pero si se sabe que en diciembre de 1975 estaba en pleno despliegue. 

Esta parte de la historia comienza entre los meses de junio-julio de 1975. Los detalles de las detenciones de la dirección de Exequiel Ponce, Carlos Lorca y Ricardo Lagos Salinas ya las relatamos en un capítulo anterior. Aquí sólo diremos que la totalidad de esa Comisión Política fue detenida, torturada y hecha desaparecer. Más tarde, y según propia confesión de los culpables (que hasta el año 2000 clamarán inocencia y desconocimiento de aquellos hechos), fueron arrojados al mar frente a las costas de San Antonio, a cien kilómetros de Santiago. 

Los pormenores de este período los viví cuando fui convocado a la reunión de la calle Amapolas. Se llamaba así por que se realizó en una casa ubicada en la calle del mismo nombre de la Comuna de Ñuñoa. Allí nos reunimos cerca de una veintena de dirigentes cuya comunidad era provenir de los antiguos frentes universitarios y secundarios de la capital. Como resultado de ese encuentro se formó una nueva dirección de reemplazo a la que encabezaba Ponce. Esta a su vez cooptó (es decir, se promovió directamente, sin elección), en el transcurso de los meses que siguieron, a otros tantos compañeros provenientes de los frentes sindical y campesino. Entre estos, se encontraban Iván Parvo; Gregorio Navarrete, Oscar de la Fuente y Vicente García (padre). De la antigua Comisión Política sólo se había salvado uno, Jaime López ex miembro de la Comisión Política de la Juventud Socialista. En los meses de septiembre y octubre nos informan que López ha vuelto de un viaje al exterior. El hombre pide reunirse con todos los frentes. Se acepta. Las normas de seguridad no son estrictas. Luego éstas nos pasarán la cuenta. 

El trabajo político cotidiano es básicamente de sobrevivencia. Muchos contactos bilaterales, conversaciones en la calle entre dos o tres personas como máximo; reuniones en locales cerrados de cinco o seis. En esa época, mi función era conectar a dirigentes recién descolgados de la zona Sur del país. En una de esas actividades me hacen un contacto con Jaime López. Se realiza en una oficina céntrica. La reunión no tiene ninguna trascendencia. Hablamos sólo de cosas generales. 

En diciembre estalla la crisis. Los días previos a las fiestas de fin de año me encuentro en calle Ahumada con Ricardo Solari. No es el paseo peatonal de hoy. En medio del mido y la polución de los autobuses me cuenta las malas noticias. Ha caído la dirección y debemos reunimos para tomar medidas. El cuadro sinóptico es también breve en su dramatismo. La Comisión Política ha sido detenida en pleno, en un departamento de calle Santo Domingo. Los miembros del Comité Central restantes están todos identificados. Una caída da pie a otra. Es urgente parar la seguidilla de arrestos. Nos reunimos con los que se han salvado: Ricardo Solari, Patricio Barra, Jaime Lorca y yo. Raúl Díaz y Ricardo García no alcanzan a ser contactados. Acordamos que la única forma de parar la represión es sumergirnos en la clandestinidad y romper todos los vínculos familiares. Cada cual se va de su casa, solo. Ya habrá tiempo de reencuentros. 

Pero una duda surge a la semana de las detenciones. Jaime López no está entre los detenidos, nada se sabe de él. Se comienzan a ligar hechos y se le identifica como probable sospechoso de las detenciones masivas. Estamos en enero, y siguen las detenciones. Pero, el núcleo de reconstrucción está a salvo. Los nexos se mantienen con todas las estructuras. A través de una de ellas llega un mensaje: es Jaime López quien cuenta que no está detenido y requiere ser contactado. Sin embargo, los encuentros con familiares de otros prisioneros socialistas, que comienzan a visitarlos en Cuatro Alamos nos dicen una cosa distinta. Han visto a Jaime López moverse libremente en el lugar. 

El vínculo a través del cual llega el contado es la compañera Clara Rubilar. Ella entrega los datos a Vladimir Sierpe y éste a su vez los hace llegar a Ricardo García y de ahí hay un paso al nuevo núcleo de dirección. Demasiado cerca. Se entrega la información a Clara sobre nuestras sospechas, pero ella se niega a aceptar los hechos que se le exponen. Se le conmina a mantenerse sin salir de su casa para evitar posibles seguimientos a partir de sus vínculos con López, pero ella rechaza la instrucción. No acepta el hecho de quien intima con ella sea un delator. Opta por el amor. Es la última vez que se sabe de ella. No acude a los contactos con García ni visita nunca más al estudiante secundario Vladimir Sierpe. En mayo de 1975, un año antes, la habíamos visto escapar de la casa de Sara Montes antes de la llegada de la DINA al lugar. ¿La salvó Jaime López en esa ocasión? No lo sabremos jamás. Su nombre está incluido en las listas de detenidos desaparecidos, igual que Jaime López. 

A comienzos del año 1976, la dictadura se pone como objetivo impedir la rearticulación de los nuevos núcleos direccionales. El Partido Comunista, según la autobiografía de Luis Corvalán (9), trae desde el exilio a militantes quienes se encargarán de la reconstrucción de su dirección. Sin conocer estos antecedentes, pero básicamente por análisis de inteligencia, la DINA apuesta a que en el caso del Partido Socialista la dirección de relevo también viene del exterior. No están tan equivocados, pero se adelantan en ocho años. 

Así es que mandan a Lima (Perú) a un agente encubierto, se trata del capitán Armando Fernández Larios. Su objetivo es continuar la operación López-DINA. Su curriculum dice ser egresado de la Escuela Militar en Chile, con cursos en orientación de Armas de Combate en la Escuela de las Américas en Panamá, sede del Contando Sur del Ejército norteamericano. Su prontuario: un año después participará en el alevoso asesinato en Washington de Orlando Letelier. Dos años antes de su viaje a Lima ha sido miembro de la siniestra Caravana de la Muerte que en octubre de 1973 recorrió al país de Sur a Norte, asesinando sin juicio alguno a innumerables hombres y mujeres indefensos. Su destino: tres años de cárcel en los Estados Unidos y cambio de identidad para ser acogido en el Programa de Reinserción por delación compensada de ese país. La sentencia definitiva será “veintisiete meses como mínimo y siete años como máximo”. La acusación formal será: 

“(...) Accesorio en el crimen de Letelier” (sic). (9) 

 

La conexión DINA / Jaime López 

Armando Fernández Larios se presenta en Lima, en febrero de 1976 ante el doctor Luis Lorca Tobar (hermano de Carlos Lorca, detenido desaparecido en julio del año anterior) y encargado de las relaciones entre la dirección interior y la dirección exterior (Berlín). Fernández Larios viene desde Chile para retomar los contactos perdidos. ¿De quién y con quién?, precisamente los existentes entre Jaime López y Daniel (nombre político de Patricio Barra), uno de los sobrevivientes de la dirección de reemplazo de Exequiel Ponce. Fernández Larios le propone una primera reunión a Lorca en el lugar donde pernocta, el exclusivo Hotel Bolívar. Esto despierta la primera sospecha de Luis Lorca. Normalmente, los compañeros apenas tienen dinero para comer. Por otra parte, Fernández Larios hace gala de un gran conocimientos del estilo y lenguaje de la izquierda chilena. El agente de la DINA viste elegantemente con trajes exclusivos y toma tragos sofisticados; o sea, no sólo el lenguaje no va con las formas y modos sino que su vestimenta tampoco. Es demasiado empaquetado, demasiado siútico. Pero Lorca (siquiatra experimentado), le inventa camaradas ficticios que por cierto, Fernández jura conocer mejor que su interlocutor. Para la segunda reunión, Lorca no tiene ninguna duda que está frente a un agente de la DINA, pero sí mucho temor, así es que solicita ayuda a la inteligencia cubana en Lima. 

Como es lógico suponer, después de esa segunda reunión no hay nuevos contactos y las conversaciones con Fernández se interrumpen definitivamente. Pero, ¿qué es lo que sucede con Fernández Larios? ¿Vuelve a Chile? No se sabe. Tampoco se conoce la evaluación de la DINA sobre estas movidas en el país vecino. Sin embargo, Luis Lorca tiene una evaluación. El cree que los magros resultados obtenidos de esas gestiones le significaron la condena a muerte de Jaime López. 

¿Por qué?, le pregunto algo incrédulo, ya que hasta ahora nosotros siempre habíamos creído lo contrario. Es así que Luis Lorca me relata una historia hasta ahora desconocida, pero que confirma no sólo las tesis nuestras sobre su delación en 1975, sino el presumible ajusticiamiento de Jaime López: 

(...) Efectivamente, López fue detenido a su regreso del Pleno de La Habana en el aeropuerto de Santiago. Había hecho la conexión La Habana-Lima-Buenos Aires-Santiago y portaba una identidad argentina. López relata, luego de su vuelta vía Buenos Aires (continúa Lorca), que en esa ocasión es detenido en Santiago, que le descubren una parte de la remesa en dólares que nosotros enviábamos a Chile. Pero que dado lo impecable de su fachada de próspero empresario argentino es deportado desde es mismo terminal aéreo hacía Buenos Aires. Algo sumamente extraño. Aún así, nosotros, saltándonos ese episodio, lo enviamos hacia Alemania. Ahí es devuelto a Chile con identidad y pasaportes falsificados en la RDA”. (10) 

De regreso en el país, en diciembre de 1975, López realiza un contacto oficial a través de un emisario germano de la República Federal. Ditter, así se llamaba el contacto, es citado en un restaurante céntrico de Santiago por Jaime López. Ahí le cuenta que ha escapado de la represión contra la dirección de reemplazo y le solicita que Lima intermedie para volver a conectarse con Daniel. Al terminar el encuentro le entrega un pequeño paquete para mí. El paquete contenía un tubo de pasta dental con un mensaje en su interior. El mensaje más o menos decía lo siguiente: 

“(...) Fui detenido con la dirección de Lorca, Lagos y Ponce y estoy tratando de hacer un doble juego, para ello necesito elementos que me permitan continuar con la con fianza de la DINA. Mi idea es reconstruir una Unidad Popular donde yo sería el jefe del Partido Socialista. Requiero además el contacto con Weibel del Partido Comunista... 

A la DINA le interesaba especialmente Weibel, miembro del Comité Central de la Juventud detenido desaparecido en marzo de 1976. 

“(...) Y además necesito contacto con Daniel. No sólo eso (continúa diciendo Lorca), además Jaime López me relata en ese mismo mensaje que ha visto en muy malas condiciones a Exequiel Ponce y a mi hermano Carlos en un centro de detención que no específica. Que están irreconocibles por las torturas, con fracturas expuestas incluidas”. 

Desde ese momento, Luis Lorca nunca más vuelve saber de López, poco después emigra a Europa y los contactos alemanes se cortan. 

No cabe duda de que Jaime López compra algunos meses de vida, para no seguir la misma suerte de los heroicos compañeros Ponce, Lagos y Lorca ¿Y luego qué fue lo que ocurrió? ¿Fue asesinado después del fracaso de su megalómana operación de convertirse en jefe de un partido socialista manejado por la DINA? ¿Le compró o le vendió la DINA esta idea? ¿Intentó en 1976 el coronel Manuel Contreras lo que en 1974 no pudo realizar la Fuerza Aérea? No lo sabemos y quizás nunca lo sabremos. Lo concreto es que Jaime López desapareció de la escena política. No ocurre lo mismo con Luz Arce quien aún sobrevive. Afortunadamente, ésta no conoce a las nuevas promociones del Partido Socialista. 

Mientras eso ocurre en Chile, en septiembre de 1976, se lleva a cabo en Berlín una reunión del secretariado exterior del Partido Socialista. En su informe Carlos Altamirano denuncia la traición de Jaime López y su expulsión de las filas del Partido (11). 

El círculo de la información que parte de Chile, vía Lima, ha llegado a la RDA y el riesgo de futuras infiltraciones se detiene al menos por el momento. La operación de la DINA ha fracasado, pero ha dejado una trágica secuela de torturas y muertes de valerosos camaradas desaparecidos. En la década del 90, el doctor Luis Lorca Tobar ayudó a los familiares de Jaime López a realizar múltiples gestiones judiciales para dar con su paradero; pero todos con resultados negativos. En 1998 se publica un extenso informe sobre los casos de violaciones de Derechos Humanos que no fueron investigados por la Comisión de Verdad y Reconciliación, la Comisión Rettig. Dentro de los cerca de mil doscientos casos está Jaime López. La nueva comisión, conocida como de Reparación, se ha formado la certeza de que Jaime López fue eliminado por agentes del Estado, en marzo de 1976. Igual destino ha corrido la compañera Clara Rubilar, enlace de Jaime con los demás miembros de la Comisión Política a quien hemos visto escapar de las garras de la DINA en marzo de 1974. La tesis del ajusticiamiento de López data de 1976, pero en 1980 Ricardo García dirigente máximo de la Juventud Socialista detenido por la CNI, relata que: 

“ ( ...) Estando detenido y vendado fui interrogado por un sujeto que me pareció ser Jaime López, ya sea por el tono de su voz como por el conocimiento de hechos históricos muy detallados”. (12) 

Ahí se detiene, momentáneamente, la represión contra el Partido Socialista. Y durará hasta 1977. 

 

La operación Luz Arce 

El Infierno. Así se titula el libro que Luz Arce escribe en 1992 (13), y donde cuenta su historia. Militante del Partido Socialista desde 1970, vinculada tempranamente al cerrado trabajo del GAP, luego al Frente Interno y, finalmente, activa colaboradora de la DINA-CNI. Toda una meritoria carrera política. Demasiado meritoria. En 1973 se inicia una investigación al interior de la estructura militar del Partido Socialista. Tanta movilidad funcionaria es demasiado sospechosa y evidente incluso para las febles estructuras de contrainteligencia del “aparato”, como se le conocía peyorativamente a esta instancia partidaria. 

El historiador Patricio Quiroga lleva a cabo la investigación. Habla incluso con ella, le comenta las sospechas que existen sobre su persona. Pero Luz Arce no se inquieta y ofrece su colaboración. Pero, el golpe frustra esta investigación. A comienzos de 1974, Patricio Quiroga se vuelve a encontrar con ella. En un cruce de calle la ve venir y cuando se dispone a abordarla ella incómodamente le dice que no le hable, que está formando parte de un operativo para detener gente. Suponemos que el escalofrío en la espalda de Patricio debe haber anulado el deseo de abordar a esta sensual mujer que tuvo vueltos locos a numerosos y destacados militantes del Partido. No la vuelve a ver nunca más. 

Al inicio de la “transición” cuando Luz Arce declara en los tribunales y cuenta “su verdad”, Quiroga se niega a conversar con ella. Frente a casos como éste se producen encontradas reacciones. Han pasado los años, algunos prefieren ser magnánimos e incluso condescendientes con la traición, otros asumen como la verdadera actitud ética y moral la de quienes rechazaron convertirse en colaboradores y pagaron con su propia vida. Todos los que pasaron por la tortura y callaron están entre estos últimos. O sea, los que supieron que era posible resistir. No estamos hablando de quienes fueron torturados y algo hablaron, pero que se negaron a colaboran Muchos fueron detenidos totalmente encuadrados, con cargos y estructuras. Asumieron que negarse a entregar algún dato o a confirmar las acusaciones no conducía a nada. Otros intuyeron que la delgada línea de la duda del torturador daba el espacio para negarse a entregar cualquier antecedente. Algunos de los que entregaron datos vivieron, otros murieron. Algunos de los que se negaron a entregar el más mínimo antecedente también murieron. 

Pero volvamos a nuestra historia. Luz Arce, era cuñada de Gustavo Ruz, es decir compañera de su hermano, dirigente del Comité Central del MIR que al año siguiente será ajusticiado por la DINA. Entonces Luz Arce no sólo tiene buenos vínculos con el Partido Socialista, sino además con el MIR. Desde los primeros meses de 1974 está trabajando con Gustavo, es decir tiene relación directa con la Comisión Política del Partido Socialista en la clandestinidad. Obviamente, Gustavo no conoce los datos sobre las sospechas que han existido sobre ella, o si los conoce no los cree. No es una actitud extraña. Aún así, Gustavo algo intuye. La descuelga un mes antes de su detención. 

Es difícil sospechar algo tan grave de alguien, sobre todo habiéndole conocido por tantos años. Hernán del Canto (14) me confiesa que algo similar le ocurrió a él con Jaime López. Como ya sabemos éste ha llegado a Europa después de su de-tendón en Chile. Ya está colaborando. Vuelve y los informes del país y Lima son lapidarios. Hernán se niega a creerlos. El ha estado conversando largamente con Jaime en Berlín y no sospecha nada, además Jaime estuvo en la línea de promoción para ser secretario general de la Juventud Socialista después de Carlos Lorca. Hay conocimiento de él desde su niñez en Valparaíso, lo estima como un hermano. No, no puede ser. Claro, luego deberá convencerse. A Gustavo le debe haber pasado algo similar. Gustavo Ruz, luego de dos años de prisión sale del país. Está en Alemania, conversa con Fidelia Herrera miembro del Comité Central, quien ha sido delatada y torturada con Luz Arce presente como colaboradora y Gustavo Ruz sigue negándose a creer en la traición de su ayudista. La generación de recambio de la dirección de Ponce motejada como la “Patrulla juvenil” no tenía historias comunes con Jaime López, quizás por esa razón que pudimos ser más fríos en analizar los antecedentes y formamos la convicción de la traición. 

Hubo quienes argumentaron sobre un posible doble juego. Ya hemos visto como el mismo Jaime López en sus cartas a Luis Lorca argumenta en esa dirección. Años después del término de la dictadura hay quienes, con un ánimo de aminorar el costo de la delación, apelan al mismo argumento. 

¿Existió alguna similitud entre la actitud de Leonard Trepper, el agente soviético en el París ocupado por los nazis, organizador de la red de espionaje conocida como La Orquesta Roja, detenido por la Gestapo y obligado a entregar información distorsionada a Moscú, y la de Jaime López delator, con presunciones hmdadas, de la Comisión Política de Exequiel Ponce, y sin ninguna duda a la dirección de reemplazo? 

