Los Origenes del Partido Socialista de Chile

La Juventud de 1930 y el socialismo

 

I

Pertenezco a la juventud formada durante los turbios años de la dictadura militar y surgida al primer plano de la actividad pública en 1930, en lucha abierta contra la tiranía del general Carlos Ibáñez del Campo. Contribuyó a su caída con un fuerte bagaje de generosidad y entusiasmo, como vanguardia abnegada del descontento nacional, cristalizado en un movimiento unánime de insurgencia ciudadana, triunfante el 26 de julio de 1931. En seguida, esta juventud participó en las grandes luchas sociales de 1931-1932, donde se constituyeron nuevas agrupaciones políticas y entre ellas, el Partido Socialista, en cuyas filas se Incorporó un grueso sector de aquella generación
Cuando Ingresé al Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, con el propósito de estudiar Historia y Francés, en marzo de 1929, nuestro país vivía bajo la tiranía de Carlos Ibáñez del Campo. La sociedad entera yacía envuelta en una extraña situación. En las distintas regiones del país, grandes obras públicas modernizaban su tosca superficie, daban trabajo bien remunerado y mantenían tranquila a la población. La vida, en general, era barata. El ambiente material aparecía próspero y brillante. Algunos sectores gozaban de un trato excepcional. Las fuerzas armadas y policiales poseían privilegios especiales, por cuanto constituían el principal sostén del régimen; la burocracia, bien rentada y soberbia, crecía de manera sorprendente y hacia ella se orientaban las aspiraciones de una juventud ambiciosa y optimista, segura de encontrar cargos elevados y remunerativos. La penetración caudalosa del capital imperialista norteamericano desarrollaba las industrias extractivas y, al mismo tiempo, permitía un margen de industrialización en los sectores livianos, dando origen a una burguesía nativa, intermediaria del imperialismo, bastante considerable. Los estratos tradicionales, latifundistas, grandes comerciantes y financistas, vegetaban seguros y con mayores negocios, a la sombra de la penetración imperialista, beneficiándose con ella y ayudándola. De tal manera, además, aseguraban el mantenimiento intacto de las atrasadas formas de explotación del campo y no se inquietaban por el desenvolvimiento de una industria pesada nacional. El país experimentaba una evidente evolución, pero, desgraciadamente, sólo afectaba su exterior, su piel, pero por dentro, en su fondo o esqueleto, continuaban el atraso y la explotación primitiva.