El doble juego de Trepper era real y tenía un objetivo: impedir que la policía secreta nazi llegara a sus nexos con el núcleo del Partido Comunista francés, la troika de la dirección de izquierda de la resistencia. En otras palabras, tarde o temprano Moscú debía darse cuenta del doble juego e incluso apoyarle. Sin embargo, los nazis no eran estúpidos, ellos también tenían sus propios intereses, desbaratar el frente unido de la URSS y las potencias occidentales llegando a un acuerdo de paz por separado. Trepper sería el medio para entregar la información negra de los ficticios acuerdos de Hitler con Occidente, de alimentar la desconfianza entre Stalin, Roosevelt y Churchill. Muy por el contrario, el “doble” juego de López era aniquilar al Partido Socialista entregando dirección tras dirección a las fauces de la dictadura. No había doble juego. No existió nunca el funkspiel alemán. ¿Por qué esta teoría un tanto tortuosa del doble juego? 

Muy simple, porque la biografía de Leonard Trepper, junto a la historia de Richard Sorge, el espía soviético en Japón, y posteriormente la novela de Frederik Forsyth, El Chacal, eran nuestros libros de cabecera en la época de la dictadura. Tal vez por ahí puede estar la explicación. En todo caso, es sólo una idea. 

Volvamos con Luz Arce. Ella ha ingresado el año 1970 al Partido Socialista, directamente a la estructura del GAP. Pero según otras fuentes, ella militaba en el Partido desde 1967. Al margen de esta pequeña controversia, lo cierto es que fue introducida por un colaborador del DINE, Raúl Navarrete Henckel, el mismo que luego del golpe la vuelve a conectar. A los pocos meses es detenida, torturada y finalmente obligada a colaborar. Atrozmente torturada me lo confirma el camarada que es detenido y torturado junto con ella (15). Ese es su relato. Es muy probable que dada sus características psíquicas que podríamos definir como una hiperquinética política haya también cultivado relaciones con personajes como Navarrete a quien Patricio Quiroga identifica como vinculado a la dirección de inteligencia del Ejército(16) 

La clave entonces está en su contacto. Él la conoce, seguramente le han hecho su perfil psicológico. La lleva al Partido Socialista y luego la entrega a la DINA. De ahí a su colaboración hay un paso. Y el paso se da y resulta exitoso. Luz Arce se convierte en una ferviente y eficiente agente de la DINA. Participa en operativos, porta los preciados AKA 47, los fusiles soviéticos de asalto que han sido requisados en operativos de las Fuerzas Armadas. Y claro, también trata de convertir en colaboradores a los detenidos por la DINA de Contreras. Muchos de ellos son arrestados gracias a su meticulosidad en sus labores represivas. 

En enero de 1975, luego de ágiles pesquisas logra dar con el paradero de Fidelia Herrera. Luz Arce se acuerda del barrio donde vive la compañera del Comité Central: la antigua remodelación San Borja. Luego ubica el edificio y finalmente lo recorre con los esbirros de Contreras piso por piso. Está por desechar la operación, pero se le ocurre una brillante idea, preguntarle al conserje del inmueble. Imposible olvidar un nombre así: el conserje informa rápidamente del número del departamento. No será la única delación confesada en sus memorias. Antes ha entregado a otros destacados dirigentes, entre ellos al ex gerente de Ferrocarriles del Estado, el ingeniero socialista Alfredo Rojas (17) que a la fecha de su detención formaba parte de la dirección de la Coordinadora Nacional de Regionales. 

En su libro, Luz Aire relata el encuentro con Ricardo Lagos Salinas ya detenido. Lo conmina a convertirse en colaborador de la DINA. No hay para que decir que éste se niega. Por lo tanto, pasará a engrosar las ya largar listas de los detenidos desaparecidos. 

Anterior a su “diálogo” con Ricardo Lagos Salinas, Luz Arce ha tenido otro encuentro. Esta vez se trata de un simple militante de la estructura direccional de la Coordinadora Nacional de Regionales. Mientras en el exterior del país el tema de debate se centraba en tomo ala legitimidad de los diferentes grupos direccionales, en Chile los militantes trataban de organizar pequeñas redes de apoyo y subsistencia que, por ese solo hecho, se transformaban en redes de resistencia. 

En una de esas. redes participaba el joven Ramón Martínez Ahumada. El cual militaba directamente con Claudio Tauby dirigente del Comité Central de la CNR, detenido con tres meses de anticipación (18). Arrestado en su domicilio y luego y trasladado a Villa Grimaldi, Ramón es salvajemente torturado y luego dejado en libertad. Veinte y cinco años después le pregunto si estuvo presente alguna mujer en el interrogatorio y la tortura: 

“(...) Si, efectivamente estuvo presente una mujer en las sesiones de tortura”. (¿Podrías reconocerla?, le pregunto). 

“(...) Dificil. Aunque a través de la roñosa venda que cubría mis ojos pude distinguir la silueta de una mujer buenamoza, que colegí que era la misma que luego divisaba de la misma forma, atravesando los patios de Villa Grimaldi. Me pareció (continúa diciendo Ramón), reconocer en ella a una ex militante del Regional Cordillera donde yo participaba antes del golpe. Al salir luego en libertad me dijeron que en realidad esa mujer era del Regional Centro. Y que su nombre era Luz Arce”. 

Le comento la historia completa y le presto el libro El Infierno. Luego aparecen nuevos recuerdos: 

“(...) Sí había una mujer participando en la tortura y los interrogatorios, pero no sólo eso. Ella llevaba la voz cantante para que literalmente me sacaran la chucha”. 

 

1982: La desarticulación de la CNR 

En 1978 la estructura socialista de la Coordinadora Nacional de Regionales (CNR) sufre el primer quiebre. Se produce luego de su reunión mundial en Francia. Benjamín Cares, apodado “el Viejo”, que oficia como secretario general se niega a que exista una dirección en el exilio, su argumento es convincente para algunos jóvenes de aquella época. No pueden ser integrantes de la dirección quienes están fuera del escenario de la lucha. La lucha está en Chile, su dirección también. Inapelable. Desde luego, no piensan igual quienes están fuera. Estos deciden, junto a un grupo de dirigentes que militan en el país, formar otra Coordinadora Nacional de Regionales, la Indoamérica. Y Cares pasa a ser el jefe de la CNR Revolución. Su núcleo de conducción lo forman él, Juan Soto, su hijo, Manuel y Sergio Sauvalle. 

Entre ellos, se encuentra también un individuo apodado “El Pollo”. Este último incorpora a quien por investigaciones posteriores resulta ser un agente del DINE. Resultado, se monta una provocación donde es asesinado Juan Soto y dos dirigentes del MIR, en las cercanías de la casa del Ministro de Relaciones Exteriores de la época, René Rojas Galdames. El auto en que viajan o están secuestrados Juan y sus acompañantes es volado. Todos mueren calcinados. Comienza la crisis terminal de la CNR. Tres meses después es detenido Benjamín Cares (19). 

En 1983 la crisis del modelo hace estallar las protestas populares. La dictadura que solo tres años atrás ha montado exitosamente su operación para legitimarse a través de la Constitución de 1980, se deslegitima a ojos vista y debe recurrir a la represión masiva. Allanamientos, ejecuciones, detenciones y relegaciones a los lugares más alejados del país. Muestran su cabeza los partidos (que el régimen ha querido destruir), se forman alianzas y se fortalece la oposición al dictador. 

Ante esta situación, el régimen convoca a La Moneda a Sergio Onofre Jarpa, antiguo presidente del disuelto Partido Nacional y uno de los principales instigadores del Golpe de Estado, que en ese momento se desempeñaba como embajador de Chile en Argentina. Se le pide un plan para contener las protestas. Jarpa decide abrir un diálogo con la oposición con tal de que paren las asonadas callejeras que amenazan con desestabilizar al régimen militar. La oposición, aún cuando dividida en la Alianza Democrática y el Movimiento Democrático Popular, se pone firme. La Democracia Cristiana que lidera la alianza exige la salida de Augusto Pinochet. El piso se le mueve a Jarpa. Dice que no puede tanto. Organiza a interlocutores civiles para mostrar fuerza, mientras tanto ordena sacar dieciocho mil efectivos del Ejército a las calles. 

Uno de los sectores que aparece públicamente como interlocutor de la dictadura es, oh, sorpresa, un supuesto Partido Socialista encabezado por un ex dirigente de la Juventud Socialista, luan Carlos Moraga. Es el último intento de la dictadura de manipular al Partido Socialista. Para algunos si, para otros no. 

(1) Según Cover Action en Chile, la CIA gastó ocho millones de dólares entre 1970 y 1973. En 1970, El Mercurio recibió setecientos mil dólares y el 11 de abril de 1972, novecientos sesenta y cinco mil más. 

(2) Agustín Edwards, propietario de El Mercurio es presidente del directorio de Paz Ciudadana. 

(3) Informes del Senado de EE.UU. Freí, Allende y la mano de la CIA. Ediciones del Ornitorrinco. Santiago, Chile 

(4) Florencia Varas: El general disidente. Editorial Aconcagua. Chile, 1979. 90 

(5) Gustavo Leigh es nombrado por Allende el 18 de Agosto de 1873 y Pinochet el 23 del mismo mes. 

(6) Florencia Varas: El general disidente. Op. cit. 

(7) Informe Verdad y Reconviliación. Marcia Alejandra Merino Vega. “MI verdad más allá del horror yo acuso’. Chile 1993. 

(8) Miguel Enríquez. Con vista a M esperanza. Escaparate Ediciones. Chile,1998. 

(9) Manuel Salazar. Contreras, historia de un intocable. Editorial Grijalbo. Chile 1995. 

(10) Diálogos con el doctor Luis Lorca Tobar. 

(11) Carlos Altamirano. Informe al Pleno del Secretariado Exterior Berlín (RDA). 1976. 

(12) Relato de Ricardo García ex dirigente de la Comisión Nacional Juvenil. 

(13) Luz Arce. El infierno Editorial Planeta. Chile 1993. 

(14) Diálogo con Hernán del Canto.. 

(15) Conversación con Samuel Houston. 

(16) Patricio Quiroga. Compañeros: el GAP La escolta de Allende. Editorial Aguilar. Chile 2001. 

(17) Luz Arce. El Infierno. Op. cit. 

(18) Diálogo con Ramón Martínez. 

(19) Conversaciones con Sergio Sauvalle. 

 

XII. LOS PROFETAS ARMADOS Y DESARMADOS

 

ISAAC DEUTSCHER, HISTORIADOR ALEMÁN, biógrafo de León Troski, escribió una extensa saga sobre el destacado revolucionario ruso de mediados del siglo pasado. En dos tomos relata la historia del fundador del Ejército Rojo, su posterior expulsión de la Unión Soviética y su largo exilio que culmina con su asesinato en México a manos de un agente de José Stalin. No es necesario decir a cual parte de la historia se refiere cada uno de los tomos. En Chile, al Partido Socialista le ocurrió una situación parecida, claro que intercalada en su larga y azarosa vida. De profecías armadas y desarmadas ha estado llena nuestra historia. 

Al interior del Partido Socialista hubo profetas armados desde su fundación. El Comodoro del Aire Marmaduke Grove, líder de la rebelión militar que dio origen la efímera República Socialista fue uno de ellos. Un año después de esa breve gesta (un 19 de abril de 1933), se convirtió en uno de los fundadores del Partido Socialista. Luego de un interregno de profecías desarmadas, los tambores de guerra volvieron a sonar. Lo harían como respuesta a las Milicias Republicanas creadas por la naciente burguesía liberal para contrarrestar los sucesivos movimientos militares que habían derrocado a Arturo Alessandri Palma en 1925. Así nacieron las míticas milicias socialistas. Los retratos de nuestros fundadores aún se observan marchando con paso marcial frente a La Moneda. Entre ellos destaca el joven Salvador Allende. Al respecto, Aniceto Rodríguez comenta: 

“(...) Las milicias socialistas contribuyeron a encender la mística de los militantes y atrajeron a nuevos elementos del pueblo”. (1) 

Su carácter de fuerza paramilitar, prosigue el “Cheto” Rodríguez, estuvo conformada por el hecho de que: 

“(...) Numerosos oficiales y suboficiales retirados de las FFAA colaboraron en su formación”. 

Sin embargo, fue en el gobierno progresista del radical Pedro Aguirre Cerda, donde el Partido Socialista participaba, que éstas fueron disueltas para tranquilidad de las FFAA institucionales. A partir de ahí, el socialismo chileno mantuvo una actitud de lucha en los marcos del Estado de compromiso. El modelo económico sustitutivo de las importaciones de bienes que se comenzó a aplicar como respuesta a la gran depresión del sistema capitalista mundial de la década del treinta, obligaba a la naciente burguesía a compartir el poder político con las clases populares, aislando a la vieja oligarquía derechista. Las profecías armadas no se volvieron a escuchar sino hasta el Congreso de Chillán de 1967, cuando ya el modelo capitalista en cuestión daba muestras de importantes niveles de agotamiento. 

El triunfo de la Revolución Cubana, en Enero de 1960, jugaría un papel indiscutido en el desarrollo de las tesis de la vía armada para acceder al poder y construir el socialismo, no sólo en Chile sino que influiría en todos la izquierda latinoamericana. El tema, de la vía pacífica versus vía armada, por lo demás, acarrearía el gran cisma en el mundo socialista de esa década entre la URSS y la China de Mao Tse Tung. 

El propio Salvador Allende, en ese entonces senador de la República, visitará Cuba (1961) un año después del triunfo de la revolución e iniciará una larga y solidaria amistad con la gesta fidelista. Claro que, como es conocido, Allende levantaría su propia tesis: la Vía chilena al Socialismo. Sin embargo, ya antes de esa fecha se habían desarrollado acciones solidarias con los revolucionarios de Sierra Maestra, emulando sin saber el papel que destacados militares chilenos hicieran cien años antes en apoyo a la lucha independentista de José Martí (2). Pero, no nos alejemos tanto. No sería hasta el Congreso de Chillán, realizado en la ciudad del mismo nombre ubicada a cerca de 300 kilómetros al Sur de Santiago, cuando el Partido Socialista adopta su decisión estratégica que lo ligaría por décadas al tema de las formas armadas para la conquista del poder político(3). 

Existieron dos versiones sobre el cómo se debían entender estas resoluciones y muchas de las consecuencias que de ellas emanarían. Algo que por lo demás era y sería característico de las resoluciones congresales del Partido Socialista: la dicotomía entre la teoría y la práctica. Para unos, las resoluciones de Chillán fueron sólo una suerte de declaración de principios de orden general. Eso de plantear que la conquista del poder sólo se podía lograr por la vía armada ni tan siquiera movió a rechazo a los entonces catalogados como socialdemócratas, que en esa época era un epíteto en extremo peyorativo. Muy por el contrario, el mencionado Congreso de Chillán, dando muestras de un preclaro pragmatismo, eligió como su secretario general a Aniceto Rodríguez, catalogado como el líder de la tendencia socialdemócrata. Para otros socialistas, la tesis de la lucha armada era una declaración que debía motivar una acción coherente. Así surgió el sector identificado como Elenos (término derivado de la sigla ELN o Ejército de Liberación Nacional), que tuvo como su principal misión el apoyo a la naciente guerrilla boliviana que encabezaba el ya legendario y mítico Comandante Ernesto Che Guevara. 

No olvidemos que la tesis central del Che postulaba que un triunfo de la revolución en Bolivia, definido como el eslabón más débil de la dominación imperialista en América Latina, acarrearía la revolución en otras latitudes del continente (4). El naciente ELN criollo era una suerte de sección chilena del ELN del Che en Bolivia, emulando las visiones internacionalistas que habían asociado décadas atrás al Partido Comunista chileno con su homónimo (el PCUS) de la Unión Soviética. 

Con toda seguridad, sería esa visión no compartida la que originó al interior del Partido Socialista otros reagrupamientos, pero que también tenían como vertiente común el apreciar que cualquier construcción socialista en Chile requeriría el concurso de las armas. El naciente grupo (o tendencia) de los Elenos dejó a numerosos caídos en la lucha de apoyo a la guerrilla en Bolivia. Entre ellos, al periodista Elmo Catalán y al ex oficial de carabineros Tirso Montiel. Entre sus fundadores se contarían, además de los caídos en Bolivia, a Taty Allende, hija del ex presidente Salvador Allende y Amoldo Camú. En el país, las otras vertientes dieron origen a iniciativas que llevaron a muchos jóvenes a emigrar del Partido para fundar el Movimiento de Izquierda Revolucionara (MIR). Y dentro del Partido Socialista se formarán grupos como la ORGANA con una visión más ligada a la probable insurrección de masas que a las tesis guerrilleras. Así fue como se pusieron en práctica las primeras escuelas de formación militar y se enviaron menguados contingentes a seguir instrucción específica en Cuba y en otros países del mundo socialista. 

Mas, la revolución en Chile tendría una gestación absolutamente inédita. Se iniciaría, al menos en eso la historia es indesmentible, con el triunfo en las urnas de Salvador Allende. No se iniciaría con la guerrilla urbana que preconizaba el MIR, ni con una huelga general indefinida que diera paso a una insurrección de masas, como podían haber pensado algunos socialistas y comunistas. No, la revolución en Chile comenzaría con el triunfo electoral, del cual el socialismo era mayoritariamente refractario, el menos en teoría. 

El triunfo de Allende obligó a los necesarios e imprescindibles (re)acomodos. La teoría no podía ser tan esquiva. Se había ganado una parte del poder: el gobierno, pero no el poder total. Esto requería visualizar los escenario futuros de la lucha político-social. Era evidente que la burguesía no entregaría el poder sin luchar. Pero no se tenía verdadera conciencia de la capacidad de lucha que ésta emprendería y de lo decisivo que serían los Estados Unidos como aliado e instigador en la defensa de sus intereses. Se imponía la puesta en práctica del Programa de la Unidad Popular. Pero éste se implementó, casi en su totalidad, durante el primer año de gobierno y la derecha lejos de debilitarse se fortaleció, sumando a sus posiciones a importantes sectores medios de la sociedad. 

La izquierda creció electoralmente, pero no pudo restar influencia decisiva de la derecha y la Democracia Cristiana en los instrumentos de dominación secular del Estado chileno: parlamento y poder judicial. Estas instituciones eran garantes y/o factores de medición del acatamiento a la institucionalidad. Todo esto significó que el socialismo chileno nunca pudo resolver el dilema práctico de cómo se articulaba en los avatares de la política cotidiana el tema del “enfrentamiento decisivo”. 

Estos dilemas no eran nuevos, ya en el año 1969 como respuesta al Tacnazo orquestado por el general Roberto Viaux Marambio, el Partido Socialista había mostrado una débil y ambigua posición de rechazo. Al mismo tiempo, se denuncia un vacío de poder en el gobierno de Frei Montalva, que al menos generó suspicacias en los sectores democráticos. Las tendencias putschistas dentro de los socialistas asomaban su cabeza. Esto era consecuencia del ingreso al Partido Socialista de militantes ibañistas en la década del 50. 

El triunfo de la Unidad Popular, inesperado para muchos que sólo apostaron a un nuevo ritual electoral con una segura nueva derrota del abanderado socialista, obligó a las readecuaciones que comentábamos más arriba. Por de pronto, los Elenos y ORGANA acordaron fusionarse. Sus más connotados líderes ganaron el Congreso de La Serena de Enero de 1971 y pusieron a Carlos Altamirano en la secretaría general. El sector de Aniceto Rodríguez fue prácticamente expurgado del socialismo. Un error que muchos hoy lamentan, pero del cual según las palabras de Ricardo Núñez (5) nadie ha dado suficiente cuenta. 

La idea central que cruzó a todos fue la necesaria defensa del triunfo del Gobierno Popular puesta en duda, tanto por la derecha cobijada en el Partido Nacional como por el progresivo intervencionismo de los Estados Unidos. 

 

Y la defensa tenía un nombre, Salvador Allende 

Así, entre otras medidas inmediatas nació el GAP, la guardia personal del presidente. La fatal experiencia del brutal asesinato del general René Schneider era una urgente voz de alarma. El GAP primero fue formado por militantes del MIR, luego por socialistas. Estos tendrán una destacada participación en la defensa de Allende el día del Golpe de Estado. La mayoría de ellos murieron combatiendo junto a Salvador Allende en La Moneda, otros fueron asesinados en los días posteriores, los menos sobrevivieron. Con el GAP se desarrolló una línea que trató de combinar la defensa del presidente con la formación de unidades de combatientes dependientes de las estructuras del llamado Frente Interno del Partido. Todo eso en el marco de la instrucción paramilitar en Chile y en el extranjero. La crisis política a fines del gobierno popular provocó contradicciones al interior del Partido Socialista que significaron, entre otros problemas, la división del trabajo militar. El GAP pudo revertir esta dispersión de fuerzas sólo en las semanas previas al Golpe de Estado. 

Después del 11 de septiembre, las contradicciones internas provocaron el quiebre de la reconstrucción partidaria, fundamentalmente en dos sectores. La dirección que encabezó Exequiel Ponce por un lado, y la de Benjamín Cares por otro. La dirección de Ponce si bien es cierto era depositaria del legado de los Elenos, fue el sector que encabezó Cares quien postuló la lucha armada con mayor vigor. Otros dos sectores, minoritarios, hicieron diferentes planteamientos. El grupo denominado La Chispa que encabezaba Rafael Ruiz Moscatelli apostó a la lucha armada. La Dirección para el Consenso que lideraba Juan Gutiérrez Soto la rechazó abiertamente. El sector de Ponce respondió a la nueva fase de la lucha articulando sobrevivencia orgánica y política con análisis de la derrota. 

La dirección de Cares con preparación para la guerra... para una guerra que nunca vendría. La dirección de Cares fue desarticulada por la represión a mediados de 1982. El Partido Socialista, conocido en esa época como el PS Almeyda, volvió a debatir las tesis insurreccionales a partir de 1980. Pero ya había resurgido con fuerza otro sector socialista liderado por Carlos Altamirano, secretario general del socialismo unificado hasta 1979. Y el hombre venía de vuelta. De sustentar las posiciones más radicales al interior del Partido volvía ahora convertido en un renovado socialdemócrata. Pero esa es otra parte de nuestra historia. Volvamos con nuestros profetas armados. 

 

El contexto político de los nuevos profetas armados 

El diseño estratégico de la dictadura militar, a fines de la década del 70, esbozado en un acto lleno de rituales fascistas en el cerro Chacarillas, era institucionalizar el régimen militar. La idea era darle legitimidad y sancionar una nueva constitución. La nueva hegemonía de la burguesía monopólica y financiera debía ser ratificada en una Carta Magna. El principal ideólogo detrás del proyecto de la derecha económica era Jaime Guzmán Errázuriz. Se implementó entonces un plebiscito para legitimar la nueva correlación de fuerzas. Como era de esperar, en condiciones de falta de registros electorales y de libertades mínimas, el triunfo oficialista en las urnas no estaba en discusión. 

Esto provocó una derrota psicológica importante al interior de la izquierda y en particular en las filas de nuestro Partido. Cuadros intermedios de dirección salieron al exilio y se resintió muy seriamente el núcleo de conducción. La dictadura aparecía imponiendo su modelo neoliberal, sin oposición interna articulada y legitimada por un plebiscito amañado. Además el modelo económico comenzaba a dar sus primeros resultados. 

En ese marco, y por primera vez en siete años de régimen militar, se comenzó a debatir al interior de la Comisión Política del Partido Socialista de Almeyda, el desarrollo de una línea de oposición armada al pinochetismo. En nuestras comunicaciones con la Dirección Exterior, que ahora lideraba Clodomiro Almeyda como secretario general, informamos acerca de los primeros pasos para hacer ingresar militantes con formación militar para dar inicio al trabajo en esa área. Con todo, veíamos lejano el momento de poder implementar una línea seria en esa dirección, pero asumíamos la necesidad de comenzar. 

Efectivamente, en el año 1980 ingresaron al país los primeros contingentes de compañeros venidos del exilio. Se organizó un área de trabajo político militar compartimentado con el resto de la dirección. Se estableció un área de trabajo temático sobre las Fuerzas Armadas. La idea era estudiar este ámbito como Partido. Se incorporaron a miembros de las Fuerzas Armadas en retiro que colaboraron con Allende y el Partido, y que hasta esa fecha se habían mantenido en Chile. Entre ellos destaca un viejo militante, Martín Urbina, coronel de Ejército y ex compañero de curso de Pinochet en la Academia de Guerra del Ejército, de nombre político Blanco. Este se había retirado del Ejército en 1959, con el grado de teniente coronel. Entre sus múltiples funciones había llegado a ser comandante del Regimiento Pudeto en Punta Arenas. Un años después ingresa al Partido Socialista. 

En el exilio, sin que la dirección interior sepa, se ha avanzado en el diseño de una política insurreccional que ya tiene un nombre: Lucha de masas con perspectiva insurreccional. Son los primeros atisbos de un giro en la política. En ese instante, se desconoce que igual fenómeno viene ocurriendo con el Partido Comunista. 

Como también se desconoce otra parte de la historia de las profecías armadas que unirían, sin proponérselo, a los sectores almeydista y altamiranista después del quiebre de Marzo de 1979. Uno de los encargados del trabajo militar en Cuba de ese entonces me relata los hechos: 

“(...) En Marzo de 1979 se produce la visita de Humberto Ortega a La Habana. Su objetivo es pedir ayuda para la ofensiva final contra Anastasio Somoza. Se requiere plasma sanguíneo, armas y hombres. Los socialistas ofrecen un contingente irregular de militantes. Hay que superar un problema, están divididos entre los que siguen a Almeyda y Altamirano. La lucha tendencial es dura, pero se llega a un acuerdo: irán todos. No hay problemas ideológicos dado que el mundo socialista y la socialdemocracia europea apoyan a los sandinistas. Son 29 combatientes irregulares y 40 con formación militar regular. Su destino es el frente “Benjamín Celedón” ubicado al Sur de Managua, la capital de Nicaragua, en la ciudad de Rivas entre los pueblos de Sapoa y las Vírgenes. Su objetivo romper las líneas de abastecimiento de la dictadura”. 

Las noveles armas socialistas tienen su prueba de fuego y salen indemnes. Por su parte, los comunistas han apoyado la causa sandinista con un contingente de 200 militantes. Ha oficializado la participación chilena Clodomiro Almeyda en persona. Continúa el relato de mi interlocutor. 

“(...) Nadie se enteró de esa operación. Era necesario burlar a la CIA. Mientras en Panamá se efectuaba una reunión de los principales grupos ultraderechistas de América Latina, Almeyda entraba vía Costa Rica y cruzaba la frontera con ayuda nuestra. La reunión se efectuó en Sapoa. En ella también participaron los máximos dirigentes sandinistas, Daniel Ortega y Edén Pastora”. 

Las fuerzas sandinistas triunfan en julio del mismo año. Los encargados operativos del traslado de Almeyda y del contingente de combatientes ingresan a Chile clandestinamente el mismo año. Con ellos se decide realizar la primera prueba de fuego en serio en el país. Un bautismo para dar inicio al trabajo militar contra la dictadura. Se acuerda dar un pequeño golpe de efecto en un plano propagandístico: la Operación Banespa. El asalto incruento a una sucursal bancaria. El objetivo fue el Banco del Estado de Sao Paulo. La importancia de este hecho sólo reside en que fue la primera acción (entre muchas otras más) que se emprendió en este frente, y por el hecho de marcar todo un estilo en este tipo de acciones. 

Veinte años después me reúno con el encargado de la Comisión Política de ese entonces, hombre que estaba a cargo del trabajo militar: 

“(...) En la Comisión Política nadie rechazó el trabajo en esta área, como tampoco la Operación Banespa, que sólo se conoció en términos muy generales. La verdad es que mas bien, diría hoy en día, observé una cierta indiferencia sobre el tema. Así como nadie cuestionó este trabajo, también nadie se entusiasmó con el mismo. Nosotros formábamos parte de un pequeño destacamento con instrucción militar venido del exilio, que fuimos cooptados como un «brazo» militar del Partido Socialista. A pesar de estos niveles de indiferencia al poco tiempo de retornar del exilio nos fue entregando compañeros para nuestro inicio de un trabajo que más bien tenía como verdadero objetivo el mejorar las condiciones de clandestinidad del núcleo direccional. Sin embargo, dentro de los camaradas que fueron traspasados estaba un compañero que resultó decisivo para los planes que luego nos serían comunicados por la Comisión Política, de planificar un verdadero bautismo de fuego, me refiero al camarada Ramiro Asenjo” 

Ramiro Asenjo Hernández(6) provenía de Osorno y luego del Golpe de Estado junto a otros militantes de la Juventud Socialista había estado deambulando por Valdivia y Puerto Montt perseguido por la represión. En Santiago, a principios de 1975, se había conectado con compañeros de la zona Sur y había comenzado a militar regularmente. 

 

Prosigue nuestro interlocutor: 

“(...) Ramiro trabajaba en las oficinas centrales del Banco del Estado de Sao Paulo ubicados en la calle Agustinas a dos cuadras de La Moneda. Así es que se convirtió en el hombre preciso, en el momento preciso y en el lugar preciso. Rápidamente, le propusimos la idea general, sin detalles, a la Comisión Política el que fue aprobado sin dilación. Los recursos económicos y materiales fueron escasos, pero los recursos humanos fueron cuantiosos. La Comisión Política entendió que la operación tenía una alta probabilidad de éxito y que esto sería sobre todo un estímulo moral en momentos en que la lucha parecía perdida. Antes de llevarse a cabo la operación optamos por enviar a Alemania a la compañera e hija del camarada Ramiro. Esto por cuanto él sería partícipe directo y descubierto del mencionado plan. Este era relativamente simple y sólo requería de algo que nos sobraba: audacia. 

Acuartelamos al núcleo principal de la operación y procedimos a actuar. El primer eslabón del plan consistía en introducir en el banco a dos compañeros vestidos de gasfiter para realizar una labor ad-hoc. A primeras horas de la tarde, cuando el banco ya estuviese cerrado al público, otro compañero solicitaría la presencia de Ramiro en la puerta lateral de la institución financiera. La operación se implementó según lo acordado. Hasta la entrada de dos gasfiters todo marchó bien, ellos estaban trabajando en los baños del banco, y Ramiro era esperado por la visita en la puerta lateral. Los minutos pasaban y Ramiro no aparecía con su maletín con los fondos. Afuera dos nerviosos compañeros pasaban una y otra vez dando vueltas la manzana al votante de una destartalada citroneta. Todos iban con armas de puño. Ramiro (según nos relató después) entró a la bóveda y maniató al contador de la institución. Pasó por el baño y junto a los dos gasfiters salió al encuentro de su visita. Los cuatro se despidieron del guardia, sin levantar sospechas”. 

Ya en las afuera del banco la coordinación con el vehículo no funcionó así es que cada compañero se dirigió por caminos separados a los lugares de concentración previamente acordados. 

La desconexión de los compañeros con el vehículo causó alarma en el segundo grupo que coordinaba la operación en el círculo exterior. Hubo un atraso de quince minutos y la citroneta no fue al contacto de normalidad y los cuatros compañeros del primer círculo operativo no fueron vistos salir: la conclusión de los siguientes otros quince minutos fue lógica: están todos arrestados y la operación fue un completo fracaso. Antes de avisar y de que cundiera la alarma en la Comisión Política, el segundo grupo resolvió dividirse: uno, se fue a recorrer las dos casas de seguridad, otro fue a realizar un recorrido de normalidad por la zona del Banespa y un tercero fue directamente al contacto con el jefe del operativo: uno de los gasfiter. El segundo y el tercer hombre harían un contacto de normalidad media hora después. 

En Marzo de 2001, me comunico con Inglaterra, vía e-mail, con uno de los jefes de esa operación, para que nos cuente su impresión: 

“(...) Efectivamente, me tocó ser parte del grupo de apoyo exterior a la operación que tú me preguntas. Para nosotros pasada media hora sin noticias constituía no sólo el fracaso de la operación sino además un posible costo político inevaluable Nervioso y pensando en las consecuencias nefastas de este fracaso, me dirigí a la zona de la operación y luego al contacto de normalidad con el jefe del segundo grupo. Tomo un taxi y hago en diez minutos el recorrido pasando por el frente de Banespa. Está plagado de radiopatrullas y vehículos de la CNI. Sombríos pensamientos recorren mi mente. Sigo en el taxi hasta la calle Estado y desde ahí camino al lugar de reencuentro. Este se encontraba en la calle San Isidro, a la salida del Metro y quince minutos después en la Plaza Benjamín Vicuña Mackenna, inmediatamente al lado de la Biblioteca Nacional. Cruzo por el paso del Metro, bajo la Alameda, y me topo a boca de jarro con dos vehículos de la CNI o policiales estacionadas en la vereda. No podía hacer nada salvo seguir caminando. Esta era la confirmación de mis presunciones. Al pasar por el lado pude observar a los sujetos con sus armas al ristre. Sigo caminando, atravieso la calle y me voy a sentar a la plazoleta, lugar desde donde tengo una perfecta vista panorámica. 

Desde ahí veo como pasaban los minutos. Cuando he tomado la decisión de conectarme con la Comisión Política para dar la voz de alarma diviso a unos sonrientes camaradas del segundo grupo que avanzan hacia mí. La operación, contra los malos presagios, ha sido un éxito. Los gásfiters y el compañero de la puerta lateral habían llegado a la casa de seguridad, Ramiro estaba a buen resguardo en una Casa en La Florida”. 

Todos nuestros temores eran producto de las coincidencias propias del trabajo clandestino. Sin embargo, esta nueva fase de la lucha termina mal. Al año siguiente, en Valparaíso es asesinado Ramiro Asenjo. Pero no todo estaba dicho. 

El año 1982 nace con el estigma de la crisis económica. La dictadura prevé la emergencia de movimientos sociales antes que nosotros. Su respuesta es acorde con las circunstancias. Contra el MIR se desata una brutal cacería. Decenas de sus cuadros son asesinados en plena vía pública. Posteriormente, se conocerá un dato macabro: la CIA tenía infiltradas las estructuras encargadas del retorno desde Cuba. 

Al Partido Socialista también le cae la represión. La dictadura comienza a evaluar como riesgosos una serie de actividades denominadas de propaganda avanzada que consisten en despliegues de banderas y lienzos mediante sencillos mecanismos electrónicos. También la difusión de proclamas a través de altavoces en pleno Paseo Ahumada que llaman a la resistencia y que terminan con la Marsellesa Socialista. Por lo demás, los servicios de inteligencia de la dictadura conocían la autoría del asalto al Banespa. Era demasiado para la tranquilidad del tirano. Y la reacción no se deja esperar. En una oficina del centro de Santiago, donde funciona una estructura de dirección ligada a la Comisión Política montan una ratonera y logran detener a un miembro de la Comisión Política, Silvio Espinoza (Elías). Después de ser sometido a feroces torturas, que incluso le provocan reiterados paros cardíacos, la dictadura lo expulsa a Brasil. 

En 1985, en plena pugna por la conducción de una ya articulada oposición, el PS Almeyda se fractura. Son los coletazos de las contradicciones entre negociación versus derrocamiento de la dictadura militar. Surge el Sector de los Comandantes que están por mantener la tesis del derrocamiento en contraposición a los terceristas y almeydistas que apuestan a la negociación, es decir, a la ruptura pactada. Sin embargo, unos y otros se equivocaran. Lo que resulta es una negociación sin ruptura ni derrocamiento. Dentro del Partido Socialista ganaran los renovados. Pero el Sector de los Comandantes seguirá sosteniendo sus ideas. De esa forma, acuerdan implementar las Milicias Populares Allendistas rescatando la idea de las viejas milicias socialistas de la década del treinta. Aparecen nuestros encapuchados y surgen nuevas escuelas, ahora de milicianos. La instrucción se impartirá en plena pre-cordillera de Los Andes. 

Mientras tanto, el sector de Almeyda no se queda de brazos cruzados. Su sector de izquierda, liderado por Camilo Escalona implementa las Brigadas 5 de Abril. Todo habría estado muy bien, pero ya es demasiado tarde: la hora de las armas había pasado. Los dados estaban echados. La política avanzaba por las avenidas de la negociación. La Democracia Cristiana apuesta a que las Fuerzas Armadas lideren el proceso. Los Estados Unidos presionan en esa misma dirección. El trabajo sucio de Pinochet ya está hecho. Ahora hay que cambiar para que todo siga igual. Una vez más, el gatopardismo resurge de las cenizas italianas como un ave Fénix. 

(1) Aniceto Rodríguez. Entre el miedo y la esperanza. Historia social de Chile. Editorial Universidad Central de Caracas. Editorial Andrés Bello. Chile, 1995. 

(2) Combatientes chilenos en la gesta de liberación de Cuba. 

(3) Julio César Jobet. Historia del Partido Socialista de Chile. “Resoluciones del Congreso de Chillán”. Editorial Prensa Latinoamericana. Chile, 1970. 

(4) Ernesto Che Guevara. Obras Completas, Tomo II. Cuba 1971. 