Si eran ciertos el avance material y el dinamismo técnico-financiero del país, el espíritu de la ciudadanía, en cambio, en su casi totalidad, experimentaba, en lo íntimo, un sentimiento de malestar, una secreta angustia deprimente. Detrás del desarrollo material, el amplio ritmo de las obras públicas, se advertían empréstitos enormes comprometedores del porvenir; ostentosos derroches e inmoralidades insultantes. Era evidente una corrupción generalizada, únicamente mitigada o sofocada apenas por la dictadura. Pero, lo principal y más grave en esta realidad, lo constituía la tiranía. La existencia de un poder omnímodo y arbitrario frente al cual no era posible ejercer ningún derecho; donde el ciudadano carecía de toda seguridad y defensa, envenenaba la atmósfera nacional y producía un marasmo cívico doloroso y lamentable. La falta de libertad pesaba agobiadoramente en todos los espíritus y en las diversas actividades, aplastando la vida política y espiritual de los individuos y de la colectividad. El temor generalizado impedía la vigencia de la espontaneidad creadora o, simplemente, del intercambio corriente y natural, entorpeciendo hasta las simples relaciones cotidianas de amistad o convivencia. La des-confianza ante las infidencias de soplones o adversarios, paniaguados del régimen, ponía una nota de inquietud y sospecha permanentes. Las modestas relaciones diarias, de trabajo, oficina o conversación, resultaban un peligroso juego donde se consumía una considerable energía nerviosa, por la cautela, el recelo y el temor. Nadie se atrevía a expresar sus sentimientos profundos, sus opiniones sinceras y, a la vez, se debía soportar en silencio, o con una sonrisa cómplice, la satisfacción y soberbia de la minoría adepta al régimen, usufructuaria de sus prebendas y sinecuras a costa del patrimonio nacional y de la libertad de sus habitantes. Los favoritos de la dictadura se pavoneaban ufanos e insolentes, en actitud de provocadores o de perdonavidas.
El gobierno y sus partidarios sufrieron una sorpresiva advertencia de repudio a sus dilatados desmanes a mediados de 1930, cuando se desataron los primeros movimientos estudiantiles de protesta contra el régimen vigente. Aunque fueron sofocados con cierta rapidez, lograron inquietar a la opinión pública y durante varios días, en los diversos hogares capitalinos, se comentaron con acritud los abusos de la tiranía. Los plumíferos a sueldo de la Moneda tuvieron conceptos despectivos para los jóvenes universitarios; sus interpretaciones calificaron sus ruidosas asonadas como manifestaciones y rebeldías de jóvenes irresponsables, sin raíces en la opinión ciudadana. Y la relativa indiferencia demostrada por ésta a lo largo del país, ratificaba en cierto modo su juicio optimista. Pero, en seguida, como una ola devastadora cayó sobre la economía del país y las finanzas del régimen la peor crisis del sistema capitalista, provocando la bancarrota del gobierno.