(5) Diálogo con Ricardo Núñez. Agosto 2002. 108 

(6) Ramiro Asenjo utilizaba el nombre de Juan Carlos Manque. A pesar de que la CNI supo su verdadero nombre lo enterraron en el cementerio de Valparaíso como Juan Carlos Manque. Con posterioridad, su tumba fue destruida por una remodelación del citado camposanto. Su viuda aún lucha para que se reconozca el nombre verdadero, que su hija lleve el apellido Asenjo y que el Partido Socialista, oficialmente, lo reconozca como militante. Su caso fue declarado sin convicción por la Comisión Rettig y la Comisión de Reparación. 

 

XIII. LA CRISIS DEL PARTIDO SOCIALISTA

 

EL GOLPE DE ESTADO ABRIÓ UNA PROFUNDA CRISIS en el socialismo chileno. La vía chilena impulsada por Allende y resistida al principio por la mayoría del Partido Socialista había sido derrotada en forma sangrienta. Las tesis insurreccionales habían tenido su prueba de fuego, pero no se habían implementado. Un debate restringido, subterráneo como la lucha clandestina que se iniciaba, comenzaba a cruzar las esmirriadas y febles estructuras de la organización. Diecisiete años después terminaría con la hegemonía de los antiguos ultra izquierdistas convertidos en fervientes renovados. 

El Partido Socialista de Chile cumplía 41 años de vida el 19 de Abril de 1974. Su vida política había sido pletórica de avances y retrocesos. En sus orígenes, sus principales líderes provenían de cuatro diferentes agrupaciones menores que iban desde sectores masones, pasando por diversas vertientes marxistas (1). Incluso, ex uniformados que habían encabezado la mítica, pero también efímera República Socialista de 1932, estaban entre sus fundadores. Esta matriz grupa] sería una impronta perenne en la vida del socialismo chileno. 

El acervo ideológico se había construido poco a poco. En las primeras décadas había defendido el marxismo como herramienta de análisis, afianzado el concepto de democracia socialista y cuestionado el comunismo soviético. Luego había asumido el marxismo leninismo con el influjo de la Revolución Cubana. Por tanto, entendía la conquista del poder político como previo a la destrucción del Estado burgués. Había impulsado una política de amplia alianza (la Unidad Popular) en el entendido que esas definiciones no cuestionaban las resoluciones del Congreso de Chillán de 1967, que señalaban el inevitable enfrentamiento armado para el logro de nuestros objetivos y que postulaban una alianza más restringida, el Frente de Trabajadores, pero más segura ideológicamente. 

Hoy día, todo esto es muy fácil de explicar, pero esa era sólo una parte de la verdad. La otra parte, era que un importante segmento del Partido Socialista no sólo dudaba del triunfo de Allende en las urnas, sino que además tildaba a Allende de reformista. La mayoría no sólo no entendía la Vía chilena al Socialismo, sino que no se esforzaba en estudiarla ni menos comprenderla. Quizás para asegurar que la carta de navegación, como se dice ahora, o el rumbo, como se decía en esos años, como ya se ha dicho en el capítulo anterior, es que las tendencias más radicalizadas: Elenos y ORGANA, ganaron el Congreso de La Serena. Y en enero del año siguiente al triunfo popular se fusionaron. Los sectores socialdemócratas (o “guatones”), que hasta ese entonces lideraba Aniceto Rodríguez fueron barridos del escenario socialista. 

No por eso el problema dejó de ser menor ¿Cómo se iba a compatibilizar en la práctica esto de tener que defender la institucionalidad burguesa con tener como objetivo su destrucción? Requería saber el momento exacto en el cual -de ser necesario (y de hecho lo fue. Claro que nadie supo qué se iba a requerir, y si alguien lo supo no lo dijo)-, se debía cambiar de estrategia e impedir mediante una correlación de fuerzas sociales y militares que la burguesía se alzara en contra del gobierno popular (una política de disuasión), o tomar antes la iniciativa acorde con las resoluciones políticas de los últimos congresos. Por tanto, se precisaba una extraordinaria flexibilidad táctica y una claridad que ciertamente no se tuvo. 

Esto es fácil decirlo, después de décadas de ocurrida la debacle. No es difícil suponer entonces el nivel de discusión existente al interior del Partido Socialista durante el gobierno de la Unidad Popular, ni tampoco los criterios dispares, ni los intensos debates que ocurrieron post golpe y la grave crisis que enfrentó el socialismo chileno. 

Sin embargo, en honor a la verdad sólo dos sectores socialistas se dieron a la tarea de intentar un análisis serio de la derrota. Por un lado, la dirección de continuidad que encabezó Exequiel Ponce como subsecretario general del Partido Socialista y Carlos Altamirano Orrego, secretario general del Partido en el exilio. 

El sector encabezado por Exequiel Ponce, que representaba la alianza de los ex Elenos, almeydistas y la Juventud Socialista elaboró en el año 1974 el llamado Documento de Marzo. La Coordinadora Nacional de Regionales que agrupó a los sectores más radicalizados dirigidos por Benjamín Cares produjo su principal documento en abril de 1975. Igual cosa ocurrió con el sector liderado por Juan Gutiérrez Soto y su sector identificado como la Dirección para el Consenso. Por su parte, Carlos Altamirano escribió sus primeras reflexiones críticas en 1974, que después plasmaría en su libro Dialéctica de una derrota, escrito en septiembre de 1977 (2). En Chile, hubo que esperar el inicio de un nuevo año para que se comenzarán a conocer los primeros análisis de la derrota. Estos surgieron del sector que era el continuador de la legalidad partidaria (cuestión no menos importante para cualquier organización política). Como era de esperarse el primer documento provocó una agitada y ácida polémica. No era para menos, el Partido Socialista había enfrentado los últimos meses del gobierno popular inmerso en una feroz y voraz discusión interna. La expresión más álgida de ésta la había provocado el Regional Centro de la capital cuando decidió expulsar a Salvador Allende de las filas del Partido Socialista. La acusación era de traición a los principios del Partido. Sin embargo, la mayoría de la Comisión Política del Partido Socialista apoyaba decididamente las tareas del Gobierno Popular. Es más, los sectores más radicalizados en su interior habían decidido renunciar. Era un hecho conocido, en esa estructura, que el más posible reemplazante de Altamirano era Clodomiro Almeyda. Aun así, y tal como se ha señalado en capítulos anteriores, la Comisión Política rechaza por amplia mayoría la idea del plebiscito propuesto por Allende los días previos al golpe de Estado. 

En otras palabras, la Vía chilena al Socialismo, es decir la transición institucional, sin destrucción del Estado burgués, que era resistida mayoritariamente, se había comenzado a hacer carne en las estructuras superiores del Partido Socialista. Volviendo al momento post golpe, lo concreto era que lo que hacía muy complejo el debate era el nivel de desconfianza que se había generado en todos sus niveles. Por ejemplo, era obvio que los sectores de la Coordinadora Nacional de Regionales, no sólo cuestionaban teóricamente el Documento de Marzo, sino que para ellos la dirección carecía de legitimidad. Era, para decirlo en pocas palabras, la responsable de la derrota. De ahí que, en los últimos meses de la Unidad Popular la crisis larvada del Partido Socialista daría paso a la fractura socialista en al menos cuatros sectores. En 1979 llegarían a ser diez los grupos escindidos de la raíz histórica. Pero antes de esa fecha estaría la tarea de la reconstrucción de la dirección clandestina. 

 

Los orígenes de la reconstrucción del Partido: La Patrulla Juvenil Socialista 

Después de la detención de la dirección que remplazó a la de Exequiel Ponce, los sobrevivientes dejaron pasar unos meses y retomaron la actividad con dedicación exclusiva. En su gran mayoría provenían de los antiguos frentes secundarios y universitarios. Todos éramos militantes de la ex Juventud Socialista, disuelta como uno de los primeros acuerdos adoptados con posteridad al golpe de Estado. Era el mes de marzo de 1976. 

Nuestra primera medida fue romper el círculo de la represión que había dejado más de cincuenta detenidos y un detenido desaparecido: Octavio Boettinger. Como se dijo en otros capítulos nuestra decisión fue clandestinizar el trabajo político. Dejar nuestras casas y romper todo vínculo familiar. 

Luego vinieron las tareas políticas. Se envió un emisario a Berlín (RDA), el compañero Jaime Troncoso, conocido como Iron. Este fue el encargado de realizar la primera gestión ante la dirección exterior: legitimar el nuevo núcleo direccional. 

Tarea nada de fácil, considerando la juventud de los nuevos dirigentes y el estigma de la traición de Jaime López. Además del cartel de pro-comunistas que las criticas la Documento de Marzo habían dejado. 

Con respecto a la constitución de la nueva dirección interna del Partido, se adoptó el criterio de cooptar a varios compañeros que reunían las condiciones políticas necesarias en ese instante. Nos basamos en su historia partidaria y en la confianza que en ellos existía. Muchos eran desconocidos para nosotros. En una primera línea de promoción estuvieron Silvio Espinoza del Regional Centro; Augusto Jiménez ex subsecretario del Trabajo del gobierno de Allende; Albino Barra Villalobos, ex miembro del Comité Central; Luis Jiménez que provenía del Frente Sindical, al igual que Luis Maluenda dirigente ferroviario. También estaba Eduardo Charme. En una segunda línea de incorporados se incluyó a Germán Correa, sociólogo adscrito al Regional Centro; Luis Espinoza Garrido de Iquique, Carlos Arriagada Mas de Concepción, Graciela Alvarez de Vallenar, María Lenina del Canto, Julio Stuardo ex intendente de Santiago y Jerardo Espinoza, ex Ministro del Interior del gobierno popular. El siguiente paso fue la realización de un Pleno Nacional. El primero que se efectuaba en la clandestinidad. 

Muchos fueron los problemas y mayores fueron las limitaciones que se tuvieron que superar. Mas la rueda de la historia no se detiene. Así, entre los meses de mayo y junio se procedió a debatir un documento central. El método de trabajo consistía en reunirse en grupos de tres o cuatro, y luego remitir nuestras opiniones y pareceres a la instancia superior. En lo personal, me correspondió participar con Raúl Díaz y Eduardo Charme. Para este efecto, nos conseguimos una casa en el Litoral Central (San Sebastián), a cien kilómetros de Santiago y durante dos días completos estudiamos y discutimos ese documento. Con posterioridad, nuestro trabajo político se fue afianzando, junto con todo el quehacer clandestino. De esa época data el primer número de un boletín informativo: Unidad y Lucha, instrumento de comunicación y divulgación que nos acompañó, ininterrumpidamente, por más de diez años. 

A medida que el tiempo transcurría, los nuevos dirigentes del Partido iban ganando experiencia en las prácticas conspirativas. En una ocasión, llegó Patricio Barra con la novedad de los carnet falsos. En esa época, existían documentos de identidad parecidos a los pasaportes más chicos. Con dos o tres hojas. Estos podían ser lavados con acetona y alcohol y vueltos a escribir. Los timbres se marcaban con tinta. También nuestros métodos de contacto se fueron especializando. Se comenzaron a utilizar los contactos indirectos y los contactos múltiples en caso de pérdida o detención. Así, muchas veces, contratábamos teléfonos de barrio para dejar mensajes. La fórmula era pasar por vendedores viajeros y pagar una cuota para recibir y /o recoger recados. En este período, una tarea vital fue la reconstitución de la Unidad Popular. Tanto la dirección del Partido Comunista como la nuestra habían sido desarticuladas y hechas desaparecer. Por tanto, la tarea tenía un significado mayor. Era hacer fracasar la estrategia genocida de la dictadura militar. Y esto se logró. Nunca más la dictadura pudo destruir los nuevos núcleos direccionales. 

 

El trabajo cotidiano 

Un día, a mediados de 1976, me avisan que el contacto oficial con la dirección del Partido Comunista ha sido restablecido. Debo asumir la responsabilidad de la primera reunión. En una oficina, en la Alameda frente a la calle San Francisco me recibe un joven militante de nuestra organización. Al poco rato aparece el encargado del Partido Comunista. La mentada oficina era una pieza vacía con dos sillas que sería utilizada una sola vez. La reunión es afectuosa. Nuestros análisis son plenamente compartidos. En ellos se avizoraba el próximo término de la dictadura. Por supuesto, que era todo un exceso de confianza y de optimismo. Una vez finalizada la reunión, nos separamos tras el acuerdo de hacer funcionar nuevamente la Unidad Popular y elaborar un documento ad hoc. 

Tres meses después nos informan que se ha establecido contado con la Democracia Cristiana. También debo asumir esa responsabilidad. La reunión se efectúa en una embajada. Los demócrata cristianos no corren riesgos. A ella asiste Andrés Zaldívar. Por esa época, la dictadura permite a la Democracia Cristiana (3) un funcionamiento semi legal. No nos olvidemos que ellos vienen de apoyar el Golpe de Estado y de aprobar la participación de algunos de sus militantes en tareas de gobierno. Pero el año 1975 es importante por cuanto ha marcado el divorcio definitivo entre los antiguos aliados. Por lo tanto, no es de extrañar que existan algunas coincidencias. En esa oportunidad, se les planteó la idea de creación de un frente antifascista. Sin embargo, la Democracia Cristiana rechaza esta propuesta por negarse a participar en cualquier acuerdo que incluyera al Partido Comunista. Al año siguiente, Eduardo Frei Montalva hará público un documento donde explicitará estos puntos de vista. El horno aún no está para bollos. 

Pero las tareas no se terminaban allí. Estaba el desafio de reconstituir la Unidad Popular, oficializar los contactos con el Partido Comunista y establecer vínculos más permanente con la Democracia Cristiana, para discutir la formación de una Coordinadora Nacional Sindical Estas y muchas otras más, fueron tareas que unidas a la estructuración de una organización mínima permitieron, en los hechos, no sólo detener la represión, sino que además legitimar ante el país al nuevo núcleo direccional. Y de paso, resolver la disputa interna que existía con la Coordinadora Nacional de Regionales. 

Así, en la práctica, esta verdadera carta de presentación permitió, no sólo romper los prejuicios pro comunistas del exilio, sino que además permitió que la dirección exterior, encabezada por Carlos Altamirano reconociera el rol direccional del interior. Primero, hubo varias reuniones, siempre en el exilio, entre delegaciones del Interior y parte del Secretariado Exterior. Luego documentos en conjunto, sobre todo el año 1976 y 1977 y, finalmente un Pleno en la ciudad de Leipzig (RDA), conocido más tarde como el Pleno de Argel, donde se legitimó una nueva dirección. La delegación de Chile tenía el mandato de reelegir a Carlos Altamirano como secretario general. A pesar de las resistencias de éste, finalmente aceptó. Todo miel sobre hojuelas. 

 

Aparentemente. La represión vuelve a la carga 

En marzo de 1976 el núcleo direccional decide estructurar una nueva Comisión Política. La idea central es mantener una dirección en la reserva estratégica en caso de que ocurriera una nueva debacle represiva. Además de darle continuidad tendencial al esfuerzo político que se estaba realizando para mantener en pie la opción del Partido. La nueva Comisión Política la integrarán Eduardo Charme, Albino Barra, Augusto Jiménez, Silvio Espinoza y Patricio Barra. 

Sin embargo, la represión nos hace cambiar de planes. En septiembre de 1976 es asesinado, en calle Olivos con avenida La Paz, Eduardo Charme integrante de la Comisión Política. Era este un joven egresado de Ciencias Políticas de la Universidad de Chile, quien después de varios años de estar detenido, se reintegra a las tareas clandestinas. Es un místico de la lucha, pertenece a la generación del Che. Ha integrado el sector de los Elenos desde el ato 1968. Lleva siempre un arma consigo. Recuerdo una ocasión, en que comentábamos los incidentes de una intensa reunión, abre su chaqueta y me muestra una pistola 7.65 automática, para decirme que no volverá a ser detenido. No está dispuesto a resistir nuevamente la tortura. Antes prefiere morir. No sabemos si alcanzó a usar su arma, si tuvo tiempo de dispararla, en el momento en que los esbirros de la DINA dispararon sobre él Esta circunstancia histórica llevó a que se decidiera mi incorporación a la Comisión Política. 

Al año siguiente, abril de 1977, es desarticulada la vital estructura de comunicaciones con el exterior. Un descuido, una pérdida de documentos fotografiados cae en manos de la represión. Vicente García es detenido y hecho desaparecer. Vicente era el joven guardia de la primera reunión con el Partido Comunista un año antes. Su rostro me sigue mirando a través de los afiches de los detenidos desaparecidos que aún claman y exigen justicia. También son detenidos Jaime Troncoso y el abogado Bello Doren. 

Hace unos años atrás leí, en una crónica en el periódico The Clinic, una semblanza escrita por su hermana Mireya García. Me hice un tiempo para conversar con ella. Meses antes de comenzar a escribir esta crónica. Me enrostró la responsabilidad que la dirección de esa época había tenido en la detención de su hermano, no por que fuéramos los responsables directos sino seguramente por las peligrosas funciones que le habíamos encomendado o quizás por el hecho que su madre no encontró todo el apoyo suficiente en la búsqueda de su hijo. 

Pero hubo algo más en esa conversación, y muy legítimo en mi opinión. La pregunta directa fue ¿por qué él? ¿Por qué ese joven en la flor de la vida? ¿Y por qué el resto se salvó? ¿No resistió la tortura y los otros sí? ¿Los otros hablaron y él no? O, lo que podía ser peor, ¿ellos delataron a Vicente y por eso están vivos? Creo, le dije, que él siendo más joven y de una personalidad fuerte, que sus fotos delatan, fue víctima del ensañamiento de los esbirros. El mismo ensañamiento que en una tarde de 1985, en las costas de Quintero a 120 kilómetros de Santiago, desató la dictadura contra Carlos Godoy Echegoyen, otro joven de los muchos que brindaron sus vidas para combatir la dictadura militar. Según los compañeros que cayeron detenidos con Carlos, éste fue víctima de la perfidia y cobardía de los carabineros que los detuvieron. Por esa mirada tranquila, pero inquebrantable, con un dejo de seguridad y también de suficiencia que da ser joven, y por lo mismo peligrosa, que lo unió para siempre con el destino de Vicente. 

 

Volvamos a nuestra historia. 

Los demonios se escapan. Una nueva crisis se vislumbra en el firmamento 

A los pocos meses de concluido el Pleno de Argel comienzan los problemas. Nosotros asumimos que son consecuencia de problemas orgánicos más que políticos. Hernán del Canto me confidencia que una vez terminado ese Pleno, Carlos Altamirano se confiesa con él: 

“( ...) No creo que esto vaya a resultar”. (4) 

En Chile desconocemos el trasfondo político de la crisis. Nuestras delegaciones no han tenido la perspicacia política o han sido muy inmaduras para darse cuenta. Al parecer ambas cosas. Nos decidimos a resolver las cosas democráticamente. Convocamos a un pleno nacional en Chile. El Tercer Pleno Nacional Clandestino. Durante meses debatimos un documento central. Montamos una oficina en pleno centro de Santiago. Instalamos una máquina de última generación que permitía que los originales se fueran rápidos a la imprenta. Y Patricio Barra junto una joven secretaria, Ximena, se encargaban de incorporar al debate final todas las propuestas que vinieran de las bases. Algo inédito, pero que sentará escuela en el Partido Socialista. Uno de los temas centrales que se pone en discusión es el traslado de la Secretaría General a Chile. 

Seguimos la regla de oro de las crisis partidarias. Resolverlas con medidas de carácter orgánico. Nunca han resultado. Esta vez tampoco tendrán éxito. Efectivamente, en las sesiones finales nos damos cuenta que tal como va la cosa es mejor dejar un Secretario General afuera de Chile. La razón es muy simple. No tenemos capacidad para potenciar públicamente un líder desde la clandestinidad. Así es que optamos por Clodomiro Almeyda. 

Pero no contamos con que Altamirano ya ha tomado una decisión que nos ubica en el peor escenario: el quiebre partidario. Altamirano no asiste a la reunión del exterior. Luego dirá que la decisión del quiebre ya estaba tomada. Me lo reafirman en Chile veinte años después otros dirigentes (5). Según ellos, el Partido Socialista histórico, marxista leninista, aliado con el Partido Comunista no da el ancho necesario para resolver la crisis en Chile. Este hecho marcará el inicio de la renovación al interior del Partido. 

El sector de Altamirano era minoritario en Chile, así es que luego de una reunión efectuada en París, a fines de 1979, se resuelve hacer ingresar un contingente de socialistas para implementar sus políticas. Ricardo Núñez que ha ingresado antes clandestinamente vuelve a salir para retomar definitivamente. 

En todo caso, los renovados cuentan con sectores que se han ido distanciando poco a poco del Partido Socialista en el año 1978, incluidos integrantes del propio Comité Central- Pero otros sectores se mantienen en la neutralidad. Ocurre, por ejemplo, con el sector que encabeza Ricardo Lagos Escobar. 

Dentro de mis funciones direccionales me correspondió ser su contacto oficial. Lo visitaba en su oficina de la OIT en pleno barrio providencia. En una de las primeras reuniones me planteó su idea de ingresar al Partido Socialista. Lo solicitó oficialmente. El trámite en la Comisión Política fue rápido y por cierto positivo. Se lo comuniqué personalmente. Le hablé del pleno en marcha y le entregué los documentos correspondientes. Cuando estalló la crisis partidaria, me planteó que se mantendría al margen de la pugna. Pero en 1980, nos enteramos que lideraba al sector identificado como los “Suizos”. 

(1) Julio Cesar Jobet. El Partido Socialista de Chile. Editorial Prensa Latina. Chile 1970. 

(2) Carlos Altamirano, Dialéctica de una derrota. SigloXXI Editores. España 1977. 

(3) La Democracia Cristiana fue puesta fuera de la ley en 1976. 

(4) Dialogas con Hernán del Canto. 

(5) Diálogos con Alfonso Guerra. 

 

XIV. UN PARTIDO SOCIALISTA FRAGMENTADO

 

LOS PEORES MOMENTOS DE DIVISIÓN DEL PARTIDO SOCIALISTA estuvieron entre los años 1979 y 1989. Una división que llegó al límite de lo absurdo. Diez grupos distintos se disputaban la legitimidad del Partido de Allende. 

Sin ningún orden de importancia, para evitar desmentidos innecesarios, sus nombres y principales orientaciones eran: Partido Socialista / Almeyda (sustentaba la tesis de la política insurreccional de masas y luego la ruptura pactada). El Partido Socialista / Núñez (sector renovado que postulaba la negociación sin ruptura). El Partido Socialista / Suizos (liderada por Ricardo Lagos Escobar y propiciaba una salida negociada). El Partido Socialista / CNR Indoamérica (dirigida por Marcelo Castillo, propugnaba una política insurreccional). El Partido Socialista / CNR Revolución (Jaime Sauvalle, clamaba por una política insurreccional). El Partido Socialista / 24 Congreso (ex La Chispa, comandado por Ruiz Moscatelli postulaba una política de corte insurreccional). El Partido Socialista / Comandantes (Eduardo Gutiérrez, postulaba una política insurreccional). El Partido Socialista / Histórico (Juan Gutiérrez, estaba por una negociación pactada). El Partido Socialista / Mandujano (Aniceto Rodríguez, era partidario de la negociación pactada). El Partido Socialista / Salvador Allende (ex Bruselas. Allí estaba Robinson Pérez, y su eje programático era una política insurreccional). 

Por supuesto que el Partido Socialista nunca había sido una organización monolítica. Su propia historia, como hemos comentado en otros capítulos, nace de la fusión de cuatro grupos. A partir de su fundación (en abril de 1933), numerosas fracturas tapizan su devenir político. En 1952, la mayoría del Partido Socialista apoyó la candidatura del ex dictador Carlos Ibáñez del Campo. Mientras la minoría postulaba por primera vez a Salvador Allende a la presidencia de la República, en alianza con el Partido Comunista. En 1957 se produce la fusión, y luego en 1968 la división encabezada por Raúl Ampuero y la formación de la Unión Socialista Popular, de breve y efímera vida. Después del golpe de Estado el Partido se divide en cuatro sectores. 

Las múltiples fracturas gestadas a partir de 1979 fueron producto de la mayor crisis política e ideológica que tuvo el Partido Socialista en su ya larga historia. Esta crisis tenía como componente subjetivo, la desconfianza que había generado el golpe de Estado en la conciencia de muchos militantes. Y, como factores objetivos, la diferenciación en torno al cómo lograr la derrota de la dictadura militar. 

La primera línea divisoria se produjo en torno a la política de alianzas para derrocar al régimen de Pinochet. Un sector importante, entre los que se contaba a Carlos Altamirano, Clodomiro Almeyda, Aniceto Rodríguez; la Dirección Interior de Exequiel Ponce y la Dirección para el Consenso postulaba la necesidad de la unidad con la Democracia Cristiana para sumar fuerzas contra la tiranía. Obviamente, existían matices entre estos distintos grupos, pero en sus líneas gruesas sobre el punto, había amplia coincidencia. Otros sectores, como la Coordinadora de Regionales y La Chispa rechazaban abiertamente tal posición. 

La segunda línea divisoria se gestó en torno a las formas de lucha. La mayoría apoyaba la idea de la aplicación de “distintas formas” incluida la militar. Aquí los matices fueron mayores. Para la CNR y La Chispa, lo fundamental era preparase para la guerra en contra del régimen. De ahí devenía el carácter del Partido que postulaban reconstruir: uno de carácter político-militar. No obstante, para la mayoría el tema de la lucha militar se dejaba para un futuro no definido, a la espera de que se crearan las condiciones objetivas para enfrentarlo, el cual había signado buena parte la vida del Partido Socialista. Sólo el sector de Aniceto Rodríguez (1) y la Dirección para el Consenso (2) fueron taxativos en rechazar toda alternativa que incluyera la utilización de cualquier forma de lucha armada. 

Otro tema de especial importancia en la crisis, y de claro componente ideológico, comenzó a ser discutido: el tema del carácter del Partido. Discusión que luego derivó en el tema del proyecto estratégico o de los objetivos últimos por los cuales luchaba el Partido Socialista. Este delicado y trascendental tema tardó años en configurarse como aspecto de crisis interna, pero terminó por imponerse como un aspecto del debate aún no claramente definido, a casi treinta años de la derrota del gobierno de la Unidad Popular. 

¿Por cuál tipo de sociedad luchaba el Partido Socialista? ¿Con qué herramientas ideológicas se construiría ese futuro? ¿Y cómo se diseñaba el camino para lograr ese objetivo? Estos temas habían estado virtualmente resueltos en la larga historia del Partido Socialista. Pero la derrota del gobierno popular había calado demasiado hondo en la conciencia; y por otro lado, la situación internacional se fue haciendo demasiado determinante para que no influyera en nuestra realidad. Como se señala en párrafos precedentes, este tipo de crisis tuvo una lenta gestación, pero se fue abriendo paso subrepticiamente, e incluso torcidamente. 

El Documento de Marzo (1974) fue la primera aproximación a un análisis detenido de la derrota de la Unidad Popular. Y, excesivamente, autocrítico con las falencias del Partido Socialista. Estas fueron definidas, en lo esencial, como producto de desviaciones pequeño burguesas en su seno. Al hacer el balance de la conformación social real del Partido Socialista, más ligado a las capas medias y al naciente proletariado industrial, y al vincular al Partido Comunista a la clase obrera tradicional en la época de su fundación, dio motivos para que al documento se le acusara de ser pro comunista. De esta forma, por años el tema de debate obligado en el socialismo criollo, fue la delimitación clara y precisa de nuestras diferencias con el Partido Comunista de Chile. 

Mas en la práctica, ¿existían estas diferencias? Habría que responder afirmativamente: las había muchas y muy claras. Ya habían sido definidas en los congresos partidarios y habían dado espacio a numerosas misivas entre los secretarios generales del Partido Socialista y del Partido Comunista (3). Entonces, de que se trataba toda esta discusión ¿era una pelea contra molinos de viento? Nadie en el Partido defendía las tesis históricas del Partido Comunista. Su política de Liberación Nacional, de alianza entre el proletariado y sectores de la burguesía nacionalista, era refutada por la política del Frente de Trabajadores del Partido Socialista, de exclusiva alianza entre el proletariado, los campesinos y los pobres de la ciudad y del campo. 

Nadie defendía tampoco la estrategia del Partido Comunista. La existencia de etapas sucesivas para pasar de la revolución democrático burguesa, a otra etapa de revolución socialista, que resultaba de su diseño. El Partido Socialista había rechazado abiertamente esta tesis. Por el contrario, postulábamos que existía una fase ininterrumpida entre tareas democráticas avanzadas y las tareas socialistas. De igual forma, nadie defendía la adhesión de nuestro Partido a ninguna internacional ideológica. Se rechazaba de plano la política del Partido Comunista de adscripción a la Internacional Comunista; y luego, cuando ésta fue disuelta, la excesiva dependencia de los comunistas chileno a las políticas emanadas desde Moscú. 

Como consecuencia lógica de ello, la mayoría de las veces, por no decir todas, tuvimos visiones distintas sobre los acontecimientos internacionales que dieron pábulo a controversias en el “mundo socialista”. Por esto el Partido apoyó a los comunistas yugoslavos en su lucha por lograr la autonomía de Moscú. De igual manera, se rechazó la invasión a Checoslovaquia (La primavera de Praga, 1968) y fuimos muy conscientes para no adscribirnos a ningún sector en la pugna Chino-Soviética. En cambio, el Partido Comunista chileno hizo todo lo contrario. 

En torno a la discusión sobre las formas de lucha con el Partido Comunista también existieron marcadas diferencias. Nuestros congresos partidarios reafirmaban, una y otra vez, la inevitabilidad del enfrentamiento armado para la conquista del poder; en cambio, el Partido Comunista fiel a su política de etapas, postulaba la conquista pacífica de los objetivos democráticos revolucionarios, ante de cualquier otra decisión. 

Tampoco nadie defendía el tipo de socialismo que postulaban los comunistas. El Partido Socialista rechazaba la tesis de la dictadura del proletariado y enarbolaba una más abierta y más democrática: la República Democrática de Trabajadores. Finalmente, y en forma no menos clara y definida, el Partido Socialista postulaba un socialismo democrático a diferencia del burocrático, hecho esencial que nos permitía criticar al Partido Comunista chileno por su incondicionalidad a la política de la Unión Soviética (y del PCUS). 

Sobre este último aspecto, la diáspora socialista en el exilio profundizó estas diferencias con el Partido Comunista. Lo que era lógico por lo demás. El sector liderado por Carlos Altamirano, hay que reconocerlo, fue el más enfático en su crítica. El sector de Clodomiro Almeyda obvió en sus discursos una posición más crítica. Sin embargo, Altamirano fue abiertamente crítico sólo a partir de 1980, cuando la crisis del Partido había explotado y los demonios se habían soltado. Hasta ese año, e incluso hasta el año siguiente, las posiciones tanto de Altamirano, Almeyda como de la Dirección Interior de Chile no tenían mayores contradicciones. Por lo demás, esa había sido la base política doctrinal para los acuerdos de 1976, 1977 y 1978 que habían legitimado la Dirección Interior, resuelto las dudas y desconfianzas entre el exilio y el socialismo del interior y de paso habían aislado al sector de la CNR y de La Chispa y a los más proclives a esa política en el exilio, como el ex subsecretario general Adonis Sepúlveda (4). 

A partir de 1980 se gesta un giro radical en la política del Partido Socialista, que luego se conocería como de renovación y la lideraría Carlos Altamirano, el ex líder del sector más radical e izquierdista del Partido Socialista. La temática renovada se había abierto paso en el exilio y una de sus primeras manifestaciones la había constituido el discurso de Carlos Altamirano en el aniversario del Partido en ciudad de México (1978). Ahí había postulado la necesidad de una alianza entre el Partido Socialista y la Democracia Cristiana, dado que ambos eran representativos de las capas medias de la sociedad chilena. No profundizó más. Su opinión se debatió en el Secretariado Exterior, pero en Chile no se conoció la polémica. Hasta 1979 no hay síntomas del cambio. Para nadie es un secreto que Carlos Altamirano es un intelectual de pluma fácil. Sin embargo, hasta esa fecha (1979) sus libros y sus muchos documentos nada dicen sobre los “futuros aires de renovación” (5). Sólo al año siguiente del quiebre partidario (1980), comienza a explicitar las diferencias. De esa forma, nos vamos enterando que la renovación postulaba construir una alianza estratégica con la democracia cristiana. Y se desecha, definitivamente, la alianza con el Partido Comunista. Se rechazan todas las formas armadas de lucha y se cuestionan los principios básicos del marxismo, y desde luego, el leninismo. Todo un vuelco de ciento ochenta grados. Y para que no quede ninguna duda, se comienza a plantear la idea de humanizar el capitalismo. Pero eso sólo se hará después de 1990. 

Tras la fragmentación de 1980, en el socialismo criollo se desataron indudablemente diferencias que no sólo tenían que ver con la forma cómo derrocar la dictadura militar, sino que también revisaba todo el acervo político y doctrinal del Partido Socialista hasta esa fecha. El terna del supuesto pro comunismo de la Dirección Interior, tributaria del Documento de Marzo, fue un simple pretexto para enmascarar la crisis, más que un factor real. La historia aún no se termina de escribir sobre este punto. 

Han pasado más de veinte años desde el inicio del giro político ideológico del Partido Socialista. Al principio, el sector renovado fue minoría. La negociación de 1988 liderada por la Democracia Cristiana, le abrió un importante espacio de hegemonía en la conducción del Partido Socialista. Para algunos que sabían lo que estaba sucediendo, peto que no sabían cómo explicarlo, definieron a este “contradictor” interno como la “legión extranjera”(6), por el hecho de que muchos de sus promotores habían regresado del exilio. Otros, acusaron de “entrismo” a los sectores provenientes de la Izquierda Cristiana y del Mapu que ingresaron al Partido. 

La misma acusación que había enarbolado Aniceto Rodríguez (7) para definir la hegemonía de los Henos en el Congreso de La Serena de 1971. 

Pero la verdad, en todos estos sucesos históricos, hay que buscarla con mayor profundidad. No es posible explicar este giro político sólo como la expresión de la voluntad y del dinero (que lo hubo) ni tan sólo del apoyo de la socialdemocracia internacional (que también la hubo). Como tampoco es posible explicarse el fenómeno de la influencia de los Elenos en el Partido Socialista por la sola simpatías y apoyo a la revolución cubana (que también existió). Existe un sinnúmero de antecedentes que explicaban ambos fenómenos aún siendo realidades contrapuestas. No podían ser tan pérfidos quienes siendo de los Henos se hubieran transformado en renovados, y muchos de ellos hasta neoliberales. 

El más importante de los antecedentes a considerar creo que fue la crisis del bloque socialista del Este europeo. El Partido, a pesar de su visión autónoma e independiente en el campo internacional, no había escapado al influjo de numerosos hechos internacionales, y siempre en estos había tomado Partido contra la Unión Soviética, para ser más preciso, contra la opinión del Partido Comunista de la Unión Soviética. La llegada de muchos de nuestros dirigentes a la República Democrática Alemana había reafirmado esta visión crítica al tipo de sociedad que ahí se construía. No para todos, pero sí para muchos. 

La crisis y derrumbe del bloque soviético fue un factor determinante que ayudó a esa visión definida como renovada. Luego, en 1989 vino el tipo de transición pactada que también ayudó a potenciar esas visiones. Después de diecisiete años de dictadura, esa salida, lejos de ser rechazada, significó para la mayoría de los chilenos una esperanza de cambios democráticos reales. Finalmente, la hegemonía aplastante de Estados Unidos y de una sola visión de modernidad capitalista terminó de aplastar (por el momento) todo esfuerzo por revertir la hegemonía del núcleo conductor renovado. 

La crisis, la derrota de los Elenos y su desaparición a pesar de ser claramente hegemónico en el Partido Socialista de los años 70, habría corrido una suerte diferente si no hubiese habido derrocamiento del gobierno popular. Pero hubo un cruento Golpe de Estado de por medio. 

Para terminar este capítulo, digamos que el triunfo de Ricardo Lagos Escobar (2000) en la presidencia de la República, no sólo potenció aún más al núcleo renovado sino que constituyó la máxima aspiración de su diseño original. Su mayor debilidad lo constituye el hecho de que Ricardo Lagos asumió, no en un contexto de un diseño socialdemócrata, sino en uno de carácter neoliberal moderado. Paradojalmente, el mismo problema que tuvo el núcleo de los Elenos en 1970. Asumió la hegemonía para conquistar el poder a través del enfrentamiento armado y tuvo que administrar la transición pacífica al socialismo. 

Para algunos socialistas el problema es que se había pasado del dogmatismo marxista al dogmatismo neoliberal, secuelas de las visiones escolásticas heredadas de la influencia de la Iglesia Católica en estos confines del mundo occidental. 

(1) Aniceto Rodríguez. Unidad y renovación. Dialéctica para la victoria. Del memorándum presentado en reunión de Venezuela. 1975. Ediciones Chile América. Chile 1990. 

(2) Conversaciones con Juan Gutiérrez Soto. Diciembre 2001. 