II


En 1930 la crisis del capitalismo y la acción de la dictadura, como apéndice del imperialismo norteamericano, produjeron en el país un tremendo desequilibrio social. La clase dominante entró en descomposición; renació el movimiento obrero y en su torno se polarizaron, en forma acelerada, las clases medias, y la juventud, animada por su rebeldía idealista, se sumó con grandes contingentes a las luchas del proletariado, todo lo cual originó una amenazadora marea popular.
La opinión pública que había celebrado la destrucción del estéril e inmoral régimen parlamentario resistía la dictadura militar sucesora de aquél, aunque el temor a la represión policíaca y la prosperidad económica la mantenían paralizada. El parlamentarismo causó la corrupción política y espiritual del país, embriagando a la ciudadanía con interminables discursos, mientras en la sombra se aprobaban contratos por medio de los cuales se entregaban las riquezas nacionales al capitalismo extranjero, remachando la servidumbre económica del país. La dictadura militar destruyó el parlamentarismo corrompido, pero provocó, a su vez, profundos trastornos. Agravó la subordinación del país al dominio imperialista; envileció la conciencia pública y desacreditó la autoridad, extendiendo el descontento y el temor. De ahí la justeza de esta cita de Domingo Melfi, en su ensayo "Sin Brújula", aparecido en 1932: "Waldo Frank ha dicho que no es sólo culpable de la servidumbre económica de Hispanoamérica el Calibán norteamericano, el ávido banquero de Wall Street; tanto o más culpable que aquél lo es el Calibán que negocia para mantenerse en el poder las riquezas y las fuentes de riquezas de su suelo...A trueque de extender la mentira de un bienestar colectivo que le permita prolongar su permanencia en el mando no vacila en traficar con la misma independencia económica de su patria..."
La dictadura no pudo soportar la cesación de los empréstitos extranjeros, básicos para mantener su plan de obras públicas, con el cual adormecía la conciencia ciudadana, ni tampoco pudo detener el ímpetu del movimiento estudiantil, al cual se sumó pronto la totalidad de las fuerzas vivas de la nación, en una impresionante acción de lucha y repudio, hasta desencadenar una huelga general a fines de julio.
La dictadura cayó el 26 de julio de 1931 y le sucedió la administración civilista de Juan Esteban Montero. Pronto el nuevo régimen se demostró incapaz y mediocre, porque quienes le llevaron al poder pertenecían a las clases sociales y agrupaciones políticas causantes de la desorganización de Chile, aliadas del imperialismo y sostenedoras de la dictadura de Ibáñez. Llevaron a Montero al poder con ideas y posiciones anticuadas, desconectadas de las nuevas fuerzas sociales, de la juventud, de los anhelos del instante, es  decir, de la realidad. Eran partidos reaccionarios, individualistas, sin arraigo ni en la juventud ni en el pueblo. Aunque algunos sectores fueron conspiradores en contra del gobierno de Ibáñez y varios de sus dirigentes perseguidos por la dictadura, las mayores fracciones habían apuntalado la tiranía y en general, todos sus elementos eran oportunistas, alejados del contacto fecundo con las masas, sólo preocupados de pequeñas rencillas de asamblea, ambiciones personales y maniobras sin trascendencia.
Tanto el soberbio sistema dictatorial de Ibáñez como el inepto gobierno civilista de Montero, fueron repudiados por las fuerzas populares, por ser la expresión de los apetitos e intereses de las clases poseedoras, de la Iglesia y del imperialismo. A sus organismos políticos no se les reconoció ninguna beligerancia, pues estaban ajenos a las inquietudes y aspiraciones del momento.
En el seno de las fuerzas populares se hizo verdad irrefutable que todos los males económicos y sociales del país provenían de la in-capacidad y del egoísmo de las castas oligárquicas y de sus aliados. Con su apoyo, o su indiferencia, se lo entregó al dominio del capital internacional. Sus dirigentes políticos se exhibieron mediocres, deshonestos y demagogos.
En la juventud de 1930, inconformista y combativa, se fundieron los sentimientos provenientes de la repulsa a una tiranía corrompida y envilecedora por sus sistemas de represión y de espionaje, sus despilfarros y su entrega al imperialismo, con un marcado predominio de arribistas y aprovechadores sobre la mansedumbre triste de los humildes, y las razones surgidas de la comprensión que un mundo anacrónico y podrido, moría en los espasmos de la incapacidad y del fracaso: el mundo del liberalismo económico, del egoísmo burgués, de la despiadada prepotencia de la oligarquía plutocrática y conservadora, del insaciable sistema del capitalismo imperialista.
La incapacidad del gobierno de Montero, manejado por sectores sociales y económicos caducos, reaccionarios, consolidó los sentimientos y las razones de la generación de 1930, para desatar un vasto movimiento popular, socialista y democrático, capaz de derribar aquel sistema carcomido y moribundo, y poner en su lugar un nuevo régimen de justicia económica, de igualdad social, de libertad política y espiritual, donde desaparecieran las instituciones arcaicas, los privilegios seculares y los poderes opresivos. Su primera prueba de magnitud se relacionó con la revolución socialista del 4 de junio de 1932, aunque en ella el papel de la juventud y de las masas trabajadoras no alcanzó primacía, por su todavía débil organización y su falta de sazonada madurez política.


III


La juventud de 1930 inició su acción colocándose a la cabeza del avance ciudadano en oposición a la dictadura y, al mismo tiempo, se puso en las primeras filas de la lucha social por un nuevo régimen, por la transformación de la realidad nacional. Es una generación cargada de inquietud social, nutrida en la literatura socialista y plasmada en la pugna contra el despotismo y la represión imperantes en el país y en el ataque al régimen capitalista, cuyas contradicciones, injusticias y tendencias contrarias a la dignidad del hombre, quedaron al descubierto en la tremenda crisis de 1930. Fue una juventud beligerante y combativa. Marchó en estrecha unión con el movimiento obrero, y consolidó una recia unidad obrero-estudiantil. Así, su brega por la reforma de la Universidad la desató como parte de un programa más amplio, subordinada a la contienda por un cambio de régimen. Precisamente, una de las debilidades de la juventud de año 20 fue la de haber reducido su movimiento a la reforma universitaria como objetivo total y desligado del proceso social y político y de las clases trabajadoras, aunque explicable porque la clase obrera era aún débil y la conducción del movimiento social estuvo a cargo de las clases medias demagógicas.
El movimiento de la juventud de 1930 superó el carácter pequeño-burgués de aquél con su alianza obrero-estudiantil y con su espíritu revolucionario. La actuación de la generación de 1920 fue un tanto romántica, de rebeldías líricas, anárquicas y grandilocuentes, pero careció de empuje y de constancia. Demasiado individualista y, ante todo, literaria y política, en ella se dio una confusa mezcla de idealismos y apetitos; de generosidad y de egoísmos... Muchos de los grandes líderes de 1920 se entregaron a la oligarquía, a la cual habían combatido con palabras de fuego, sucumbiendo en calidad de burócratas, de politiqueros o de indiferentes vecinos que sólo recordaban sus gestos libertarios como locuras de juventud.
La juventud de 1930 es revolucionaria, impregnada de un poderoso anhelo de justicia. Desea con fervor instaurar un nuevo régimen económico, social, político y espiritual, porque condena la inicua realidad de miseria, de opresión, de atraso, de podredumbre del país y, a la vez, crece coincidiendo con la actividad revolucionaria de la generación europea de post-guerra, enemiga del capitalismo individualista, por ser quien recurre a la guerra para dar salida temporal a sus contradicciones, y por su negación del hombre, de su dignidad, al transformarlo en un ínfimo instrumento productor de bienes en beneficio de la burguesía ávida, derrochadora e inmoral.
En la lucha desatada en el mundo, la juventud de 1930 se colocó al lado de quiénes combatían los mitos de la superstición capitalista, las depredaciones del imperialismo y el egoísmo sórdido de las clases burguesas, agotadas y corrompidas por la ambición, el lucro y el cinismo. O sea, se pone junto a las clases trabajadoras en rebelión contra la explotación y la dictadura. No quería nada ni con el pasado, ni con los políticos camaleones, ni con su política tejida de miseria, y resignación. Es profundamente creadora, anhelando un cambio radical y, en consecuencia, una política de realidades, dinámica, fundada en -un análisis exacto de las necesidades de la época y en una movilización de todo el pueblo como medio para imponerlo. De aquí se originó su agrupamiento y su esfuerzo por dar vida a un vasto movimiento de renovación dirigido a poner término al atraso económico y a. las injusticias sociales y a superar la incapacidad de los viejos partidos políticos y los apetitos primarios, la avidez de presupuesto, de los taimados politiqueros profesionales. Entonces se enlazó al movimiento obrero y, ayudó a generar varios grupos políticos nuevos, revolucionarios, y, también, tuvo una participación indiscutible en la revolución socialista del 4 de Junio de 1932.
Entre las nuevas agrupaciones políticas surgidas en esta época de cambio, se destacó el Partido Socialista, fundado el 19 de abril de 1933 por la fusión de todos los grupos socialistas existentes. Un grueso núcleo escogido de la juventud de 1930 participó en el proceso de dar vida y existencia a un partido revolucionario y a un movimiento impregnado con sus mejores cualidades: espíritu sinceramente revolucionario, emoción creadora, comprensión de la realidad circundante; ideas programáticas nuevas; denuncia constante de los privilegiados, de los satisfechos y resignados; fe ardiente en un porvenir mejor.
La juventud de 1930 exhibió siempre estas cualidades. Es una juventud entusiasta, irreverente, iconoclasta, generosa en su actuación; lucha con vigor, decoro y responsabilidad; desprecia a los indiferentes, a los fatalistas y a los calculadores; denuncia a los renegados y a los oportunistas, a los arribistas y a los serviles; su fe es fuerte y contagiosa y, por eso, no admite a los hombres inmóviles, agobiados por los prejuicios y las vacilaciones, sin fuerza espiritual ni pasión realizadora. La generación de 1930 se encuentra en la base del poderoso movimiento socialista chileno desatado desde 1931-32, con la caída de la dictadura de Ibáñez y la revolución socialista de junio de 1932, para continuar con la fundación del Partido Socialista y, más tarde, se coloca en el primer plano de la realidad política con el triunfo del 25 de octubre de 1938, fecha trascendental en el proceso de democratización de Chile.

* Julio César Jobet