(3) Polémica entre Raúl Ampuero y Luis Corvalán. Editado por Prensa Latinoamericana. Chile, 1962. 

(4) Acuerdos Dirección Exterior- Interior. Documentos de 1978. 

(5) Dialéctica de una denota. Editorial Siglo XXI. España 1977. Mensaje a los Socialistas del Interior 1977. 

(6) Definición acuñada por Mario Palestro. Ex alcalde de San Miguel, ex diputado de la República. 

(7) Aniceto Rodríguez. “Caracterización del Partido Socialista de Chile”. En Revista Convergencia 1981. Editado en el libro Dialéctica para una victoria, op. 

 

XV. EL PARTIDO SOCIALISTA (ALMEYDA) AL PIZARRÓN

 

MUCHA AGUA CORRERÁ BAJO LOS PUENTES, antes de que el núcleo conductor de la renovación socialista se asiente en la realidad política chilena. Entre 1979 y 1989 ocurren varios hechos importantes. De partida, al año siguiente de la crisis del Partido Socialista se institucionaliza el régimen militar. Se aprueba la Nueva Constitución. Sin embargo, al año siguiente, 1981, surgen los primeros gérmenes de la mayor crisis económica ocurrida en Chile desde la década del treinta. También ocurre otro hecho que nosotros no pudimos preveer: el inicio de la crisis terminal del Partido Socialista / Almeyda. Esta crisis fue distinta a ]a ocurrida con la CNR, por cuanto ésta fue consecuencia de las políticas erradas, complementadas con una fuerte infiltración de los agentes de la dictadura. La crisis almeydista fue, sin duda alguna, una crisis política. Pero derivada de la fórmula de salida al régimen dictatorial y del derrumbe de los llamados socialismos reales europeo. Sin embargo, antes de que la crisis se produjera nuestros análisis hacían preveer todo lo contrario. 

En 1980, América Latina seguía siendo un continente cautivo de la dominación norteamericana y de las castas militares criollas. Pero el socialismo practicado en los países del bloque soviético se veía fuerte y auspicioso. En 1981 ocurrió no obstante un fenómeno internacional inesperado. La invasión soviética a Afganistán. 

En ese momento, muchos de nosotros (los que pertenecían al Partido Socialista / Almeyda) optamos por una posición neutral. Ni aprobamos ni rechazamos la invasión. El Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) seria muy crítico a esta postura que nosotros veíamos como una política autónoma. La ocasión de sopesar las presiones se presentarían en una reunión efectuada en Moscú del Secretariado Exterior, que por esas cosas del destino me correspondió presenciar en mi calidad del integrante del Comité Central. En esa época, confluyeron variados factores que hicieron necesaria la presencia del Comité Central en el Exterior. De partida, siendo la reunión programada en la Unión Soviética, el PCUS se comprometía con la entrada y la salida de la delegación que viajara desde Chile. Por segunda vez, optamos por sacar a un dirigente del Comité Central en forma clandestina, el primero había sido Carlos Altamirano. Luego esa responsabilidad me correspondió asumirla. 

Los preparativos previos no fueron fáciles. En primer lugar, debíamos proveer los datos reales de un chileno que no tuviera antecedentes de ninguna especie. Aproveché mis contactos oficiales con la estructura de comunicaciones con el exterior que estaba bajo mi mando para que los datos enviados no sufrieran ningún tipo de percance. En segundo lugar, enviamos un negativo de mi fotografía y los datos de un camarada que estaba en el exilio (un amigo de la infancia). A las pocas semanas, tuvimos de vuelta un carnet de identidad de excelente factura y todos los datos y recursos para el viaje. El itinerario sería Mendoza, Buenos Aires, Madrid, Roma, República Democrática Alemana y la Unión Soviética. 

El viaje desde Santiago se hizo sin contratiempos. El contacto en Mendoza funcionó a la perfección. Ahí me recogió una joven militante de la Juventud Socialista cuyos rastros, como muchos otros, se perdió en el devenir de nuestra historia. Con ella viajé hasta Roma. De allí fuimos conectados por otra compañera, militante del Partido adscrita a la estructura de Berlín. Desde Roma, viajé solo a la RDA. Ahí fui recibido por los viejos amigos, los fundadores de la Patrulla Juvenil. Una oportunidad invaluable para conversar durante largas horas con ellos y con Clodomiro Alrneyda. Las conversaciones son amenas y distendidas. No podía ser de otra manera. En ese momento se observa una estructura direccional consolidada. 

Sin embargo, me llama la atención la atmósfera de Guerra Fría que reina en toda Europa, lógica para la época, pero distante para nosotros, al menos en los términos que ahí se daba. Me correspondió dormir en una casa de huéspedes, con refugio subterráneo antiatómico incluido. En Holanda y Suecia existen tiendas donde, cada cierto tiempo, se rematan los alimentos envasados antes de que caduquen en sus fechas: son los alimentos envasados en los centros de acopio en caso de conflagración mundial. 

Desde Berlín, la delegación chilena viajó a Moscú, lugar de la reunión. Llegan numerosos delegados del exilio: Galo Gómez y Víctor Barberis de México. Se encuentran también allí muchos compañeros que no conozco: Fidelia Herrera, Rolando Calderón, María Elena Carrera, Andrés Sepúlveda. Otros que son camaradas de la Juventud Socialista del año 70: Gregorio Navarrete y Robinson Pérez. 

En esa oportunidad, Clodomiro Almeyda entrega su informe y luego me cede la cabecera de la extensa mesa de debate para que exponga el informe político del interior. Doy cuenta de la situación político social del país. Una realidad desfavorable, también me refiero a nuestro feble estado orgánico producto de los ya largos años de clandestinidad y represión. Hay consternación por la crudeza del informe. Muchos de los presentes están acostumbrados a viajes furtivos de compañeros que pintan todo color de rosa. Les cuesta creer que sea tan dificultoso llegar a acuerdos con la Democracia Cristiana; no se explican el porqué de la debilidad orgánica y porqué el movimiento de masas se encuentra inerme. Más de algún camarada, en las intervenciones posteriores, llega a mencionar de que para golpear la conciencia de las masas en Chile la dirección política se debe inmolar. Por supuesto que él no se mueve de donde está. 

Deduzco de que todo se achaca a las debilidades políticas de la Dirección Interior. Esto me lo reafirma Rolando Calderón un año después, en un viaje clandestino que realiza a Chile, cuando ya la crisis del modelo se hace evidente y se comienza a perfilar un movimiento social más activo: 

“ ( ...) Ahora entiendo por qué no se podía avanzar más (reconoce). Es que hace un año atrás no existían las condiciones para hacerlo”. 

Aún así, en aquella ocasión mostramos nuestra cartas de triunfo como dirección que no dejan de ser importantes: en Chile se reconstruye la Central Única de Trabajadores, bajo el nombre de la Coordinadora Nacional Sindical; se mantienen relaciones fluidas con los demás Partidos de la Unidad Popular. También informamos que, como producto de nuestro novel trabajo militar, aportamos cinco mil dólares a la guerrilla salvadoreña. La reunión de todo un día culmina con la aprobación de un plan masivo de reingreso y de un compromiso para entregar más recursos a la causa en Chile. Nuestra contabilidad indicaba que recibíamos 8 mil dólares mensuales que alcanzaban apretadamente para financiar veinte activistas por un sueldo de 200 dólares mensuales, arriendo de oficinas, viajes por el país y la edición oficial del periódico Unidad y Lucha. Luego de finalizado el cónclave debo esperar cerca de un mes para retornar a Chile. 

Ahí (en Moscú), en medio de múltiples botellas vodka y caviar rojo, se establecen lazos de confianza con Yuri, el encargado del PCUS para las relaciones con Chile y en particular con el Partido Socialista. Uno de los temas principales de conversación es la cuestión de Afganistán. Hay una explícita presión para que el Partido Socialista / Almeyda apoye oficialmente la invasión. Con todo, me atengo a las resoluciones del Interior que no aprueban, pero que tampoco rechazan abiertamente la política soviética. Nadie podía augurar en esos momentos que Afganistán no sólo se convertiría en una derrota y en un factor más del descalabro del socialismo en Europa, sino en un infierno que, veinte años más tarde (en otro 11 de septiembre), asolaría los cielos de Nueva York. 

 

El retorno 

Mientras se desarrollan estos debates, se preparan las condiciones para mí regreso al país. Esta vez, y para evitar problemas, volveré con identidad española y con la misma profesión. Ahora soy un cirujano dentista nacido en Alcalá de Henares. El Itinerario será Austria, la puerta de entrada y salida de los espías de ambos bandos durante la Guerra Fría, luego Brasil, Bolivia (La Paz) y aterrizaje en la ciudad de Arica. 

Todo funciona a la perfección. En la fila de entrada se me acerca un funcionario de carabineros para solicitarme los documentos de identidad, un control de rutina, estreno mi acento español. A la salida, tomo un taxi para dirigirme a comprar pasaje en avión para Santiago, pero veo mucho movimiento que para mi son sospechosos. Efectivamente, hay demasiado control policial en las calles. Le pregunto al taxista qué es lo que sucede. Este me cuenta del asombro y la consternación que reina en la zona por el descubrimiento de un millonario asalto a un banco en la ciudad de Calama y la posterior desaparición de dos cajeros de la misma entidad. Con posterioridad, la ciudadanía conocerá la verdad. La DINA, en una criminal operación de asalto bancario ha cerrado su acción asesinando con explosivos a los dos cajeros en el desierto de Atacama. Para aumentar mis aprehensiones, el taxista no se convence de que yo sea español. Le argumento de que he estado muchos años fuera del país. Me doy cuenta, como se dice en buen chileno que en este caso “la explicación agrava la falta”, así es que decido modificar mis planes. Me dirijo al terminal de autobuses, destruyo todo vestigio de identidad española y vuelvo a ser un simple ciudadano chileno. 

La operación completa ha tenido un costo de 10 mil dólares, esto me lo comentan los propios soviéticos en la despedida, pero sólo se han gastado 6 mil, así es que proceden a entregarme el saldo. En Chile, junto al informe a la Comisión Política hago entrega de los 4 mil dólares restantes. Por esos días, a nadie de la dirección se le hubiera ocurrido quedarse con un “vuelto” de ese volumen. Eran otros tiempos. 

 

XVI. A MODO DE EPÍLOGO

 

Ni LA TESIS DE LA RUPTURA PACTADA QUE SOSTENÍAN al interior del Partido Socialista / Almeyda, los sectores “terceristas”, ni menos el derrocamiento de la dictadura que postulábamos los “comandantes” resultó el mecanismo para desembarazarse de la dictadura militar. En definitiva, lo que se impuso fue LA NEGOCIACIÓN SIN RUPTURA que impulsaban los socialistas renovados con el acuerdo y el liderazgo de la Democracia Cristiana. Eso les daría a estos sectores del socialismo una ventaja estratégica en el control del poder interno del Partido Socialista en la década siguiente. La llamada década de la “transición”. 

Las protestas del año 1983 habían abierto un nuevo escenario político en el país. Los partidos opositores a la dictadura que durante diez años habían sobrevivido en la total clandestinidad, o en un estado de semi legalidad como la Democracia Cristiana, aparecieron a la luz pública. La situación política había dado un nuevo vuelco. De la euforia pinochetista de los ochenta, plebiscito y nueva constitución incluida, se había pasado dos años después a una profunda crisis económica y social. Faltaba la crisis política, pero ésta ya vendría. 

La crisis económica se comenzó a manifestar a partir de 1982. Sin embargo, contra de nuestros augurios el movimiento social seguía inerme. Tanto el Partido Comunista como nosotros articulamos una serie de iniciativas tendientes a provocar una reacción popular, pero hasta ese momento no sucedía nada. En lo económico, la crisis significó una brusca caída de la producción industrial. Ésta se precipitó bajo un 14,8 por ciento y la cesantía se empinó por sobre el 38 por ciento. La dictadura realizó sucesivas maniobras dilatorias cambiando los gabinetes, eufemísticamente llamados por la prensa adicta (por lo demás, la única que existía) “gabinetes de la esperanza”. 

El Partido Comunista comienza a impulsar las marchas del hambre y nosotros los mítines relámpagos, también se implementan precarias acciones de propaganda avanzada. En este contexto, la Confederación de Trabajadores del Cobre convoca al primer paro nacional, que después de transformaría en la Primera Protesta Nacional, una sui generis forma de manifestación popular masiva, que poco a poco van desestabilizando al régimen militar. 

Como unas de las primeras consecuencias de esta irrupción masiva de los sectores populares y capas medias, comienzan a aparecer los partidos de izquierda y la Democracia Cristiana, en forma pública. El debate sobre las propuestas alternativas a la dictadura adquiere un tono real. Ya no es la discusión bizantina de los núcleos que sobreviven los primeros años de dictadura. Se reactiva la política, las asambleas populares en barrios, poblaciones y universidades. Se vuelve a debatir sobre el poder popular, las vías y formas de lucha, sobre democracia y socialismo, sobre clase obrera, sobre la vigencia de la teoría marxista y socialdemócrata. 

Pero también (y como es natural), irrumpen las contradicciones al interior de los núcleos direccionales. En nuestro Partido, conocido como PS / Almeyda, surgen distintas visiones. Algunas toman abiertamente una fórmula orgánicamente distinta. Es así como en la propia Comisión Política un sector liderado por Akin Soto y Julio Stuardo, junto a otros sectores socialistas, dirigidos por Carlos Altamirano, Jorge Arrate y Ricardo Núñez conforman, junto a la Democracia Cristiana y el Partido Radical, la Alianza Democrática. El núcleo de los socialistas aliancistas es la base de la tendencia renovada dentro del Partido Socialista. 

En lo que respecta a nosotros, en esta iniciativa vemos un esfuerzo por promover una salida negociada con el régimen militar, y una intención de aislar a los sedo-res revolucionarios que luchaban por el derrocamiento de la dictadura. Es la llamada ruptura pactada, que por el momento une a los sectores políticos de centro y que, según nuestra opinión, están arrastrando a un sector de izquierda a su diseño. Estrategia que busca presionar con el naciente movimiento social al régimen militar y obligarlo a negociar desde posiciones de fuerza. 

Para nosotros, en las protestas callejeras, está el inicio de un movimiento con mayor proyección, que busca derrocar la dictadura militar, obligar a las Fuerzas Armadas y de Orden a retirarse a sus cuarteles, y de provocar una derrota política a los ejecutores del golpe de Estado. 

En ese instante, nuestro análisis es que la crisis política del régimen continuará agravándose, que la dictadura está aislada y que ante ese cuadro lo que hay que hacer es acumular más fuerza. También entendemos que la aparición de la Alianza Democrática anticipa una futura lucha por la hegemonía entre dos visiones no sólo de cómo terminar con el régimen militar sino también de los proyectos democráticos futuros. No nos equivocamos en este aspecto. 

Pero este análisis no es del todo compartido en el Comité Central ni tampoco en la Comisión Política. En el Secretariado Exterior también existen visiones distintas. Es más, el propio Akin Soto se encarga de difundir la especie de que tras su propuesta está el aval del propio secretario general, Clodomiro Almeyda. 

Las diferencias al interior de nuestro Comité Central se comienzan a manifestar con el debate sobre cómo concretar un diseño alternativo al de la Alianza Democrática. Entendemos que se requiere imperiosamente la unidad de todos los demócratas. Pero también creemos que existen diferencias que ameritan la formación de una alianza alternativa que represente la izquierda histórica. Aquí aparecen las dudas y vacilaciones que expresan otras ideas no explicitadas. Finalmente, tras largos y acalorados debates se aprueba la formación del Movimiento Democrático Popular (MDP). Este se funda con el Partido Comunista, el MIR y otros sectores socialistas que provienen de la antigua CNR, ahora subdividida en dos grupos, más otros sectores socialistas provenientes del antiguo sector identificado como La Chispa. Ahora, las diferencias y la lucha por la hegemonía está explícita. 

El MDP que encabeza el médico socialista Manuel Almeyda propone un proyecto político mínimo, terminar con la dictadura, la formación de un gobierno provisional y la convocatoria a una Asamblea Constituyente. La propuesta no es muy diferente al de la Alianza Democrática. Las diferencias están en el cómo construir la fuerza y cómo poner término al régimen militar. Matices que para nosotros son muy importantes. Pero dos meses más tarde surge una nueva alianza de izquierda, el Bloque Socialista. Este representa la idea de la renovación de la izquierda de las vertientes no socialistas ni comunistas: la Izquierda Cristiana y los Mapus. Después, estos se sumarían al proyecto del sector socialista renovado e ingresarían masivamente al Partido Socialista. 

Pero el debate se abre también en el campo de la dictadura, aparece en escena Sergio Onofre Jarpa antiguo presidente del Partido Nacional, que durante la Unidad Popular liderara a los sectores de la derecha golpista. Este, que oficia de embajador de Pinochet en Argentina, es trasladado a Santiago como nuevo Ministro del Interior. Su objetivo será producir una descompresión de la lucha social desencadenada contra la dictadura. 

 

1984-1985: la crisis del PS / Almeyda. La división y la unidad del Socialismo 

Las diferencias al interior del PS / Almeyda se siguen profundizando. El tema de la unidad del socialismo, es vista por muchos (incluso nosotros mismos) como el intento de hegemonizar al socialismo tras las banderas de la renovación. A consecuencia de esto, surgen al interior del Comité Central y la Comisión Política distintas tendencias. 

Clodomiro Almeyda, como secretario general lidera a la mayoría del Secretariado Exterior, junto a Rolando Calderón y Camilo Escalona. En el interior se comienza a construir una correlación de fuerzas favorable a la unidad socialista y la estrategia de la ruptura pactada. Surge así el sector “tercerista” liderado por Germán Correa y Ricardo Solari. Los que estamos por seguir construyendo fuerza social para derrocar la dictadura y fortalecer el Movimiento Democrático Popular somos identificados como los “comandantes”. 

Esta denominación es producto de la ironía de Julio Stuardo quien nos moteja como tales. Para él, la época heroica de la lucha contra la dictadura ha terminado, y se debe dar paso a la negociación La cual debe ser encabezada por los líderes históricos de la Unidad Popular que han estado en el exilio. No se equivoca. Se decide convocar a un Pleno Nacional, pero Almeyda en una maniobra audaz se nos adelanta convocando a un Pleno Nacional entre el Secretariado Exterior y el Comité Central Interior en Buenos Aires. Es decir, intenta alterar la correlación de fuerzas. Del Comité Central Interino, oficialmente, sólo viajan cinco compañeros mandatados por un pleno del Comité Central realizado en Chile. Del exterior viaja todo el secretariado del exilio, menos un núcleo de compañeros de dirección que han sido expulsados por actividad fraccional. Este sector formará una nueva tendencia denominada Bruselas, por ubicarse su núcleo central en la capital de Bélgica. Este grupo está liderado por Robinson Pérez, Jaime Durán y Gustavo Ruz. 

Las resoluciones del Pleno Nacional de Buenos Aires lejos de resolver la crisis, la profundizan aún más. Se nombra una nueva Comisión Política. Desde Argentina se incorporan nuevos miembros al Comité Central, pero de vuelta la aplastante mayoría del Comité Central en Chile rechaza los acuerdos. El resultado es inevitable: dos Comisiones Políticas funcionando por su cuenta. 

Al año siguiente, el pleno del Comité Central funcionando con los nuevos miembros nominados en Buenos Aires altera la correlación de fuerzas y la mayoría de los compañeros identificados como los “comandantes” son sancionados. La acusación es práctica fraccional. El impulsor es el propio secretario general Clodomiro Almeyda. El problema político de fondo se hace transparente a diferencia de la crisis socialista de 1979. 

Existen dos visiones al interior del PS / Almeyda que amenazan con hacerse antagónicas. De un lado, la mayoría del Comité Central con la nueva correlación de fuerzas generada en Argentina (que postula sumarse al proyecto de ruptura pactada impulsada por la Alianza Democrática). Y de otro, la minoría restante que postula acumular fuerzas para la derrota política de la dictadura, pero que nosotros suponemos mayoría en el partido. 

 

¿Qué hacer? 

La minoría del Comité Central acuerda realizar un Pleno Nacional Extraordinario con la mayoría del Partido incluyendo a los expulsados del sector Bruselas. Esta idea, en la práctica significaba la fractura del PS / Almeyda. Nuestro análisis asumía la generación de una correlación de fuerzas favorables unidos al Partido Comunista y al MIR, imponiendo un acuerdo a los sectores de la Alianza Democrática. En suma, un fortalecimiento del Movimiento Democrático Popular. 

Pero el año 1986 diría otra cosa. Se produciría el giro de la Democracia Cristiana y se postularía el año decisivo del Partido Comunista. En el plano internacional, por otro lado, aparecerían las presiones del Departamento de Estado (EEUU) a la dictadura y los primeros antecedentes de la crisis del socialismo europeo. Finalmente, se implementaría la Operación Siglo XXI: el atentado contra Pinochet. 

El Partido Comunista definió a 1986 como el año decisivo para poner término a la dictadura militar, pero a la postre terminó siendo el año decisivo para el proyecto de negociación pactada con el régimen militar. 

Coincidencia o no, lo concreto es que después de la venida del general del ejército norteamericano John Galvin, con su ostentoso cargo de jefe del Comando Sur, la posición de la Democracia Cristiana varió sustantivamente. De su estrategia de ruptura pactada y de apoyo a las protestas, pasó a la idea de la negociación pactada. ¿Un eufemismo? Por supuesto que no. El propio presidente de la Democracia Cristiana, en ese entonces Gabriel Valdés S., lo dijo públicamente: 

“(...) Un militar debe conducir la transición. Le daríamos el más pleno apoyo” .(1) 

Nunca, desde el año 1983, quedarían tan claramente explicitadas las diferencias al interior de las fuerzas políticas que luchaban contra la dictadura. 

También en el MDP se desarrolla un debate similar. Ese mismo año (1986) el MDP, a propuestas del Partido Comunista, postula un mecanismo alternativo a la dictadura sirnilar al que ha propuesto la Democracia Cristiana. ¿Qué ha pasado? Los comunistas no quieren quedarse fuera de una negociación que, por lo demás, ya se ha iniciado. Y juega a dos bandas. Por un lado, desarrolla una fuerza militar propia: el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, que precisamente en ese mes de septiembre ha llevado a cabo su operación más audaz, el intento de ajusticiamiento de Pinochet. Y por otro lado, promueve la unidad amplia de la oposición en contra del régimen militar. Nosotros tratamos de hacer lo mismo, pero en una visión microscópica. Nuestra debilidad nos aisla, en cambio al Partido Comunista lo aisla su doble política y , para muchos, entre ellos la Democracia Cristiana, su pasado. 

 

La crisis del Socialismo se asoma en el horizonte 

Un día leo en la sección internacional de un diario de la capital una noticia proveniente desde La Habana. Es Fidel Castro quien en una alocución masiva ha señalado que los fenómenos de crisis del socialismo en Europa pueden provocar que un día nos levantemos y escuchemos las noticias de guerra civil en la Unión Soviética. Pienso que es una reacción demasiado tropical de Fidel. Sin embargo, un lustro más tarde las luchas internas asolan a una Unión Soviética que ha desaparecido como Estado. 

La crisis polaca es el inicio de una debacle mayor del mundo socialista. Pero, ni la presión de la Iglesia Católica, ni los planes de la CIA, como tampoco las consecuencias de la Guerra Fría, ni tan siquiera las dificultades económicas de la URSS para adaptarse a las nuevas tendencias globalizadoras, explican de por sí el derrumbe del bloque soviético en Europa. La despolitización y desafección de las amplias bases de sustentación del sistema sólo se explican por una profunda crisis política, ideológica y, además, moral. Los esfuerzos de Mijail Gorvachov por impulsar una democratización y transparencia del sistema se enfrentan a una valla insalvable. 

La crisis se ha metido en el núcleo conductor del proceso: el propio PCUS, el todopoderoso Partido Comunista de la Unión Soviética. Intentan nuevamente impulsar la democratización de la fenecida era de Nikita Kruschov y su proceso de desestalinización, pero ya es demasiado tarde. 

La burocratización, la falta de democracia interna, la inexistencia de mecanismos fiscalizadores en las sociedades socialistas del bloque soviético pesan como un lastre y hacen imposible que los esfuerzos, que luego se realizarían en otras latitudes (Cuba, China, Viet Nam) den sus frutos. El socialismo se derrumba en esos países y sus secuelas se extenderán por todo el mundo. 

En Chile, las negociaciones en curso para una salida a la crisis política se estancan. La mayoría de la oposición se juega entonces por participar en el plebiscito que la propia constitución de Pinochet contempla. De esta forma, se inicia una nueva coyuntura política en el país. 

 

1987: La nueva coyuntura política en el país 

Como señalamos en capítulos anteriores, el año 1986 fue un año decisivo, pero no para derrocar a la dictadura u obligarla a negociar, como muchos de nosotros (socialistas y comunistas) postulábamos, sino para que la mayoría de la oposición al régimen militar asumiera que había que acatar la Constitución de 1980 y entrar al proceso electoral que se contemplaba para el año siguiente. Según ésta Carta Magna, se debía llevar a cabo un plebiscito el 5 de octubre de 1988, para determinar si se aceptaba que Pinochet siguiera por otros ocho años como “presidente”; o en caso contrario, convocarse a elecciones en diciembre de 1989. La pugna entre el SI y el NO cruzó todo el quehacer nacional. 

Pero las cosas no eran tan simples para la oposición ni tampoco para la izquierda, ni menos para los socialistas. Al interior del fragmentado mundo socialismo se vislumbraban tres posiciones. Por un lado, estaban los sectores renovados que participaban en la Alianza Democrática. Estos aceptaban las reglas del juego que imponía la nueva coyuntura. Por otro lado, estaban los sectores almeydistas que formaban parte del Movimiento Democrático Popular. Al principio, éstos rechazaban el acatamiento a la Constitución del 80, pero más tarde terminarían sumándose a la tesis de los renovados. Y por último, estaban los sectores de los comandantes afines a la política insurreccional. Junto a estos estaba la CNR Revolución, el PS Unificado (CNR Indoamérica) y el PS Salvador Allende (grupo Bruselas), quienes mantuvieron la postura de rechazar el plebiscito. 

Para este grupo, sustentar esta última tesis significó que las posiciones de izquierda más radicales quedaran fuera de los márgenes de la negociación y su posterior desaparición como alternativas viables. El sector de la CNR Revolución entró al Partido Socialista en 1990-92, y las otras tres agrupaciones también harían lo mismo, en distintos períodos. 

El triunfo del NO en el plebiscito significó la derrota táctica de la dictadura, y según algunos socialistas, la victoria estratégica de las clases dominantes. El régimen militar fue obligado a reconocer la derrota del SI. Y esto se logró luego de una dura pugna al interior de la Junta Militar la misma noche de la elección. Este hecho político le impuso, al conjunto de la oposición, el diseño de un nuevo tipo de régimen político y de Estado. 

Para muchos socialistas, lo que se iniciaba en ese momento no era un período de democracia plena, sino que se legitimaba los preceptos fundamentales de la Constitución de 1980. Sin embargo, también para la mayoría del socialismo se iniciaba una transición, donde los fundamentos de esta nueva dominación podrían a futuro ser modificados por los previsibles cambio en las correlaciones de fuerza en la sociedad chilena. Lo que daba sustento a esta hipótesis era el apoyo internacional, en particular de los Estados Unidos, de la Unión Europea y de la Iglesia Católica a la llamada transición. Por otro lado, estaban las promesas de un sector liberal de la derecha, particularmente del sector liderado por Andrés Allamand, de comprometerse a futuras reformas a la Constitución. Por último, estaba (según muchos) el hecho objetivo de que al año siguiente del triunfo del voto NO se habían plebiscitado ya ciertas reformas a la Constitución de 1980. 

Estaba claro que la nueva coyuntura requería una serie de definiciones, las cuales no eran fáciles para los socialistas. De hecho, las bases de la negociación ocurrida posterior al plebiscito dio motivo a un profundo debate al interior de los principales reagrupamientos: los renovados, los terceristas almeydistas y la naciente nueva izquierda dirigida por Camilo Escalona. 

El debate no era simple por cuanto estaban en juego muchas variables. De un lado, el proceso de unidad del socialismo, aspecto sentido por todos, pero que enfrentaba a los dos más importantes proyectos estratégicos. De una parte, terminar con la dictadura para avanzar a un sistema político de plena democracia como fase previa a una lucha por el socialismo, tesis esencialmente planteada por Clodomiro Almeyda; y de otra, terminar con la dictadura para consolidar un sistema político y económico más ligado a las ideas socialdemócratas en boga en la década del setenta, posición hegemónica en el núcleo conductor de la renovación. 

La otra variable en juego consistente con el primer aspecto era el cambio de línea política. Con el término de la dictadura militar, se cumplía una parte importante de ella, terminar con la dictadura militar, pero lo que se abría no era la Asamblea Constituyente ni una nueva constitución, que era el puente político que había unido a los socialistas del MDP en alianza con el Partido Comunista y los socialistas de la Alianza Democrática cuyo eje de unidad era con la Democracia Cristiana. El nuevo periodo que se abría con la llamada transición consistía ni más ni menos que aceptar las reglas del juego impuestas por la dictadura, un nuevo tipo de sistema político y económico lejano a un proyecto socialdemócrata y mucho, pero mucho más lejano a uno de transición al socialismo. 

Como consecuencia de las dos variables anteriores se abría una tercera opción en juego. Era la política de alianzas y el carácter del Partido que darían como resultado el nuevo período. 

En cuanto a la alianza del Partido Socialista con la Democracia Cristiana había acuerdo amplio acerca de la necesidad de ella. Esta venía sustentándose desde el inicio de la dictadura por todos los sectores (a excepción de la CNR), pero en lo que no había acuerdo era en ubicarla como una alianza de carácter estratégico. En 1983, Clodomiro Almeyda había levantado la idea del Partido Socialista bisagra, es decir un socialismo que articulara la alianza con la Democracia Cristiana por un lado, y el Partido Comunista por el otro. Los sectores más radicales del Partido promovíamos la unidad con la Democracia Cristiana en tanto sector opositor a la dictadura, pero teníamos claro que el término de la dictadura abría un flanco de diferenciación con ese partido. Los sectores renovados por el contrario promovían una alianza estratégica, de largo plazo con la Democracia Cristiana. Esto último, equivalía a condicionar la lucha del Partido Socialista, y como máximo a mejorar o humanizar el capitalismo. 

Por tanto, el debate como se ha señalado, no era fácil y sus consecuencias tampoco. Los diez años posteriores al triunfo de Patricio Aylwin en las urnas acreditarían tales dificultades. Finalmente, una masiva discusión al interior de las tendencias dio el vamos a la negociación en curso y se asumieron las consecuencias. La mayoría del socialismo dio el salto. Se aprobaban las reformas acordadas con la derecha que luego fueron plebiscitadas y se asumía la consecuencia lógica de que un demócrata cristiano fuese el candidato de toda la oposición. Esto equivalía también a participar en las tareas del futuro gobierno. Sólo el sector de Escalona rechazó esta última tesis, quedando en minoría y su sector alejado en el primer período de las responsabilidades gubernamentales. El sector tercerista audazmente se puso a la cabeza del proceso impulsando la candidatura de Patricio Aylwin. Los renovados quedaron sin juego de piernas ante la iniciativa. Su candidato natural, Ricardo Lagos Escobar, tendría que esperar diez años. El almeydismo como opción quedó aislado. 

El nuevo período en la historia del Partido Socialista significó que se asumieron, aunque a regañadientes, otras consecuencias lógicas de este proceso de negociación. Primero, que la Constitución del 80 y sobre todo el sistema binominal que aseguraba cerca de la mitad de la representación política parlamentaria a la derecha iba a ser muy difícil de reformar; y segundo, que el esquema económico neoliberal, sobre todo por el nivel de globalización de la economía mundial, iba a ser también complicado de sustituir. Tomar conciencia de las profundas consecuencias que iba a tener en la vida política del Partido los acuerdos adoptados a fines de la década del 80, sería un proceso largo en el tiempo. 

El Partido Socialista tendría como saldo favorable, la lucha intransigente en defensa de los derechos humanos y la exigencia de juicio y castigo a la dictadura, la defensa internacional de los pueblos que continuaban la lucha por su autodeterminación: Palestina y Cuba; la defensa del sistema democrático y la lucha por ampliarla y/o profundizarla a sus límites naturales. Pero, como saldo negativo estaría su participación en procesos de privatización, sobre todo del sesenta por ciento del cobre chileno, su débil defensa de los sectores más postergados, como también muchas veces su connivencia con las políticas neoliberales. Profundizar en estos hechos es imprescindible para el Socialismo chileno, Es parte de la misma historia, seguramente eso sí de otros actores. 

En el Partido Socialista ha habido sectores que se han mostrado abiertos a la autocrítica. Camilo Escalona señala en su libro La transición de dos caras (2), que por ejemplo fue: 

“(...) Un error estratégico de la autoridad democrática(...) en 1990 la no investigación del proceso de privatizaciones ejecutados bajo el régimen militar”. 

Efectivamente, en Enero de 1991 el senador socialista Carlos Ominami había entregado al Senado un informe sobre la pérdida patrimonial del Estado chileno producto de las privatizaciones efectuadas por la dictadura que ascendían a los dos mil doscientos nueve millones de dólares (3). Desde ese momento, el Partido Socialista guardaría un religioso silencio sobre esta denuncia. 

Los últimos treinta años en la vida del Partido habían visto cambios radicales en la historia de Chile y de la humanidad. La izquierda había sido capaz de implementar un nuevo modelo de construcción socialista, la vía chilena. Pero a su vez había sido derrotada por una amplia alianza nacional e internacional de fuerzas. Había carecido de habilidad para variar su estrategia cuando la correlación de fuerzas había pasado del plano de la lucha civil a la militar. Había sobrevivido a la confesable destrucción física y política que sus enemigos le habían profetizado. Y a fines de la década del 80, había levantado nuevamente el vuelo como ave fénix construyendo una amplia alianza de fuerzas sociales y políticas. Pero, había tenido que postergar sus sueños, aquellos por los cuales cientos de militantes quedaron en el camino. 

¿Existía otra alternativa? ¿Era posible sustraerse al contexto internacional abrumadoramente desfavorable que había surgido luego del derrumbe del mundo socialista europeo? ¿El cambio de estrategia del Partido Socialista era consecuencia de maniobras de la socialdemocracia internacional? O peor aún, ¿fue la mano del imperialismo norteamericano la que logró domesticar los afanes revolucionarios del socialismo criollo? ¿O, en última instancia, estos cambios fueron producto de la aplastante hegemonía del nuevo capitalismo y la globalización que lo acompañaba? El debate seguirá abierto, pero excede las pretensiones de esta crónica El último caído, la última bala de una guerra no declarada. 

La guerra de las 24 horas del 11 de septiembre de 1973, y sus dos principales batallas: La Moneda e INDUMET abrió paso a diecisiete años de dictadura militar. Los sectores dominantes de la sociedad chilena impusieron a sangre y fuego un nuevo modelo capitalista, el neoliberalismo. El saldo estadístico fueron más de tres mil ochocientos muertos, entre detenidos desaparecidos y fusilados. Sin contabilizar cerca de un millón de exiliados y más de quinientos mil torturados. Como se dijo en los primeros capítulos de esta crónica, la guerra de las primeras 24 horas tuvo un saldo de pocos muertos por lado y lado. 

La guerra no declarada o la guerra unilateral si ustedes lo prefieren, comenzó a cobrar masivamente sus víctimas al día siguiente del Golpe de Estado. En noviembre de 1973, según la Cruz Roja Internacional ya existían 19 mil presos politicos, hacinados en los distintos campos de confinamiento, compatriotas torturados con distintos niveles de sadismo, de cobardía y bajeza moral. Para ellos aún no existe verdad justicia ni menos reparación. 

En 1988, después del triunfo de las fuerzas democráticas con el voto NO, se abrió un proceso de negociación entre la oposición de esa época y la derecha. La oposición fue débil. Para algunos, la Democracia Cristiana no quería imponerle a la derecha una derrota que significara que la izquierda se alzara con el triunfo. Para otros, fue el resultado de las fuerzas del capitalismo mundial que no querían volver a poner en riesgo sus intereses económicos y políticos. Estaba demasiado cerca el recuerdo de la Unidad Popular. El resultado de tal negociación fue que el nuevo tipo de Estado, subsidiario y de régimen político democrático restringido, que se había impuesto en la última etapa del régimen militar, se mantuviera en lo esencial. 

La oposición de aquella época para esconder su error comenzó a hablar de transición. La derecha, en forma condescendiente, también usó el mismo vocablo. Han pasado doce años desde la elección del primer presidente por mandato popular y esa transición aún no concluye. Es como un niño que se resiste a crecer, como el célebre personaje de la novela Die Blechtrommel (El Tambor de Hojalata) del escritor alemán Gunter Grass. O el adolescente que no madura nunca. 

No sabemos quien fue el primer caído en esta guerra. ¿Un integrante del GAP, la guardia personal de Allende? ¿Un soldado, inocente o no de sus actos, obligado por el mando faccioso a disparar contra sus compatriotas? ¿Un hombre o mujer o anciano caído bajo una bala perdida? ¿O lo que es peor, un niño o niña de corta edad como aquellos que fueron asesinados el día 11 de septiembre en La Serena por las FF.AA y de Orden? 

Hace unas semanas atrás nos enteramos por una investigación periodística de que las Fuerzas Armadas, tienen la obligación de abrir un Diario de guerra (4), cuando ocurre un enfrentamiento que las involucra. Por esa razón, se conocieron antecedentes inéditos del Diario de guerra del 29 de Junio 1973. ¿Se conocerá algún día el Libro de guerra del golpe de Estado? ¿O el papel que desempeñó los Estados Unidos el mismo día del Golpe? ¿Tendremos acceso a las actas reservadas de la negociación de 1988? Donde, según antecedentes que recientemente entregara el senador Carlos Ominami (5), el negociador de la derecha Carlos Cáceres aún se muere de la risa de los personajes de la oposición democrática que participaron en esas negociaciones, por su flagrante ingenuidad. ¡Exijo una explicación!, habría exclamado un popular personaje de historieta. 

Es difícil saber quien fue el primer muerto en esa guerra de un día. Pero sabemos quien fue el último. Fue un joven asesinado de un balazo en la espalda (¿por qué será que esta forma de morir no me causa extrañeza?) cuando pintaba una muralla a plena luz del día. No lo asesino un esbirro del régimen que ya terminaba sino un guardia de seguridad de una empresa de comunicaciones. Lo conocí en los primeros años de la lucha clandestina. Alto, de andar desgarbado, con una sonrisa diáfana, trasuntaba optimismo. Siempre lo supe trabajando en propaganda, imprimiendo diarios o panfletos, organizando salidas a rayar murallas en plena clandestinidad. El pueblo había triunfado con el No, se aproximaban las elecciones y el Partido Socialista salía torpemente de la obscuridad obligada. Entonces, él dijo algo así como: 

“(...) que no había que seguir actuando como si estuviésemos en la clandestinidad. Que había que pintar a plena luz de día, que bastaba ya de andar escondido”. 

No sé por qué se me viene a la memoria ese otro flaco desgarbado, el rucio, que en 1907 le dijo a Roberto Silva Renard: 

“(...) Usted general no nos entiende. 

Y el valiente general de la República abrió fuego y así nació Santa María de Iquique, no la escuela Santa María que ya existía, sino la tragedia del asesinato masivo ocurrido, precisamente, en esa misma escuela de provincia norteña a principios del siglo pasado. 

El flaco Armando, nombre con el cual lo conocíamos cayó asesinado una mañana de junio de 1989. Raúl Valdés Stoltze era su verdadero nombre y con ese nombre fue enterrado en el memorial que recuerda a los miles de víctimas, entre ellos cerca de quinientos socialistas. Esos socialistas aún no descansan en paz. Para muchos de nosotros aún no se abren las anchas Alamedas por donde pase el hombre y la mujer libre: 

“(...) Tengo fe en Chile y su futuro(...). Superarán otros hombres esta historia”. 

Dos versos, o dos líneas del último discurso de Salvador Allende, palabras envueltas por el humo y la metralla de ese aciago día de septiembre, de cuyo estado del tiempo aún no me puedo recordar, siguen llamándonos a mantener vigente los anhelos de construir una nueva república democrática, tarea inconclusa que enarbolara el ideario allendista hace tres décadas atrás. 

(1) Revista Apsi. “Entrevista a Gabriel Valdés”. 25 de Agosto a107 Septiembre de 1986. 

(2) Camilo Escalona. La transición de das caras. LOM Editores. Chile 1999. 

(3) Ascanio Cavallo. la Historla oculta de la transición. Editorial Grijalbo 2000. 

(4) Periódico La Huella, Santiago de Chile 2002. 

(5) El Mercurio. Entrevista al senador Carlos Ominami. 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Altamirano Orrego, Carlos. Dialéctica de una derrota. Siglo XXI Editores. España 1977. 

Ampuero, Raúl. La izquierda en punto muerto. Editorial Orbe. Chile, 1969. 

Agee, Philip. Diario de la CIA, la compañía por dentro. Editorial Bruguera. España, 1979. 

Archivos Secretos. Documentos desclasificados de la CIA. LOM Ediciones. Chile, 1999. 

Cavallo, Ascanio. La Historia oculta de la transición. Grijalbo Editores. Chile, 2000. 

Cavallo, Ascanio. La Historia oculta del régimen militar. Grijalbo Editores. Chile, 1999. 

Corvalán Lepe, Luis. De lo vivido y lo peleado. LOM Editores. Chile, 1977. 

Corvalán Márquez, Luis. Los Partidos políticos y el golpe del 11 de Septiembre. Editorial CESOC. Chile, 2000. 

Enríquez, Miguel. Con vistas ala esperanza. Escaparate Ediciones. Chile, 1998. 

Escalona, Camilo. Una transición de dos caras. Crónica crítica y autocrítica. LOM Ediciones. Chile, 1999. 

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Garcés, Joan. Orlando Letelier: Testimonio y vindicación. Siglo XXI Editores (España),1995. 

Gazmuri, Cristián. Eduardo Frei M. y su época. Tomos I y II. Editorial Aguilar. Chile, 2000. 

Gazmuri, Jaime. El sol y la bruma. Ediciones B, Grupo Z. Chile, 2000. 

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Jobet, Julio César. El Partido Socialista de Chile. Editorial Prensa Latina. Chile, 1970. 

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Maldonado, Carlos. La milicia repúblicana historia de un ejército civil en Chile.1932, 1936. 

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Millas, Orlando. Memorias 1957-1991 Una Disgresión . Ediciones Chile-América, CESOC. Chile 1996. 

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Puccio, Osvaldo. Un cuarto de siglo con Allende. Editorial Antártica. Chile, 1985. 

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Rodríguez, Aniceto. Entre el miedo y la esperanza. Historia Social de Chile. Editorial Andrés Bello. Chile, 1995. 

Rojas, Alejandra. Salvador Allende. Una época en blanco y negro. Editorial Aguilar. Buenos Aires (Argentina), 1998. 

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Varas, Florencia. Gustavo Leigh: El general disidente. Editorial Aconcagua. Chile, 1979. 

 

DOCUMENTOS

 

- Documento de Marzo del Comité Central del Partido Socialista de Chile. Chile, 1974. 

- Documento de Abril de 1975. Coordinadora Nacional de Regionales del Partido Socialista de Chile (1975). 

- Documento del Pleno de La Habana. La Habana (Cuba) 1975. 

- Manifiesto del Partido Socialista al Pueblo de Chile. Santiago (Chile) 1976. 

- Planteamientos del secretario general sobre cuestiones primordiales de definición política y orgánica. Presentado a la Reunión del Secretariado Exterior. Berlín (RDA), Septiembre 1976. 

- Mensaje a los socialistas en el interior de Chile. Carlos Altamirano. Berlín (RDA), Junio 1977. 

- Unidad y Lucha por un Chile Libre. El Partido Socialista responde a la Democracia Cristiana. Noviembre 1977. 

- Comunicado Conjunto Dirección Interior Clandestina - Dirección Exterior América Latina. Noviembre 1977. 

- Problemas del Partido Socialista de Chile posteriores al Golpe Militar. (Documentos) 

- Adonis Sepúlveda. México (D.F.). Agosto, 1998. 

- Cuadernos de Orientación Socialista. Secretaría ideológica del Secretariado Exterior del Partido Socialista de Chile. Berlín (RDA), Junio 1981. 

- La estrategia de simulación de la fracción. (Documento) Carlos Altamirano. Julio, 1979. 

- La opinión del Partido sobre un relevo y expulsión. Comisión Política. Chile, Mayo 1979. 

- Discurso. Beatriz Allende. La Habana (Cuba). La polémica Socialista-Comunista 1962. Editorial Prensa Latinoamericana. Chile. 

- Informe sobre el incendio del palacio de La Moneda, I/ de Septiembre de 1973. 

- Informe al Comité Central Exterior (Fotocopia). México, 1975. 

 

ANEXO UNO LOS OTROS EPÍLOGOS, LOS HUMANOS

 

LUIS LORCA TOBAR. Hermano de Carlos Lorca, luego de su siniestro contacto con Armando Fernández Larios salió de Lima y se dirigió a España. Médico Psiquiatra, actualmente ejerce su profesión en Chile. Militante del Partido Socialista. 

GRIMILDA SÁNCHEZ. En Calama, en 1973, un Consejo de Guerra la condenó a muerte, conmutada la sentencia salió al exilio. Volvió para reintegrarse a las filas del Partido Socialista. 

ANITA CORREALES. Salió al exilio a Suecia por instrucciones de Carlos Lorca y Ricardo Lagos Salinas. Vive en Chile y constantemente viaja a Suecia. No es militante activa en el PS. 

FIDELIA HERRERA. Luego de su larga detención sale al exilio y se radicada en Berlín (RDA), vuelve a Chile. Milita en el PS. 

RAUL DIAZ. Ayudista de Carlos Lorca. Después de la detención de Alejandro Parada se incorpora al Comité Central Clandestino. En el año 2001 ejerce como Secretario General del PS. Ejerce su profesión de Administrador Público. 

OSCAR DE LA FUENTE. Luego de su detención en 1975 sale al exilio y se radica en Cuba. Ahí ejerce como encargado del PS. Vuelve a Chile y actualmente trabaja en su frente histórico: el campesino 

VICENTE GARCIA. Dirigente del partido en Concepción, luego de su detención en diciembre de 1975 sale al exilio. Vuelve a Chile y actualmente activo en el Partido Socialista. 

HERNAN DEL CANTO. Ex ministro de Salvador Allende, sale al exilio en 1974, se radica en la República Democrática Alemana, a su vuelta a Chile es electo al Comité Central. Actualmente milita en el PS. 

PATRICIO QUIROGA. Sale al exilio y obtiene un doctorado en Historia en Alemania (RDA). Vuelve a Chile en 1984, dirigente del Sector Salvador Allende. En la actualidad, es militante del PS. 

LUIS JIMÉNEZ. Dirigente campesino, apoya la reconstrucción clandestina del PS. Es integrante del Comité Central durante la dictadura militar. En la actualidad se desempeña como dirigente en el sector campesino. 

GUSTAVO RUZ ZAÑARTU. Es el único sobreviviente de la Comisión Política posterior al Golpe de Estado en Chile. Sale al exilio, se radica temporalmente en la RDA, luego en Nicaragua donde ejerce como periodista. Vuelve a Chile en 1985. En la actualidad no milita en el PS. 

MANUEL GARRIDO. Joven conscripto del Regimiento de Artillería Motorizado NI, participante del asalto a La Moneda el 11 de Septiembre, es exonerado del Ejército por indisciplinado, no sin antes haber sido sometido a varios simulacros de fusilamiento. Se integra al Partido Socialista en 1984. Actualmente vive en Brasil, donde mantiene su esperanza y fervor apoyando a Lula. 

PATRICIO BARRA. Joven integrante de la Comisión Política Clandestina desde 1975 a 1980. Deja el PS en 1982. Viaja a Mozambique para colaborar en la reconstrucción de ese país. Muere en 1991, en Johannesburgo, Sudáfrica, producto de una enfermedad crónica. Sus cenizas reposan en Chile, como era su deseo en la cumbre del cerro San Ramón, en Santiago. 

JULIO STUARDO GONZÁLEZ Integrante del Comité Central Clandestino desde 1976 a 1981 Candidato a diputado en 1993 por San Antonio. En la actualidad, ejerce su profesión de abogado. Milita en el PS. 

IRMA MORENO MORENO. Ayudista en los primeros años de la clandestinidad, ejercerá luego como integrante del Comité Central. Milita actualmente en el PS. 

JERARDO ESPINOZA. Ex ministro de Salvador Allende. Integrante del Comité Central Clandestino. Es expulsado del país en 1981. Vive su exilio en México. Muere en Chile el año 2001. 

ADONIS SEPÚLVEDA. Ex subsecretario general del PS hasta 1973, sale al exilio y a su vuelta es integrante del Comité Central y de la Comisión Política. Actualmente, vive en Chile y milita en el PS. 

ALBINO BARRA VILLALOBOS. Dirigente de la Federación de los Trabajadores de la Madera en 1937, miembro del Comité Central hasta el Congreso de La Serena en 1971, diputado por las provincias de Concepción y Arauco entre 1949 a 1964. Integrante del Comité Central y la Comisión Política Clandestina hasta 1980, fallece en Chile en 1993. 

ROSA RUBILAR. Ayudista del Comité Central y la Comisión Política Clandestina después del Golpe de Estado, labora activamente en Derechos Humanos durante la dictadura. No milita en la actualidad en el PS. 

CARLOS ALTAMIRANO ORREGO. Ex secretario general del PS actualmente escribe libros y da conferencias. Milita en el PS. 

OSVALDO PUCCIO. Secretario de Salvador Allende, sale al exilio luego de haber estado prisionero en Isla Dawson. 

AUGUSTO JIMÉNEZ. Ex subsecretario del trabajo de Salvador Allende, integrante del Comité Central y la Comisión Política Clandestina, actualmente milita en el PS. 

GERMAN CORREA. Integrante del Comité Central y la Comisión Política Clandestina. Ex ministro de Transportes de Patricio Aylwin, ex ministro del Interior del Gobierno de Eduardo Frei Ruiz Tagle. Ex presidente del Partido Socialista y candidato a Senador. En la actualidad milita en el PS. 

SILVIO ESPINOZA (ELLAS). Integrante del Comité Central y la Comisión Política Clandestina hasta 1982. Es expulsado del país por la dictadura. Vive unos años en Brasil y Argentina, vuelve a Chile en 1989. Actualmente no milita en el PS. 

LUIS ESPINOZA GARRIDO. Integrante del Comité Central Clandestino y de la Comisión Política del sector socialista de Las Comandantes. Actualmente no milita en el PS. 

RICARDO SOLARI. Integrante del Comité Central clandestino hasta 1989. En la actualidad, es ministro del Trabajo del gobierno de Ricardo Lagos Escobar y militante del PS. 

MICHELLE BACHELET. Integrante de los núcleos de ayudistas de Carlos Lorca. Actualmente es ministro de Defensa del gobierno de Ricardo Lagos E. Militante del PS. 

CAMILO ESCALONA. Dirigente de la Juventud Socialista en el exilio, integrante del secretariado exterior del PS / Almeyda. Diputado y presidente del PS en numerosos períodos. 

RICARDO NÚÑEZ. Dirigente del sector renovado del PS en la clandestinidad. Ex presidente del PS. En la actualidad, es senador de la República. 

ROBINSON PÉREZ. Ayudista en la clandestinidad, ex miembro del Secretariado Exterior en Berlín. Dirigente del PS / Salvador Allende. Actualmente milita en el PS. 

RENATO MOREAU. Ayudista en la clandestinidad, dirigente del PS / Salvador Allende. Actualmente milita en el PS 

FERNANDO QUIROGA C. Dirigente socialista de la zona Norte de Santiago hasta 1973, sale al exilio luego de su detención en el Estadio Nacional, vive en Cuba y Venezuela. Dirigente del Partido Socialista / Comandantes. Actualmente milita en el PS. 

RICARDO GARCIA. Dirigente de la Comisión Nacional Juvenil hasta 1981. Actualmente no milita en el PS. 

PEDRO PABLO BLASET. Ex marino del crucero Almirante Latorre, detenido en Agosto de 1973, sale en libertad cinco años más tarde, ingresa al PS en 1974 en la cárcel de Valparaíso. Permanece en Chile. En la actualidad, es presidente comunal del PS. 

MARTÍN URBINA. Después de haber servido 30 años en el ejército, renuncia en 1959. Al año siguiente ingresa al PS. En 1980 apoya el trabajo de la dirección clandestina. Fallece en Santiago en 1994. 

MANUEL FERNÁNDEZ. Exonerado del Ejército con el grado de mayor en 1974, sale al exilio y se radica en el Ecuador, Regresa a Chile y se acoge a la Ley de Exonerados Políticos. Continúa declarándose simpatizante de la Unidad Popular, independiente y concertacionista. 

JORGE MAC GINTY. Integrante de la Comisión política sale ileso el día del Golpe, después de visitar el hospital José Joaquín Aguirre. Actualmente vive en Francia. 

ROLANDO CALDERÓN. Es autorizado para asilarse y se radica en la RDA. Vuelve dos veces en forma clandestina a Chile. Al inicio de la transición es electo senador. En la actualidad, es integrante del Comité Central del PS. 

ANGEL HOCES. Después de su experiencia en La Moneda sale al exilio. Actualmente, está radicado en ciudad de México. 

JUAN GUTIÉRREZ SOTO. Dirigente del sector socialista Dirección Para el Consenso. Es electo miembro del Comité Central al inicio de la transición. En la actualidad ejerce como secretario ejecutivo de la Concertación. 

ANICETO RODRÍGUEZ. Secretario General del Partido Socialista hasta el Congreso de La Serena en 1971. Senador de la República hasta el día del Golpe. Prisionero en Isla Dawson. Sale posteriormente al exilio y se radica en Venezuela. Al inicio de la transición es nombrado Embajador de Chile en ese país. Fallece en 1995. 

JOAN GARCÉS. Ciudadano español, asesor de Allende. Permanece junto al presidente en el Palacio de La Moneda y es conminado por éste a salir para contar la verdad. Ha escrito numerosos libros sobre la experiencia de la Unidad Popular. Actualmente vive en España. 

YOLANDA ABARCA (Yolita). Después de la detención de Carlos Lorca y Carolina Wiff continuó trabajando activamente en el Partido. En la actualidad, vive en Santiago. 

CLODOMIRO ALMEYDA. Ex secretario general del Partido Socialista. Sale al exilio después de estar detenido en isla Dawson. Se radica en la RDA. Desde ahí viaja a Buenos Aires para ingresar clandestinamente a Chile en 1987. Al inicio de la transición es nombrado embajador en la Unión Soviética. Integrante del Comité Central y la Comisión Política en la década del 90. Muere en Chile. 

AKIN SOTO. Ex alcalde de San Antonio. Se integra al Comité Central Clandestino en 1976. Al inicio de la transición es electo diputado por su distrito. Fallece ejerciendo su cargo.